
Valdano, juega con las palabras
Ex futbolista, periodista, actual dirigente del millonario Real Madrid, recibió de un escritor la mejor definición posible: "La pelota se hizo verbo", dijo sobre él
1 minuto de lectura'
Madrid.- El suyo es uno de los casos más evidentes de emigrantes argentinos que triunfaron en España. Y en un campo, el fútbol, donde la historia reciente muestra con qué dolorosa facilidad se puede perder la cabeza en lugar de apoyar los pies en la tierra. Ex compañero de selección de Diego Maradona, Jorge Valdano llegó a España hace 25 años. Partir no fue una decisión fácil. "Había sido campeón en la Argentina, había integrado la selección mayor y, sin embargo, me vine a un equipo de segunda división, el Alavés. Para empezar la nueva vida, tuve que irme para abajo", cuenta.
Tampoco el comienzo fue sencillo. "Estuve cuatro años en un fútbol que casi desaparece del mapa. Pero eso me ayudó a crecer. Y el esfuerzo valió la pena", recuerda hoy, entre el mármol y los pulidos dorados que hay que atravesar hasta llegar a su despacho, en la zona presidencial del Real Madrid, elegido hace poco como el Mejor Club del Siglo. El mismo que hace saltar el mercado con sus compras de jugadores y que es marca registrada para fans de todo el mundo.
Valdano, nacido en Las Parejas, Santa Fe, y producto del fútbol de campito -como él mismo lo define- es el segundo hombre en esa gigantesca corporación que respira en las entrañas del estadio Santiago Bernabeu, en el centro de Madrid. A muy pocas cuadras de donde vive la ex presidenta Isabel Perón.
La agenda del ex futbolista no es generosa. Difícil encontrar un hueco y, también, destellos de soberbia en la conversación. Pero su amabilidad no confunde límites: no habla de lo que no desea y no siempre le salen bien los esfuerzos por disimular que le molestan las preguntas sobre temas en los que no quiere entrar. Pero los hace.
Habla lento, busca la mayor precisión posible en el uso del lenguaje y eso le vale bromas de todo tipo. Desde taxistas -"Fíjate... es un piquito de oro, como todos los argentinos", sintetizó uno al escucharlo en la radio de su auto. Hasta escritores: "La pelota se hizo verbo", dijo de él Juan José Millás. Manuel Vázquez Montalbán lo convirtió en uno de sus personajes, tal como hizo ya con la cantante de tangos Adriana Varela. En su caso, lo incluyó en su travesía imaginaria por la corte -también imaginaria- del rey Juan Carlos de Borbón. "Permíteme que te lo diga... eres un poco raro" -le dice allí el escritor-. Los entrenadores suelen recurrir a un vocabulario precario. Por ejemplo: ¡hay que echarle huevos al asunto!... ¡corred como cabrones!... Pero contigo llega el lenguaje autocontrolado, la palabra exacta para sensaciones y emociones futbolísticas decodificadas. ¿Cómo lo has conseguido?" Valdano se ríe con dientes blanquísimos cuando se le recuerda el párrafo. O su propia traducción del mismo contenido como "lo testicular en la cultura del fútbol". De la risa, le lloran los ojos verdosos, se le distienden las pocas arrugas y se toma la cabeza, cubierta de pelo oscuro, apenas canoso. Es entonces cuando se vuelve más llano todavía y, mientras se le escapan algunas españoladas como balón en lugar de pelota, el énfasis que pone en el relato lo devuelve a su región natal... donde se respiran las eses. Y suelto ya, dice, por ejemplo, "eh-evidente" cuando algo le parece obvio.
Así, vuelto más a la tierra de origen, la conversación empieza -como en la charla de pueblo- por lo vivido. Y entre esas experiencias, la primera que aparece -quizá por dolorosa proximidad con su propio pasado- es la que lo hermana con miles de argentinos que piensan que su futuro está en emigrar.
-Muchos en nuestro país tienen esa fantasía. Pero, ¿qué deja la experiencia de empezar de nuevo en otra tierra?
-Lo básico es ser permeable. El inmigrante no puede llegar para enseñar, sino abierto al aprendizaje. Lo primero que recomendaría es la humildad crítica para facilitar la adaptación. Que nunca es fácil, de todas maneras. El orgullo que tengo es el de saber que llegar hasta acá me costó mucho trabajo.
-¿Orgullo por el esfuerzo?
-Soy de los que tienen esa especie de vanidad por deberle cosas al sacrificio. Si lo llevo al punto de vista racional, aborrezco la idea. Porque me gustaría tener más capacidad de disfrute y de gozo.
-Eso no suena al cliché que se tiene del latino...
-Cuando uno emigra, lleva el estigma del conquistador. Y no nos permitimos el abandono. La guardia está siempre un poco alta. Eso tiene mucha nobleza... pero no deja de ser incómodo.
-¿Cómo es la experiencia de ser un extranjero en algo tan pasional como el fútbol y, encima, en un club como el Real Madrid?
-Valoro muchísimo que la sociedad me acepte con naturalidad en este puesto. El Real Madrid fue elegido el Club del Siglo y, durante muchísimo tiempo, fue casi un Ministerio de Asuntos Exteriores que ayudó a sobrellevar los años de aislamiento que vivió el país.
-Un cuadro muy asociado a la política. Y a Franco.
-Su grandeza es precisamente su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos...
-¿Podría ocurrir algo así en la Argentina? Un extranjero en Boca o en River...
-Sí. La Argentina está hecha de inmigrantes y eso da una visión amplia. Claro que tiene inmigrantes de primera -los del Primer Mundo- y otros con menor consideración, que son los que vienen de los países limítrofes.
-¿Cómo lo sabe... estando tan lejos?
-Estoy informado. Además, eso está en los guiños prefascistas que aparecen en las manifestaciones populares. Está en el canto de la hinchada, por ejemplo. Es fácil advertir allí un fondo racista.
-¿Qué más se ve de los argentinos a través de su fútbol?
-Ahí hay mucho de lo bueno y de lo malo nuestro. Hay exhibición estética y arrogancia. Está la exacerbación del individualismo expresado gloriosamente en Maradona y una cierta incapacidad para cohesionar eso dentro de un equipo. Somos mejores individuos que equipos. Cultivamos el individualismo...
-Es curioso que España tenga el mejor equipo del siglo. Pero no la mejor selección. Y que la Argentina cuente, sí, con un seleccionado que impone autoridad.
-Es que muchos cuadros europeos -el Real Madrid, entre ellos- cuentan con numerosos extranjeros. Cuando el español llega a la selección, siente desamparo. En la selección argentina, en cambio, son todos gallos. Todos protagonistas.
-¿Qué se extraña del fútbol argentino aquí?
-Creo que el argentino compromete más cosas. En la Argentina, Brasil o Uruguay, el fútbol está entre las cosas importantes. Se trata de un arraigo cultural, asociado a nuestro ADN como país y no sólo asociado a la industria del ocio. Es, por lo tanto, un buen negocio.
-¿Es menos pasional aquí?
-Se lo vive de modo distinto, aunque es el primer motivo de disputa. Hay matices. Aquí la pasión está más concentrada en los equipos. En nuestros países se concentra en las selecciones. Hay un mayor sentimiento de unidad... pero no quiero simplificarlo. El fútbol argentino es tan difícil de definir como el peronismo.
-¿Cómo evitar que en un estadio argentino se mate a un hincha?
-Se supone que hablamos de soluciones no represivas. No hay nada que supere a la educación. Cuando se da una violencia tan salvaje, entiendo que hay insatisfacciones profundas que responsabilizan más a la clase política. El fútbol es un palco ideal para que la gente exprese espontáneamente toda su rebeldía, carencias y frustraciones. En los últimos años, eso alcanzó en la Argentina niveles sin comparación en el mundo.
-España también tuvo problemas. Sin embargo, esa violencia asesina no es frecuente en un estadio peninsular. ¿Por qué?
-Hay una luz de alarma permanente y no se permite que la violencia avance siquiera en lo simbólico. Por ejemplo, si hay un símbolo nazi en el estadio, el partido de suspende sin más. Ese es un mensaje clarísimo en favor del espectáculo y de control del fanatismo.
-Entonces, ¿en la Argentina la responsabilidad es de los dirigentes que no emiten tales señales?
-Sin duda. Pero de todas formas tenemos un modo de relación un poco agresivo.
-¿Pura idiosincrasia?
-Es relativamente fácil reconocerlo. Por ejemplo, cuando Solari paseó por Japón como jugador del Real Madrid y fue agredido por hinchas de Boca por el simple hecho de haber jugado en River mucho tiempo atrás. En un país culturalmente tan poco agresivo como Japón, donde a la gente le cuesta sostener la mirada, esto lleva a preguntar qué le ocurre a una persona que recorre medio mundo para ver un partido y hace eso. Como si el placer no fuera completo si no se disfruta contra alguien. Esa característica explica un fondo social complejo de la Argentina. Los jugadores de Boca que ganaron la Intercontinental aludieron en su canto a la tristeza de las gallinas. Pero es más viejo todavía. Cuando ganamos el Mundial, en el 86, el canto de festejo en la Argentina se dedicó a todos la rep... que los reparió. Como canto no era muy edificante. Por eso hablo de que hay algo que nos debería preocupar. Y que no sólo tiene una relación con la política, sino con un perfil social seguramente más complejo.
-Pero éste es un juego que se disputa en favor de alguien y en contra de otro.
-Sí. El punto es dónde se pone el límite de la confrontación. La violencia tiene que ver con la educación y con ser un pueblo joven, que define su identidad a través de proyecciones menores, como vivir la suerte de un equipo como una cuestión de vida o muerte.
-Lo cierto es que los estadios están cada vez más vacíos.
-Es que en la Argentina el fútbol pasó a ser un espectáculo caro en un país que se está empobreciendo, y sólo apto para valientes. No parece buena idea que alguien se vaya a divertir en un sitio donde la otra posibilidad es que te maten. El problema también se complica con la forma en que se da la relación entre local y visitante en la Argentina. Allí, los campos se dividen en dos partes: una para visitantes y otra para locales. ¡Eso produce auténticos choques de trenes! En España, en cambio, la relación suele ser del 90% para el local y el 10% para el visitante.
-Pero también en Europa se ve cierta inhumanidad en el fútbol. El escándalo de los pasaportes falsos, por ejemplo. O los recurrentes casos de doping.
-El fútbol se está volviendo inhumano en todo el mundo. No se puede exigir a un futbolista que juegue ocho partidos en quince días porque su materia prima no da. Las burradas que vemos son proporcionales a los niveles de exigencia y a la inflación de partidos que impone el negocio. Cuando a un jugador se le dice que nada que no sea ganar sirve, caen las barreras y empieza el doping.
-¿Y los pasaportes falsos?
-Es pura codicia. Y ahí hay que investigar a todos: a los representantes que quieren cerrar como sea un negocio, a los clubes que están interesados, a los jugadores que sueñan con ganar fortunas y quieren irse.
-¿Pinta a los jugadores como víctimas?
-Son víctimas, pero también actores. Un pasaporte necesita de una firma. Eso es claro. Y luego, si se quiere dar ejemplo... ¿cómo puede ser que un jugador con pasaporte falso se presente a dar una conferencia de prensa? Acá hay culpas de todos.
-¿Había tanto doping cuando usted jugaba?
-He visto bestialidades de todo tipo. Jugadores que, dos horas antes del partido, cuando el pánico duele y uno es más vulnerable, apelaron a cualquier cosa.
-Y ahora, ¿cómo combate todo eso?
-Lo único que se me ocurre es más control. Para todo.
-¿Se compran partidos? ¿Alguna vez le ofrecieron uno?
-Lo que se da más es pagar para impulsar un resultado. Premiar con dinero a los jugadores del equipo que gana. A mí no me parece bien. Es premiarlos por hacer bien su trabajo. Pero eso no es legal en España.
-¿Nunca le ofrecieron comprar un partido?
-Una vez. Fue en España.
-¿Y cuántas situaciones equívocas enfrentó en el negocio?
-Muchas veces. Muchas más.
-Ahora, casi todos los jugadores tienen representantes. ¿Eso es bueno o malo?
-Eso es como todo. Hay buenos y malos representantes. Lo que sí es cierto es que se ha creado un nuevo modo de relación. Con mucha gente en medio.
-En un medio que no siempre es, digamos, de caballeros...
-No siempre lo es. Si alguien quiere robar, lo mejor es tratar de hacerlo a través de un representante. Hay clubes que, directamente, remiten al representante. Hoy es muy difícil hacer una operación sin pagar el costo de representación.
-Y usted, ¿cómo hace para negociar como un caballero?
-Yo siempre llevo conmigo a alguien más del club, como testigo. Porque si no, depende de quién se trate, hay veces en que no se qué dirá después de la reunión. En el Real Madrid, todos tienen representante. Nunca el jugador se sienta en la mesa de negociaciones. Pero yo sí exijo que esté en el momento de firmar. Y que se comprometa delante de mí.
-¿Los jugadores ganan o pierden con un representante?
-Muchos evitan la explotación de que eran víctimas por parte de un club. Ahora quizá se fue al otro extremo. Imagino que será cuestión de encontrar un equilibrio.
No siempre será el suyo un terreno de caballeros, pero Valdano viste y se comporta como uno de ellos. Atildado al extremo, le gustan los trajes oscuros, de buen corte. Las camisas celestes y los zapatos negros, de estilo italiano, brillantes como espejos. Hace culto de la cortesía y no se perdona llegar tarde a una cita. Ni siquiera unos minutos. "Que quien llegue tarde sea yo, no tiene disculpa", repite, mientras toma asiento. Es la segunda conversación para esta entrevista y hay más personas sentadas a la mesa. Es un almuerzo en el viejo Madrid. Durará varias horas. Valdano, que llegó en auto con chofer, no empieza hasta que están todos servidos.
Lo suyo no es sólo el fútbol. "El balón me sacó del pueblo, me paseó por el mundo y por varios escenarios", dice. Entre ellos, los negocios.
-O sea que el fútbol no sólo produce barras bravas, sino también estrategias de negocios...
-Hay mucha enseñanza y valores en el deporte que posiblemente no se hayan explorado bien.
-Cuando empezó con la pelota, ¿buscaba ya llegar tan lejos?
-No tuve más virtud que abrir mucho los ojos. No pasé con indiferencia por ningún lado y estar siempre abierto a aprender da alguna ventaja competitiva.
-¿Nunca tiene ganas de volver al banco de entrenador?
-No. Muchas veces llego a un partido y ni siquiera se cuál es la formación del día. Aprendí también que uno puede ser el entrenador que quiere, pero no el jugador que quiere. A mí me hubiese gustado ser Maradona.
-¿Y nunca tampoco se le cruzó extrapolar la experiencia de entrenador a la política?
-La política me desmoraliza.
-¿En este momento o siempre?
-Más ahora, porque las referencias ideológicas no están marcadas. Veo todo como un cajón de sastre donde cabe cualquier cosa, con mucho de circo mediático. Represento ahora a mucha gente y no tengo intención de definir mi posición.
-Como entrenador, si el equipo es la Argentina, ¿cuál es el primer paso para salir?
-Lo primero sería buscar una excusa que provocara ilusión. No sería más que una sugestión. Enseguida habría que ir a las medidas que nos permitan recuperar posiciones como país. El estado de ánimo es un punto de partida que sirve para distancias cortas. Por sí solo, no cambia el mundo.
-¿Eso es lo que haría?
-Somos un pueblo ciclotímico. Y es difícil saber cuándo corremos más peligro: si en los momentos de euforia o en los de depresión. Estas son cuestiones para estadistas, que se diferencian de los políticos en que guían al país pensando no en el ahora, sino en los próximos diez años. Ante situaciones de apremio como las que existen en la Argentina, pensar en términos estratégicos no es fácil.
-¿Qué impresión le genera hoy la Argentina?
-La de un país en permanente indefinición y búsqueda. Y eso genera desesperanza, como sucede con los jóvenes que se quieren ir. No olvido que fui uno de ellos, de los que se fue. Y lo hice con muchas ganas.
-¿Cómo se le ocurrió ir al Alavés, un equipo de segunda?
-¡Estaba en uno de esos momentos de euforia que nos vuelven peligrosos a los argentinos! Estaba convencido de que el equipo subía a primera conmigo o que yo subía solo. Me salió bien, pero a largo plazo. Los futbolistas vivimos en un entorno que a veces nos hace perder contacto con la realidad. Yo, en esos años, pisé tierra. Y eso fue un buen aprendizaje.
-¿Cuál es el mejor jugador del mundo?
-Me costaría mucho decirlo. Supongo que cuando jugaban Di Stéfano, Cruyff, Maradona, Pelé... había pocas dudas. Hubo personajes que marcaron una década del fútbol mundial. Cuatro o cinco milagros genéticos en todo un siglo. Pero ahora o hay cinco o seis jugadores en niveles parecidos y ninguno extraordinario. Son Zidane, Figo, Rivaldo... Entre los argentinos, por un momento pareció que Verón podía encontrar un hueco allí. Es joven. Todavía está por verse.
-Entonces, ¿quién es mejor, Maradona o Pelé?
-A Pelé nunca lo vi jugar. Maradona siempre me resultó mágico. Mi sueño era jugar como él. Hasta en lo más simple. Verlo entrenar con una pelota era una cosa bella.
-El fútbol pasó de ser fenómeno de potrero a negocio de millones. ¿Cómo será el futuro?
-Me niego a creer que lo de antes era mejor que lo de ahora.
-¿Y el futuro?
-Se va hacia la comercialización y la internacionalización. Con más tráfico de jugadores. Las posibilidades comerciales que se abren alrededor del fútbol son infinitas.
-¿El fútbol perderá su voz en todo eso?
-Hay que evitarlo. Que dentro de la FIFA estén Platini, Cruyff o Beckenbauer, es tranquilizador. Conocen la esencia del juego y saben que su éxito está relacionado con el apego a las tradiciones. Como perdamos de vista esto, lo podemos descomponer. Hoy es un producto depurado, pero a pesar de tanta globalización, sigue complaciendo instintos muy primarios, que casi nos asocian con el cazador que fuimos.
-¿Sería mejor el fútbol argentino si tuviera más jugadores en su dirigencia?
-Sería mejor si tuviera más jugadores argentinos. Si no nos hubiéramos ido mil jugadores en los últimos 20 años. En realidad, el fútbol es un reflejo de lo que pasa en la sociedad en todos los campos: vendemos a los buenos para pagarles a los malos que se quedan. Lo curioso es que la venta de esos mil jugadores no ha producido una etapa de esplendor económico. Más bien ha terminado por arruinar a los clubes.
-Entonces volvemos a que en la Argentina el problema es de dirigencia.
-Eso es clarísimo. Pero pese a ser un fenómeno obvio, la presencia de jugadores en los cuadros directivos es también algo relativamente nuevo. En España, yo soy el primer caso.
-Pero el hecho de haber sido jugador no habilita por sí mismo a ser entrenador ni directivo.
-No. Ni tampoco es indispensable. Pero es evidente que alguien que jugó al fútbol entiende mejor la idiosincrasia del juego o, en términos de directivo, la del negocio. Esta es una industria muy irregular, a la que hay que conocerle los caprichos. Y eso se resuelve mejor entre aquellos que hemos vivido dentro del medio desde que nacimos.
-Los jugadores son también el punto vulnerable de su esquema. La mayoría no estudió ni estudia.
-No creo que un libro haga a un futbolista. Pero sí sé que no lo molesta. Hoy me preocupa ver que padres que les dicen a sus hijos que no estudien para concentrarse en el partido que tienen mañana. En lugar de decirles que hagan un esfuerzo, que estudien más.
-¿Por qué en la Argentina no hay jugadores profesionales de clase media o alta?
-Porque el juego conserva mucho de lucha por la vida. Y porque en los campos improvisados de un pueblo muchas veces la oferta deportiva no da más que para la pelota. En América del Sur es un producto más de la calle que de las instituciones deportivas. Por eso el fútbol inglés es el más parecido al nuestro: porque aún tiene algo de ganarse la vida.
-Pero, en definitiva, ¿qué es jugar al fútbol?
-Es una bendición. Es pro-longar la infancia. Es ser feliz siempre.
Valdano se queda con el recuerdo. Sonríe y con eso se le va todo el agobio y toda la prisa con la que había llegado. De algún modo, cuando regrese a su escritorio de ejecutivo, seguirá jugando.
Como Perón, vive en puerta de hierro
Valdano vive en el barrio residencial de Puerta de Hierro, en lo que fue el portal de Juan Domingo Perón. Una empresa inmobiliaria en la que se asoció con un amigo le permitió quedarse con los terrenos de lo que fue la célebre quinta 17 de Octubre, construir allí un conjunto de chalets y elegir, entre todos, el que correspondía exactamente con lo que fue la casa de Perón. Pero a diferencia de aquella quinta que fue centro de peregrinaje de dirigentes de todo color, la casa que lo reemplaza es un bastión inviolable donde Valdano protege la intimidad que comparte con su mujer y sus dos hijos españoles. Está orgulloso de ser su propietario. No lo dice expresamente, pero parece sentir que rescató, así, parte del pasado. Aunque sólo sea en la materia y no en los vestigios: ya nada quedaba cuando el terreno llegó a su poder. "Fue un gusto personal. Con sentido histórico", confesó. Como empresario, Valdano exprimió del fútbol conocimientos suficientes como para que la consultora internacional Ernst & Young lo contrate para que adiestre a grandes ejecutivos en el difícil arte de trabajar en equipo. Luego, se asoció con otros y hoy preside su propia empresa de capacitación en la materia.





