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Vacaciones de invierno. De Iguazú a Moconá, una excursión por agua y selva

Jose Nicolini
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28 de junio de 2019  • 17:01

Las Cataratas del Iguazú son un destino ineludible en Misiones: no hace falta explicar la atracción que generan. Pero con solo ampliar un poco el mapa y alejarse de los puntos turísticos multitudinarios, uno puede adentrarse en el corazón selvático de esta provincia con más de 70 saltos de agua, y hacer escala en algunos de los parques nacionales, provinciales y reservas que representan un millón de hectáreas protegidas.

Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

Para un plan aventurero, vale la pena hacer los 330 kilómetros que separan a las Cataratas con los Saltos del Moconá. Entre un destino y otro, el camino ondulado se adentra en la llamada selva atlántica, que pertenece a un sistema que va desde Salvador de Bahía (conocida como mata altántica) hasta el límite con la provincia de Corrientes, y que se caracteriza por su amplia biodiversidad: el 51% de la Argentina se encuentra en esta zona.

Y, además de la exuberancia de colores y formas de esta geografía, los parques y reservas también invitan a algunos desafíos en la naturaleza: de caminatas nocturnas a navegaciones por aguas agitadas.

Parque Nacional Iguazú: alojarse en la selva

Si el recorrido empieza en Puerto Iguazú con visita a las Cataratas, una buena alternativa es elegir alojamiento entre alguno de los 20 hoteles dentro de Iryapú ("sonido lejano del agua", en guaraní), la reserva natural compartida también con la comunidad Mbya, que forma parte del ecosistema del Parque Nacional Iguazú. Un apacible bosque de 600 hectáreas con árboles de más de 400 años.

Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

La Cantera Lodge de Selva by DON es uno de los alojamientos dentro de la reserva: un complejo mimetizado con el entorno con pasarelas de maderas que se extienden a las habitaciones rodeadas de verde, cada una con su balcón y su hamaca paraguaya para disfrutar de esos sonidos que no existen en la ciudad.

Durante el día, el lodge ofrece caminatas asistidas por guías nativos, que además de señalar mariposas multicolores y distinguir las variedades de pájaros, comparten los saberes de las comunidades de la zona, como las propiedades medicinales de algunas plantas -el helecho Mbayá, por caso, una especie antibiótica y espermicida-, o el modo en que los habitantes de la reserva confeccionaban trampas para cazar animales. Para los más deportistas, también se ofrecen recorridos en bicicleta y experiencias de bicicross.

Recorrer los senderos en bicis es una buena opción. Derecha, uno de los guías del lugar muestra cómo en su comunidad se hacían las trampas para cazar animales.
Recorrer los senderos en bicis es una buena opción. Derecha, uno de los guías del lugar muestra cómo en su comunidad se hacían las trampas para cazar animales. Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

Cuando la intensidad de la selva sacude un poco el cuerpo, la cocina del lugar es reparadora. A cargo del chef Hugo Yrala, a la tarde salen chipas junto a la pileta y en el salón manda una carta variada que combina recetas típicas del lugar con su toque personal. Imperdibles los ñoquis de mandioca (se sirven con una salsa liviana de tomates y hierbas) o los platos de pescado de río.

Parque provincial Salto Encantado: escala y almuerzo

Vista del Salto Encantado.
Vista del Salto Encantado. Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

A 200 kilómetros de Puerto Iguazú, casi a mitad de camino entre las voluptuosas cataratas y la imponencia de Moconá, se encuentra el Salto Encantado, dentro del parque provincial que lleva ese nombre. Cuenta la leyenda guaraní que esta caída de 64 metros del arroyo Cuñá Pirú nació por el amor prohibido entre los hijos de dos tribus enfrentadas. Acaso antecedente vernáculo de Romeo y Julieta, se dice que sus aguas están hechas de las lágrimas de Yate-í, la chica enamorada.

Dentro del parque hay senderos de diferente dificultad, desde los que se pueden avistar algunas de las 214 especies de aves que alberga. El acceso al salto es sencillo, a través de pasarelas de deck en buenas condiciones.

Mbejú, plato típico de la zona que se sirve en el restaurante de Salto Encantado.
Mbejú, plato típico de la zona que se sirve en el restaurante de Salto Encantado. Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

Para el momento de descanso, el restaurante del parque ofrece una interesante experiencia gastronómica, con platos típicos de la zona: mbeju (tortilla de harina de mandioca rellena de queso, vegetales o carne) o pacú con salsa de mostaza y batata frita. La entrada al parque cuesta solo 20 pesos y se destina a la reparación del teleférico que cruza el valle de Cuñá Pirú.

Reserva Biosfera Yabotí: naturaleza pura

En 1995, la Unesco declaró a esta zona, que abarca parte de los departamentos de Guaraní y San Pedro con una extensión de 253 mil hectáreas, como reserva de la biósfera. Esto significa que por sus características naturales y de acuerdo a un criterio científico, el mundo está interesado en que se preserve. En el caso de Yabotí, en su interior cuenta con áreas con diferentes grados de protección: los parques provinciales Esmeralda, Caá Yarí y Moconá, la Reserva Forestal Guaraní y la Reserva Natural Cultural Papel Misionero. Además, las tres comunidades guaraníes que viven dentro de la reserva tienen autorizada la caza y la pesca. Con poco contacto con las zonas urbanizadas, conservan sus costumbres ancestrales.

Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

Desde Salto Encantado, hacia el este atravesamos el Parque Provincial Península antes de meternos de lleno en Yabotí. El único emprendimiento hotelero se encuentra precisamente en el corazón de la Reserva: el Moconá Virgin Lodge by DON. Sin tendido eléctrico -El Soberbio, la ciudad más cercana, se encuentra a 65 kilómetros- y dado el grado de conservación del lugar, el lodge está construido en base a pautas de sustentabilidad y con uso de energía solar, sin resignar ningún tipo de comodidad (tranquilos, cuenta con wi-fi).

Kayak, tirolesa y caminata nocturna.

Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

Cómo el lodge está enclavado en un lugar único en el mundo, las posibilidades que ofrece la selva son una puerta abierta a la aventura. Para los que necesiten aclimatarse, un modo de ponerse en contacto con la naturaleza es en kayak por el arroyo Yabotí Guazú. Llamado así por la tortuga que tiene ese nombre, sus aguas cristalinas desembocan en el río Uruguay. A lo largo del paseo, que avanza con suavidad, se pueden ver árboles nativos como guayubirás y cedros, y aves coloridas como el yetapa negro, el surucuá amarillo o el tucán de pico verde y hasta variedades en extinción como la yacutinga.

Para subir el nivel de adrenalina está la tirolesa de 600 metros de largo y 60 de alto a través de árboles gigantes y sobre el salto Horacio: no apta para quienes sufren de vértigo, es un modo privilegiado de contemplar la selva desde arriba.

Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

Pero sin duda la estrella de las excursiones que se ofrecen desde el lodge es la caminata nocturna. Guiados por Christian Haman, de 24 años y tercera generación de colonos alemanes que se afincaron en Aristóbulo del Valle, avanzamos por el sendero guaraní con una linterna en la mano para distinguir pisadas de animales (o para conjurar la oscuridad). Y, sobre todo, con los sentidos en alerta. Quienes piensen que la noche es silenciosa, no han estado en la selva: los sonidos de los animales se potencian y se mezclan. Al punto de que se escucha el aullido de un lobo y la caída de los saltos de Moconá, ubicados a 3 kilómetros.

La caminata nocturna termina con un plato de ticueí con reviro.
La caminata nocturna termina con un plato de ticueí con reviro. Fuente: Brando - Crédito: Jose Nicolini

La expedición termina en un claro de la selva y con un fogón, en donde se cocina la cena con un menú propio del monte: ticueí con reviro, herencia de los mensú, hoy taraferos, que se alimentaban de los animales de la selva. El plato consiste en alguna carne cortada en cubitos y freída en su propia grasa.

Saltos de Moconá: las otras cataratas

Lejos del marketing y de los contingentes turísticos, los saltos de Moconá no se quedan atrás como espectáculo de la naturaleza. De hecho Moconá significa "el que todo lo traga" en guaraní. Formados en una falla paralela al cauce del río Uruguay de unos 3 kilómetros, su imponencia depende del caudal del agua: si el nivel baja, el salto sube y puede llegar hasta los 10 metros. Si el caudal sube, en cambio, el desnivel se empareja y los saltos se reducen. Hasta hace poco solo los conocían los lugareños, que se acercaban en sus "tuques", canoas a motor. En la actualidad, son seis las cooperativas que ofrecen la navegación de manera alternada -para que todos puedan trabajar-, como único modo de ver y acercarse a los saltos (desde $500 por persona en servicios regulares). Y lo de acercarse es literal: en algunos tramos, uno puede estirar el brazo y sentir el chorro.

La navegación por los saltos de Moconá está a cargo de cooperativas. Luis (derecha) hace cincuenta años que navega la zona.
La navegación por los saltos de Moconá está a cargo de cooperativas. Luis (derecha) hace cincuenta años que navega la zona. Fuente: Brando - Crédito: Jose NIcolini

Luis Pereira, de 58 años y cara de gringo, es de El Soberbio. Hoy es el encargado de recibir a quienes se embarcan en Piedra El Bugre. Mientras pone los salvavidas y avisa que la cosa está movida -como para entusiasmar a los pasajeros- cuenta que hace cincuenta años él venía con su canoa porque era más tranquilo. "Hoy, con todas las represas que hicieron en Brasil, el régimen de agua cambió y a veces no podemos ni meternos", se lamenta.

Los saltos de Moconá en su esplendor.
Los saltos de Moconá en su esplendor. Fuente: Brando - Crédito: Gentileza Moconá Virgin Lodge

A diferencia del rafting, aquí se va contra la corriente: el río hace corcovear a la embarcación mientras a pura adrenalina. Son veinte minutos en los que el agua manda. También se puede tomar la excursión desde el Logde -que tiene muelle propio-, y entonces la navegación es más larga y con tramos tranquilos para compensar los picos de excitación.

Como en la selva el atardecer también es maravilloso, la selva tiene su mirador: mientras el sol cae, giran el mate y los chipás tibios con corazón de queso. Una manera perfecta de terminar un día de aventura.

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