
Una tragedia patagónica
Adelanto del libro Los suicidas del fin del mundo (Tusquets Editores), de la periodista Leila Guerriero,
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Las Heras es una pequeña ciudad petrolera del norte de la provincia de Santa Cruz. La ola de suicidios que se produjo en la década del 90 generó los más diversos rumores. El libro Los suicidas del fin del mundo, recién llegado a las librerías, relata la historia de esas muertes, pero también, y sobre todo, la de un pueblo olvidado en el que el aislamiento, el clima hostil, la falta de futuro para los jóvenes y una economía atada a los vaivenes del petróleo rigen la vida de una comunidad sufrida en la que, sin embargo, abundan personajes extravagantes y tiernos. A continuación, algunos extractos.
El viernes 31 de diciembre de 1999 en Las Heras, provincia de Santa Cruz, fue un día de sol. Había llovido en la mañana pero por la tarde, bajo el augurio favorable del que parecía un verano glorioso, se hicieron compras, se hornearon corderos y lechones y se vendieron litros de vino y de sidra. Allí, y en toda la Argentina, se preparaba la juerga del milenio con fiestas, alcohol y fuegos de artificio.
Pero en Las Heras, ese pueblo del sur, Juan Gutiérrez, 27 años, soltero, sin hijos, buen jugador de fútbol, no vería, de todo eso, nada.
No sabía mucho de la muerte –como no lo supieron los demás, los otros 11– pero el último día del milenio supo que no quería seguir vivo.
A las seis de la mañana, mareado por el alcohol, húmedo por la llovizna de un amanecer del que sería un día radiante, golpeó la puerta de la casa de su madre hasta que ella lo hizo entrar.
Siguieron gestos de alguien que planea seguir vivo: pidió comida, comió. Después, enfurecido, salió a la calle. Su madre se quedó laxa, temblando en un comedor repleto de estufas asfixiantes. Cuando corrió a buscarlo ya era tarde. Lo vio al doblar la esquina. Pendía como un fruto flojo de un cable de la luz, en plena calle.
Eran las siete y cuarto de la mañana. Esa noche, a las doce en punto, estalló el fin del milenio y en Las Heras hubo fiestas. Nadie suspendió los encuentros, las comidas, el brindis de la medianoche.
Habían sido muchas: los vecinos ya estaban habituados a esas muertes.
(….)
Fueron 12. Entre noviembre de 1997 y el último día de 1999 se suicidaron en Las Heras 12 hombres y mujeres. Once de ellos tenían una edad promedio de 25 años y eran habitantes emblemáticos de la ciudad, hijos de familias modestas pero tradicionales: el bañero, el mejor jinete de la provincia, el huérfano criado por sus tías y sus abuelos.
La lista oficial de esos muertos no existe. Ni el Municipio ni el Hospital ni el Registro Civil creyeron necesario reconstruirla y entonces todos inventan: fueron 22 en menos de un año, fueron 19 en dos años y pico, fueron tres y la gente exagera.
Pero los de 1997 ni siquiera fueron los primeros. La revista La Ciudad fue durante años el único medio periodístico de Las Heras, propiedad de Carlos "Zorro" Figueroa, autor del libro "Pueblo Vázquez" (Dunken, 1998), en el que develó corrupciones y prepotencias varias del gobierno del intendente justicialista Francisco Vázquez. (...)
El 10 de mayo de 1995, "por causas que se tratan de establecer", La Ciudad publicaba que el cuerpo sin vida de María Eufronia Ritter, de 33 años, madre de tres hijos, había sido encontrado en su domicilio del barrio Chaltén. El hecho, decía, había ocurrido a las 15.30 horas. La había encontrado su hermano, colgada de un alambre.
Poco más de un mes más tarde, el 29 de junio de 1995, La Ciudad anoticiaba que Liliana Patricia Rojas, 20 años, casada con el trabajador del petróleo Javier Pitoisek, se había negado a cenar y se había retirado a su dormitorio. "En ese lugar la joven habría tomado el arma (revólver calibre 22) y desde allí llamado a su esposo con términos similares a «Vení, mirá lo que voy a hacer». Cuando el joven Pitoisek apareció en la puerta del dormitorio Liliana Rojas disparó el arma que tenía apoyada en la sien derecha. De esa manera, y por fuentes extraoficiales, se desencadenó la nueva tragedia que enluta al pueblo lashereño. Aparentemente la joven habría manifestado en alguna oportunidad sus deseos de quitarse la vida a raíz de la confirmación médica que le impedía tener hijos, situación que al parecer no pudo superar. La trágica noticia causó honda consternación en las dos tradicionales familias afectadas y encierra un nuevo misterio difícil de entender por la drástica decisión de una joven con toda una vida por delante."
Honda consternación, trágica noticia, toda una vida por delante, pero nadie hizo nada.
(…)
Dos semanas después de la muerte de Ricardo Barrios [uno de los suicidas] y un día antes de la fiesta de cumpleaños de su amiga Karina Sosa, el 9 de septiembre de 1999, se ahorcó Oscar Prado, de 27 años.
Karina Sosa trabajaba en el hospital de Las Heras como auxiliar de enfermería. Tenía 33 años y tres hijos. Oscar Prado había sido su compañero de trabajo, su amigo íntimo, su mitad perfecta.
–Oscar trabajaba en el área administrativa del hospital desde hacía un tiempo. Antes había estado en el banco de Santa Cruz pero lo habían pasado al hospital.
Era mediodía. Karina había llegado tarde » de una guardia y, apenas despierta, llevaba todavía el camisón rosa, la cara hinchada por el sueño y un rosario al cuello. Fumaba, mientras uno de sus hijos hervía salchichas en un jarro. Decía no recordar dolores así, como ese: monstruoso, urgente, casi un ardor.
–Me dolía el alma de haberlo perdido. No le dije tantas cosas que le tenía que decir. (...) Después, cada cosa que queda te da tristeza. Un objeto, un papelito.
Ella lo había guardado todo. La Parker negra que Oscar le había prestado, una corona del cementerio que resultó demasiado grande para poner sobre su tumba.
–Era algo que vos decías "No puede ser, estoy soñando y no me desperté". (...) Uno tiene que buscar la culpa, la explicación, pero a veces no hay explicación y entonces lo único que hay que hacer es rezar para que ellos puedan conseguir la paz. Porque dicen que cuando se matan es como que quedan vagando, entonces hay que rezar.
Karina dio una calada profunda a su cigarro.
–Encima lo encontró mi viejo, pobre mi viejo.
–¿Por qué lo encontró tu viejo?
–Porque mi papá era carpintero, albañil, y estaba haciendo unos arreglos en la casa de Héctor Ferrari, el amigo de Oscar. La casa donde Oscar se fue a ahorcar.
–¿Y Oscar sabía que tu papá estaba haciendo ese trabajo ahí?
–Sí, claro que sabía.
(...)
Karina Sosa cumplía 30 años en 1999. El 7 de septiembre, después de encargar una torta para el festejo, volvió a su casa tan contenta. No había tenido fiesta de 15, vals con su padre, torta y las velas, porque a esa edad en que todas las niñas son bonitas ella había sido mamá, y siempre había creído que la revancha llegaría a los 30. Eso iba a suceder, exactamente, tres días después, el 10 de septiembre, en la gran fiesta que estaba planeando con sus dos amigos: Miguel –un enfermero del hospital, que más tarde se convirtió en su pareja– y Oscar Prado, que se encargaba de la música y del cordero al asador.
El 7 de septiembre por la noche Karina, Miguel y Oscar se reunieron con amigos a tomar cerveza. Terminaron tarde. Cuando ya se habían ido todos, Oscar acompañó a Karina hasta la casa, la dejó, y volvió minutos más tarde con seis cervezas chicas y una Fanta. Eran las cinco y media de la mañana.
–Y yo lo eché, porque entraba a trabajar a las ocho. Que si yo llego a saber que no lo iba a ver más, no lo dejo que se vaya nunca más. El tenía una cadena de oro, y me la quería poner esa noche. A él le abrochaba perfecto, y cuando me la ponía a mí se desabrochaba, se desabrochaba. Era muy loco. Me la quería regalar, y yo no, no me anda, me queda grande. Discutimos así, un rato. Y él salía a la calle y volvía, me miraba y me decía "Dale, vamos de joda". Y yo "No, Oscar, tengo que trabajar". Ese fue el último día que lo vi. Y nunca me pudo poner esa cadena. Pero no sé por qué fue que hizo eso, porque él siempre estaba de buen humor, siempre de joda. No había minas feas para él. El tenía historias, no estaba de novio, tenía sus historias nocturnas. Y ahí andaba, siempre con cosas medias prohibidas, pero de esos locos lindos. Si se emborrachaba era su mundo y no jodía a nadie. Vos lo veías y era las veinticuatro horas hablando pavadas.
Al día siguiente, 8 de septiembre, Oscar y Miguel se encontraron en el pub Kristos para ver un partido de fútbol. Cuando el partido terminó Oscar le pidió a Miguel que lo llevara a su casa.
–Dice que eran como las once, y le dijo llevame a mi casa porque mañana tengo mucho para hacer, temprano.
A esa hora, Karina empezaba a quedarse sin cumpleaños.
El 9 de septiembre de 1999, a la mañana, Amanda [la madre de Oscar] se quedó un rato más en la cama y Daniela, su hija, fue al hospital para sacar turno con un nutricionista.
–Era para mí pero fue a sacarlo ella –recordaba Amanda.
Oscar se despertó, se duchó, y Amanda lo saludó desde la cama.
–El me contestó. Normal. Nada raro. Andaba siempre contento. Si yo andaba preocupada por algo él me decía "No te hagás problema, si ya pasamos por cosas peores".
Escuchó los pasos cotidianos del hijo que iba hasta la puerta, abría, volvía a cerrar y se perdía por la vereda hacia el trabajo.
Pero Oscar Prado no fue como cada mañana al hospital, sino a la casa de su amigo, Héctor Ferrari. Sabía que a esa hora Ferrari, que trabajaba en el petróleo, ya estaría en el campo. Sabía también que ese día, como todos los días desde hacía una semana, el padre de su amiga Karina Sosa, que estaba trabajando en aquella casa, iría al galpón a buscar sus herramientas.
El galpón de Ferrari es un tinglado de chapas, sin portones, al que puede accederse desde la vereda. Oscar no tuvo más que saltar el pequeño tapial de la entrada y caminar hasta el fondo.
A las 9 de la mañana el padre de Karina llegó a la casa de Ferrari, abrió las puertas, y le extrañó ver en el galpón, de pie, al amigo de su hija. Saludó sin esperar respuesta y regresó al interior.
Diez minutos después, cuando volvió a salir, Oscar estaba en la misma posición.
A las 9 y diez, en el hospital, un médico se acercó a la sala de enfermeras y le susurró a Karina: "Kari, vamos, hay que constatar una muerte".
Ella, que estaba hablando con Daniela Prado, la hermana de Oscar que pedía aquel turno para Amanda, se despidió apurada, se puso un abrigo y salió corriendo.
Iban llegando a la casa de Ferrari cuando Karina recordó que en la vereda opuesta, en 1995, se había matado una mujer, María Ritter. "Qué barrio", pensó, y enseguida vio el auto de su padre.
El corazón le dio un vuelco. El aliento se le estrelló en la garganta.
–Pensé que había pasado algo con mi papá y empecé a las puteadas. Pero lo vi entre toda la gente y ahí respiré.
De todos modos, cuando bajó le pareció raro que todos pusieran tanto empeño en detenerla. No hizo caso y se abrió paso como pudo hasta el galpón. Entonces lo vio.
Las fotos de Oscar muestran a un hombre moreno de prolijidad meticulosa. Lleva pantalón gris, una campera larga, azul, y cuelga a pocos centímetros del suelo. A su lado, caído, un tambor rojo. Tiene una mano en el bolsillo. Parece un empleado público mirando el suelo, compungido.
Karina se abalanzó para descolgarlo.
Gritaba, le dijeron, pero ella no se acuerda.






