
Una gloria porteña
La actriz y cantante se despide en estos días del varieté que presenta desde hace un año en La Trastienda, y se dispone a desembarcar en Vulnerables, la nueva apuesta de Adrián Suar en televisión. En tanto, no se priva de extrañar el teatro y el cine
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Del tango a la TV y de festival en festival. En estos días Soledad Villamil no tiene paz. Recién llegada del festival de cine de Viña del Mar, en Chile, en el que acompañó a La vida según Muriel -la película de Eduardo Milewicz-, todavía se emociona cuando evoca, también, su reciente participación en el festival de teatro de Porto Alegre.
"Ahí me volví a encontrar con la magia de la escena -dice la actriz en el living de su casa del barrio Agronomía-. Es el ámbito donde me muevo con más naturalidad."
Glorias porteñas , nombre del espectáculo que presenta desde hace un año en La Trastienda, es otra de sus pasiones actuales. Allí personifica a Clara Taboada, una dama pudorosa y delicada que canta en un varieté de los años treinta.
Los que tienen buena memoria tal vez recuerden que Taboada fue también el nombre que se calzó Villamil para representar a la protagonista de El sueño de los héroes , la película de Sergio Renán. Ya no tan tímida, en una escena intensa y bien resuelta que luego se convirtió en el afiche de difusión del film, Clara se bañaba desnuda en el río con un amante furtivo.
Hace algunos años, Soledad me contó una experiencia que tiene que ver con esto de sacarse la ropa a los fines de vender más o simplemente de conmover al querido público. Fue cuando ingresó por tres meses en Zona de riesgo ; la producción de ese exitoso ciclo televisivo le había impuesto un desnudo como parte del personaje que estaba encarando. "Hablé del tema con los autores y, salvo algunas escenas un poco subidas, todo quedó arreglado. Sucede que los desnudos, tanto en cine como en televisión, suelen estar relacionados apenas con una cuestión de marketing. Es algo rutinario -dice casi con fastidio-. Ahora viene la escena donde se ven los senos y después la de la cama. En esta cuestión, como en tantas que se le parecen, yo creo que cada uno decide según su criterio. El mío es que no me gustan las mujeres que muestran su cuerpo para que el auspiciante gane más dinero. Naturalmente que no me niego cuando la situación lo exige; yo, como cualquiera, no puedo ducharme o hacer el amor con la ropa puesta."
En la película de Renán fue diferente -el desnudo se imponía en el guión-, y lo mismo puede decirse de La vida según Muriel , en la que Laura, la protagonista, se desviste antes de hacer el amor con su ex marido, luego de un largo período de ahogo y resentimiento. "En los dos casos, la desnudez va unida al encuentro con el otro, a la entrega profunda de dos seres -justifica la entrevistada-. Es una actitud que no deja de ser algo sorprendente, en esta época en la que mientras todo en los medios parecería estar signado por un sobredimensionado erotismo, la sexualidad real parece confinada a la fantasía o a los recuerdos. Hay una gran dicotomía entre los verdaderos valores y los valores por los que nos regimos cotidianamente. Vivimos en un mundo de gran desconexión y, también, carente de ideas. En ese contexto, y debido justamente a la falta de imaginación, entiendo que una mujer desnuda pueda solucionar todos los problemas."
Alejada por ahora de esas tediosas discusiones, la actriz se apresta mientras tanto a regresar a la televisión. Fue convocada por Adrián Suar para participar junto a Germán Palacios y otros actores en Vulnerables , la tira que el año próximo va a reemplazar a Verdad/consecuencia en Canal 13. "Creo que puede llegar a ser algo muy interesante -se anima- y no deja de implicar un importante desafío actoral para mí."
Ensimismada y sola
En el principio fue Ofelia, concretando una labor tan sorprendente como todo el inusitado Hamlet que redescubrió Ricardo Bartís en su versión del clásico de Shakespeare. Soledad caminaba ensimismada y sola, siempre al borde de la desesperación, abriéndose paso en un escenario inundado de zapatos y manzanas. Ya entonces tuve la sensación de que nunca se sabe si ella está al borde de la risa o el llanto. Sus enormes ojos se humedecen repentinamente. Pero su tenue sonrisa llega justo a tiempo para disipar las sombras.
Después de sobrevivir al doloroso destino de Ofelia, se metió en personajes igualmente difíciles. María José, la de Zona de riesgo , trataba de romper las redes que le había tendido un amante psicópata. Ana -la protagonista de Un muro de silencio , el discreto film de Lila Stantic- se topó de golpe con la mismísima cara del horror. Y un año atrás, justo para la época en que se separó del actor Pompeyo Audivert tras una convivencia de seis años, Villamil representó a Laura.
Se trata en este caso de una muñeca brava y temblorosa que se anima de pronto a cambiar su vida y poner rumbo al Sur, acaso, para conectarse con un deseo largamente postergado. "En eso llegué a envidiarla un poco -dispara en alusión al personaje de la película de Milewicz-. Creo que mi paso por Laura me ayudó a poner más fuerza en el empeño de realizar mis sueños cueste lo que cueste. Más allá de su tendencia a enredarse, ella entiende con su experiencia que quiere ser mujer antes que buena madre, buena amante o buena esposa. Es algo que las mujeres nos hemos planteado muchas veces: ¿soy lo que quiero ser independientemente de la atención que le doy a mi familia, a mi hombre, a mis hijos, o sólo existo en función de todos ellos?" Con Clara, la misteriosa maga de El sueño de los héroes , Villamil incursionó en un terreno más espiritual. En esa película que recrea a una conocida novela de Adolfo Bioy Casares, la protagonista brilló en la ficción como una hechicera.
Sin llegar a tanto, Villamil también tiene sus cábalas. "Siempre creí que detrás del azar hay un orden, que las cosas tienen un secreto sentido que a veces conseguimos descubrir con mucha dificultad. No estoy hablando de ningún dios, sino de un orden que reúne todos los fragmentos de los días, algo así como una energía que mueve al universo y no nos deja caer."
Un camino recorrido
Ofelia, María José, Laura, Clara Taboada. Los fantasmas de estas mujeres de fuego y nieve van desfilando y armando de paso una trayectoria. Y confirman el rumbo elegido por la principal protagonista del grupo; ahora, con 29 años, Soledad tiene una sensación de más confianza en sí misma. "Siento que soy una actriz con un camino recorrido. Ya no vivo en esa incertidumbre de si podré o no, o en la angustia de poner todo en duda y preguntarme si debo perseverar en el camino elegido. En todo caso, mi problema en esta etapa es evaluar los pasos por seguir y ver hasta qué punto puedo conservar la capacidad de elegir papeles que se relacionen con lo que yo soy y también con todo lo que vengo investigando como actriz. A veces, las ofertas de trabajo que me llegan significan mucha plata y no es fácil encontrar un equilibrio. De pronto siento que todo el tiempo se nos pide que seamos otros y nos alejemos de lo que más amamos. Lamentablemente, ahora se vive la libertad de mercado aplicada al arte. O juntás mil espectadores o sos un fracaso. Y con esa realidad hay que convivir. Lo ideal sería poder combinar todos los elementos y llegar a la famosa síntesis de salud, dinero y amor", ironiza.
Al compás del bandoneón
Ahora canta el tango como ninguna. El año último Villamil se reencontró con lo mejor de ella misma en Recuerdos son recuerdos , un espectáculo en el que interpretó viejos tangos junto a la impresionante Rita Cortese y con el sólido acompañamiento de dos guitarristas de época y un bandoneón de aquéllos. Vestida como la integrante de una orquesta de señoritas, con el cabello ligeramente ondulado y un vestido verde que la envolvía entera como una nube del pasado, la actriz sorprendió a todos los que la vieron en La Trastienda apropiándose con indiscutible virtuosismo de valses, tangos de principios de siglo y hasta un clásico foxtrox de los años treinta. "Esa época me llama mucho la atención -admite-. Me atrae y no sé por qué." En Glorias porteñas , durante casi todo este año, retomó esa línea, pero poniendo todavía más énfasis en lo teatral. Por lo demás, su vida transcurre en los márgenes, como una rara burbuja de silencio en el desierto de los ruidos.
Lejos del tumulto y cerca de Juan Sebastian Bach, la entrevistada toma clases de canto lírico, yoga, tango e inglés, por si fuera poco. Cuando vuelve de todos los cursos riega las plantas de su casa y lee una y otra vez los textos vibrantes de Marguerite Yourcenar. "No me atrapa el rock y siempre me interesó el mundo antiguo -confiesa sin culpa-. A veces pienso incluso que nunca fui joven."
Quien la haya visto por estos días llevar sus manos largas y frágiles al pecho y cantar Vida mía como si lo hubiese hecho toda la vida, puede no entender del todo cómo llegó la estrella a brillar en ese cielo. "Yo no soy cantante -aclara, por las dudas-. En el espectáculo la que canta y dice es el personaje. Es ella la que se emociona en ese ambiente de sainete y varieté de segunda. Me daría mucho pudor si fuera de otro modo."
Por si no se entendió, Soledad quiere decir que en la plenitud que le provocan esas evocaciones musicales ella cree haber encontrado un sentido de pertenencia, la sensación un tanto idealizada de que alguna vez Buenos Aires fue un lugar más cordial e inocente, y no la ciudad de pobres corazones en que por momentos parecería haberse convertido hoy.
Incandescencia
No sé por qué decido leerle una larga frase escrita hace treinta años por el poeta Aldo Pellegrini. Dice más o menos así: "Los imbéciles viven en un mundo artificial y falso. Basados en el poder que se puede ejercer sobre otros, niegan la rotunda realidad de lo humano, a la que sustituyen por esquemas huecos. El mundo del poder es un mundo vacío de sentido y cerrado. La puerta de la poesía, en cambio, no tiene llave ni cerrojo. Se defiende por su calidad de incandescencia. Sólo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y penetrar en la realidad. La poesía pretende conseguir que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles".
La burbuja de silencio estalla por un instante y Soledad exclama: "¡Qué hermoso es eso!".
Y enseguida, asomada otra vez al desierto de los ruidos, empieza a establecer asociaciones impensadas entre las palabras de Pellegrini y lo que veníamos hablando. "Esa frase puede aplicarse al teatro, al sexo, a cualquier emoción que nos permita acercarnos a los otros.
Pienso que hay muchas cosas que no están bien en el mundo. Pero aun en medio del caos yo creo que todavía es posible hacer circular determinadas energías de contacto, de solidaridad, de encuentro. Los que se limitan a decir que todo está mal también están diciendo que, entonces, no queda nada por hacer. Ese también es el discurso de los imbéciles. Yo en todo caso prefiero creer en una alegría interior que para mí no depende de encontrar un gran trabajo como actriz, o de viajar a alguna parte, o de comprar tal o cual cosa. Pienso que tenemos que trabajar sobre nosotros mismos para hacer de la felicidad algo cotidiano." Copyright © 1998 La Nación | Todos los derechos reservados






