
VICTOR HUGO MORALES "Me defino como un humanista"
Con más de veinte años de radio de este lado del río, el uruguayo escribe, le gustaría hacer teatro y es un melómano nómada. El viernes próximo volverá con los goles del Apertura.
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Es el mejor y más prestigioso relator deportivo de la Argentina y de América latina, en las puertas de una nueva edición del torneo clausura que arranca el viernes próximo. Pero Victor Hugo Morales, con casi veinte años en el aire, es muchas cosas más. Entre ellas, un humanista imperfecto que aún no alcanzó su completa redención artística. Soñó con ser actor de radioteatro y nada le gustaría más que llegar a trabajar en teatro. Tuvo una galería de arte en San Telmo; casi todas las noches va al cine, al teatro, a escuchar un concierto o una ópera, y viaja muchas veces al año para estar presente en acontecimientos musicales. Todos los meses, en el inmenso living de su departamento, reúne a amigos para hablar y escuchar a algún artista. En julio último apareció su novela Un grito en el desierto (Sudamericana, ya va por la tercera edición) con un mensaje de fuerte sensibilidad social y con un poderoso anclaje en la realidad de estos días en la Argentina, como que su protagonista, Once, es un desempleado.
-¿Qué camino ha recorrido el libro? ¿Le escribió algún desocupado?
-Un camino de más respeto del que me podía imaginar para quien, desde el preconcepto, podía ser visto sólo como un relator de fútbol. Aunque soy un muy buen lector y cada vez que aparecí en televisión recorrí caminos que muy poco tenían que ver con el periodismo deportivo. Con respecto al libro no está sólo lo que recogí en algunas críticas, sino lo que me dijeron en muchísimas cartas. En algún momento discutimos con la editorial el tono del final, si debía dejar o no una puerta abierta a la esperanza. Yo no lo quise manejar hipócritamente por aquello de que la esperanza es algo tan personal. Confié en lo que finalmente ocurrió: una lectura lúcida abriría un camino posible para la esperanza. Es tan angustiante lo mal que están algunas cosas, lo que se han achicado el mundo y la dignidad de la gente, las utopías de los años 60 se han reducido al mínimo. En el libro digo que en los años 60 yo defendía de la alienación al tipo que tenía que pasar diez horas en una fábrica haciendo una misma chapita. Pasaron casi 40 años y ni la posibilidad de la chapita existe. Si ésas eran las cosas que nos planteábamos, la nuestra es la generación å del gran fracaso porque pensamos que en el 2000 el mundo iba a ser otra cosa. Es tan inhumano lo que ha ocurrido, es tan alocado el viaje hacia otro tipo de valores, que hoy no queda otra que volver a mirar al ser humano, cuidarlo, darle de comer, educarlo, apartarlo de todas las cosas indignas. Me gustó mucho hacerlo por- que hace como 30 años había escrito Buenos días, don Ernesto, dedicado a un profesor mío echado por la dictadura en Uruguay. Escribí 200 páginas, pero me dieron vergüenza y nunca salió. Después vino El intruso, que salió en noviembre de 1980, como un intento de reflexionar por qué la dictadura uruguaya y la Asociación Uruguaya de Fútbol, o viceversa, me habían prohibido.
-A propósito. En 1980, usted estuvo preso en el Uruguay. ¿Fueron motivos políticos?
-No, mucho más banales. Pero a nadie se le escapa que podría haber sido consecuencia de que a ese régimen nunca le mostré la más mínima sonrisa y que usé los medios modestos que un periodista tiene a su alcance para hacer como que habla de otro país cuando en realidad habla del propio. A mí me metieron preso porque integraba un equipo de fútbol de salón con ex grandes figuras del fútbol uruguayo y hacíamos giras por todo el país. En un partido final hubo una gresca y se me acusó de haber trompeado y herido en la nariz a un rival. Me metieron preso durante 25 días. Ese hecho es el fin de mi carrera en mi país y el inicio de mi actividad en la Argentina, gracias a la gestión inicial de Antonio Pérez Uría y la siguiente de Adrián Paenza y Fernando Niembro.
-En algunas entrevistas, usted se define como progre; el libro lo muestra comprometido en una determinada posición. Hoy, ¿con qué palabra se definiría?
- No sólo en términos políticos, me defino como un humanista.
-¿Qué quiere decir?
-Soy un tipo que prefiere ver, en vez del mar, el mar pintado. Tengo una inclinación asombrosa hacia los artistas, hacia el mundo de las ideas y lo artístico. Casi todo me conduce a ver las cosas desde una mirada humanista.
-Su novela cuenta la historia de un desocupado. ¿Se imagina en esa situación?
-Lo he concebido muchas veces, me hago planteos de cómo resolverlo, advierto a mi familia acerca de los riesgos de nuestra profesión, aunque a veces siento que a mis chicos no se les pasa por la cabeza que a mí me pueda ocurrir semejante percance.
-Si quedara sin trabajo, ¿a quién acudiría primero?
-En una situación extrema, al primero que le hablaría es al doctor Daniel Scheck. El y su hermano Lalo, dos uruguayos con mucha historia en los medios del Río de la Plata (N. del R.: en la Argentina, con el seudónimo Los Lobizones, hicieron los libretos y la producción de Telecataplum y otros ciclos memorables) y con una fuerte conciencia empresaria y humanista, no me dejarían de a pie.
-En su fantasía, ¿cuál es el accidente profesional más indeseable que le podría ocurrir?
-La ceguera
-Pensé que me iba a mencionar alguna dificultad con la voz...
-También, pero a la imposibilidad de hablar la reemplazo con la escritura y ahí me veo protegido de la desocupación total porque podría escribir aun para los diarios más humildes. Aparte, de la voz estoy muy bien desde que abandoné el cigarrillo. Hace años que dejé de transmitir con auriculares porque después, durante varios días, me seguían frecuentando en los oídos los ruidos de la cancha. Eso me cambió la impostación de la voz, perdí seguridad, por lo que volví a usarlos. El gran secreto, en mi caso, es llegar a las transmisiones bien descansado. Cuando llego cascoteado, la exigencia se traslada a la voz. Cuando me advierten que relaté muy bien, pienso enseguida qué hice los días anteriores y me doy cuenta, seguro, que tuve una muy buena vida.
-La verdad es que lo del relato le sale muy bien todavía. Pero, igualmente, ¿piensa en el retiro?
-Si las cosas del físico siguen como hasta hoy, calculo que tengo para seis o siete años más. Que son los años que me faltan para cumplir con el contrato que tengo firmado con Radio Continental. Igual les dije sinceramente a los directivos que si un día ellos piensan que José Gabriel Carbajal está más fuerte, resiste mejor, yo no tendría problemas de pasar a ser el comentarista.
-O sea que estaríamos hablando de un Mundial más. ¿El del 2002 o también el del 2006?
-El del 2006 tiene el gran atractivo de Inglaterra, pero al próximo quiero que vaya otro y yo lo manejo desde acá. Japón y Corea no me generan ninguna curiosidad. Es mi trabajo, pero si pudiera elegir no iría.Qué se le va a hacer, no siempre el mundial es en París.
-Algo curioso. Muchos argentinos soñamos con retirarnos en Montevideo porque pensamos que es todavía una ciudad a escala humana...
-A la medida de la gente...
-Pero si uno hace ese comentario y hay uruguayos presentes lo desestiman diciendo que allá no pasa nada.
-Entiendo. Pero, ¿qué tendría de malo? Hay un momento en el que dirá "ya no pasa nada", es uno y sus recuerdos, y su melancolía y me parece que una ciudad con río casi mar, con la rambla como la de Montevideo, tan tranquila, se presta bastante para esa idea del retiro. Yo a mi retiro lo concibo más en Punta del Este que en Montevideo.
-¿Y no en París?
-No, no, para nada. Me fascinan París y Nueva York, iría todos los meses, pero mi estar bien en esos lugares responde a cuando estoy mal aquí, enojado con lo que no funciona o es muy injusto.
-Hablando de su trabajo específico, ¿cuál es el récord gritando un gol? En un video que le hizo Francis Huertas creo que usted menciona un tiempo de 56 segundos. ¿Puede ser?
-Sí, claro. El otro día, un gol de Boca que coincidió con el triunfo y el fin del partido me llevó cinco minutos de recapitulación y narración. Narré lo que pasó, lo inserté en la reacción del público, le di la significación que tenía para el campeonato, dije que el centro lo puso un juvenil (se refiere a Adrián Guillermo) y lo convirtió Palermo, o sea que lo envió el futuro y lo acertó el presente. No es sólo el gol, entonces. Hay un mecanismo misteriosísimo, cuando el mensaje se convierte en discurso redondo: eso no lo sé explicar. Me doy cuenta que lo he mejorado como recurso. Vengo trabajando para eso desde chico, cuando agarraba el grabador y tenía enfrente un pocillo de café como éste y decía: Voy a improvisar cinco minutos sobre el pocillo. O para ejercitar impostación me atravesaba un lápiz en la boca y leía para ejercitar en la articulación de la palabra y en la dicción. En todo lo mío está además la herencia recogida como base cultural en el secundario uruguayo y las lecturas que me hacen improvisar frases que ni siquiera yo sé que sabía. En un partido había empezado a llover y yo dije "una lluvia como preludio de verano". Al poco tiempo, en un aeropuerto releyendo a Mishima me encontré con esa frase.
-¿Le ocurre de aburrirse mientras está relatando?
-Aburrirme, exactamente no. Pero necesito plantearme desafíos, porque a veces el partido se vuelve demasiado lento. Para no malograr el ritmo radial, a veces me adelanto a las jugadas, porque ya presumo lo que va a pasar y porque me entretiene. Lo sensacional es cuando eso que presumí no sucede y tengo que volver a reconstruir. No me aburro, pero necesito que los partidos me motiven. Por eso no transmití la copa Mercosur. Los partidos de este campeonato fueron armados únicamente para la televisión, son una trampa histórica, es un campeonato que a mí no me representa nada. Aun en el partido más aburrido del campeonato, lo que se está jugando me devuelve convicción y entonces me sale un relato honesto y creíble. Necesito creer en la sinceridad y en la importancia del partido que relato.
-Hay muchas declaraciones suyas en el sentido de que es un gran cultor del ocio...
-Es así. Pero nunca fui un vaguito. Era más bien un bohemio. Vivíamos con mis dos hermanos menores en unas piecitas del fondo de la casa de una tía, modista, en Montevideo. Escuchaba música horas y horas, leía como una bestia y trabajaba sábado y domingo relatando fútbol en una radio chica y escribía en un diario muy poco leído, pero muy interesante por sus posiciones, el Ultima Hora. De lo que más seriamente me ocupaba era de que mis hermanos terminaran la secundaria y de jugar al basquet en el Estrella Azul, de Colonia, en donde, incluso, me pagaban algunos mangos. A mí lo que me cambia la vida es, en 1975, la muerte de quien era el José María Muñoz uruguayo, el relator Carlos Solé. A su muerte, gente de radio decide elegirme a mí como su sucesor, y eso transforma todo. De no haber muerto Solé, tal vez yo hubiera seguido tirado en la cama escuchando música y leyendo. Recuerdo que, en 1978, después de varias amonestaciones severas y después de transmitir mi primer mundial para CX12 Radio Oriental, me prohibieron.
-¿No tendría ganas de hacer un libro con sus conceptos sobre el ocio?
-Ya está hecho, y muy bien: se llama El arte del ocio, lo escribió Herman Hesse y cuando lo leí en la adolescencia avanzada me marcó para establecer mi derecho filosófico a vivir como vivía, casi todo el día recostado en la cama.
-¿Está preparando algún libro nuevo?
-Uno, para Eudeba, sobre los criterios éticos del periodismo, en el que participarán seis o siete periodistas del equipo Competencia, de Continental. El otro, sería una continuidad de Un grito en el desierto, algo de pura ficción, pero relacionado con un tema que no es para nada ficción: la violencia que nos rodea. No sólo en el fútbol. La violencia que crea la marginación. Sustentaré la hipótesis que de ninguna manera tenemos todavía la violencia que nos merecemos.
-¿Qué le gusta y qué le molesta del trato de la gente en las canchas?
-En la cancha de Independiente me acusan de gallina o bostero, me gritan Aguante Menotti; ahora con Boca campeón me espera como un año de acusaciones de bosterismo. Pero si viniera a la cancha conmigo se daría cuenta de que también me pasan cosas muy lindas. En este momento vivo el beneficio del prestigio. En general, la gente opina bien de mí, de mi conducta, de lo que no negocio, qué clase de riesgos corro. Uno puede tener montones de ideas, pero si uno no asume riesgos, las ideas jamás llegan a ser principios. Y un tipo con principios siempre es algo más y mejor respetado. El juicio que le hice a Menotti sabía desde el principio que no me iba a traer ningún beneficio, y que casi seguramente terminaría, como terminó, en absolución. Ahora puedo decir, incluso con ironía, que un juez de la nación consideró que eso que me había dicho Menotti no eran insultos.
El ámbito
Cuando mira para allá, desde su piso 30 cercano a Coronel Díaz y Juncal, se divisa perfecta la unión del cielo y del río. Cuando mira hacia allá está la costa uruguaya, a lo mejor Colonia, pero ni por casualidad su Cardona natal, a 100 kilómetros adentro de Colonia. Como cuando era chico, confiesa, y se iba al puerto de Colonia y miraba para acá. A vivir esa melancolía anticipada de Buenos Aires. "Ahora, cuando el río está un poco bajo y alcanzo a ver algo de Colonia me parece una extraordinaria vuelta."
La cita se cumplió con puntualidad y en su transcurso Víctor Hugo Morales, apoyado en todo momento en su amigo Mario (que actúa a la manera de su memoria y su custodia) ofreció varias vueltas de buen café, agua mineral y galletitas dulces. Pidió que nos sirviéramos y se confesó un verdadero inútil "porque ni la tapa del termo sé manejar". La entrevista se realizó a principios de diciembre último, antes que Morales viajara por tres días a Budapest para asistir al recital del pianista argentino Sebastián Forster y antes también de que Boca se consagrara campeón del torneo Clausura. Ante una solicitud de la Revista de fotos de su archivo privado, Morales se las solicitó a Beatriz, su mujer, y se emocionó con una de su padre cenando con él en Los años locos en los inicios de la década del 80.
Los marcadores de Victor Hugo
1966 El 11 de septiembre relata su primer partido ( Boca - Argentinos Juniors) para Radio Colonia, invitado por Héctor Ricardo García.
7 años: La edad que tenía cuando unos tíos lo llevaron por primera vez al Estadio Centenario a ver el superclásico Peñarol - Nacional.
5-Sus hijos. Tres aquí con su esposa Beatriz: Paula, de 18 años; Matías, de 14, y Camila, de 18 meses. Y dos que viven en Uruguay, debidamente reconocidos: Diego, de 23, y Ana Laura, de 21, también periodista.
80 Las veces que viajó a Europa, por trabajo y por placer
1981 Primer partido en la Argentina: Boca y Talleres, coincidiendo con el debut de Diego Armando Maradona en primera.






