
Una relación de larga data
Por Eduardo Tarnassi Para LA NACION
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Un aspecto singular de la historia de la humanidad se relaciona con los sucesivos cambios de conducta que el hombre tuvo respecto de su primer animal domesticado: el perro.
No requiere un gran ejercicio de imaginación suponer que el hombre primitivo sentía temor o respeto por las grandes bestias que lo rodeaban y que no sabía cómo dominar. Pero, a su vez, éstas le resultaban imprescindibles para obtener el alimento necesario para subsistir.
Se supone que es a partir de este concepto que muchos pueblos las divinizaron, quizá con la secreta esperanza de que con eso lograrían ponerlas a su servicio. Algunas religiones tenían por costumbre darles un lugar privilegiado en sus sepulcros a ciertos animales domésticos con un doble fin: acompañar a los muertos en su camino hacia la reencarnación o hacia la otra vida y, al mismo tiempo, alejar la ferocidad de las bestias.
Un ejemplo lo brinda el Antiguo Egipto. Anubis, dios de los muertos y de los ritos funerarios, fue representado con cuerpo de hombre y cabeza de perro. Semejante morfología expresa la importancia de los canes para los egipcios, quienes ante la muerte de un perro de la familia se afeitaban la cabeza en señal de duelo.
El culto al dios perro continuó con gran vigor en la Grecia clásica y en la mismísima Roma de los Césares.
Según los griegos, Cerbero (un can de tres feroces testas) era el guardián de la entrada del infierno, pero no precisamente para impedir el ingreso en él.
Por su parte, los arqueólogos han encontrado numerosas muestras de esta divinización tanto en Oriente como en Occidente. En China, por ejemplo, se hallaron terracotas y cerámicas de la época Han (siglo III antes de Cristo) que revelan la importancia de la figura del perro en el período imperial.
El Anubis egipcio fue representado por los artistas en enormes monumentos de piedra, en el Valle de los Reyes, en estatuillas de metal o por medio de murales. Set, el dios de la violencia y el desorden, era representado con cuerpo de perro.
Los griegos no le fueron a la zaga, y son muchos los vasos y jarrones cuya decoración muestra la lucha entre Hércules y Cerbero.
Mosaicos de Pompeya, algunos de los cuales se encuentran en museos, presidían los frentes de las mansiones romanas con la expresión cave canem , cuya traducción del latín sería: "Cuidado con el perro".
Por su parte los cristianos, interesados en desterrar la adoración de ídolos paganos, hicieron que se mirara con desconfianza al perro. Sin embargo, el paso del tiempo produjo algunas transformaciones que permitieron que los fieles encomendaran a sus canes enfermos a San Cosme o a San Damián.
San Huberto, en cambio, fue reservado por el pueblo para el tratamiento de la rabia, por lo que cada santo tenía su especialidad. Su oficio litúrgico, por ejemplo, era seguido por la bendición a los perros de la jauría antes de que salieran de caza. Otro ejemplo es el de San Antón, a quien se le adjudica el patronazgo sobre todos los animales domésticos.
Y ya que de cristianismo estamos hablando, se puede agregar que algunos santos aparecen acompañados por un perro fiel. Es el caso de San Roque, representado junto a un can que lo mira con dulce expresión. Según la historia, el pichichus era el encargado de alcanzarle a su amo, cuando vagaba por el desierto, un pedazo de pan que había recibido de manos desconocidas.
San Roque, al menos popularmente, es el patrono de los perros. Recordemos que, hasta hace poco tiempo, quien se cruzaba, temeroso, con uno de estos cuadrúpedos repetía: "San Roque, San Roque, que este perro no me mire ni me toque".





