
16 minutos de lectura'

Una noche estábamos cogiendo y de pronto mi mujer me metió un dedo en el culo. Nunca me habían hecho eso. Sentí un placer tan brutal e intenso que me asustó. Acabé de inmediato sin poder contenerme. Fue hermoso.
A los 9 años yo era virgen. Era un niño educado, dulce y obediente, hijo predilecto de padres divorciados. Mi corte de pelo recordaba el flequillo de Carlitos Balá. Mi mejor amiga vivía a pocas cuadras de casa, ella era un año menor que yo. Nos conocíamos desde bebés: nacimos en el mismo edificio, nuestros padres jugaban a las cartas al menos una vez a la semana. Con mi amiga pasábamos mucho tiempo juntos, horas interminables frente a esos juegos de mesa de una época en que recién empezaban a aparecer las computadoras personales. Recuerdo en especial dos favoritos: Negocios en la gran ciudad y El juego de la vida. Eran tardes enteras encerrados en su habitación. En un momento empezamos a poner prendas para el que perdía; nos teníamos que mostrar las partes íntimas. Yo me bajaba el calzoncillo, ella la bombacha. Teníamos vergüenza, pero más aún curiosidad. No recuerdo que nos hayamos tocado, tan solo nos mirábamos repletos de preguntas y temor. Sabíamos que era algo prohibido y secreto.
Un periodista de Brando, que asiste regularmente al taller de escritura autobiográfica de Leila Guerriero, se encuentra con la consigna de narrar su iniciación sexual. ¿De qué hablamos cuando hablamos de sexo? ¿Qué significaba, hace 30 años, “hacerse hombre”?

A los 13 años yo era virgen.
Para el judaísmo, el bar mitzvá es el paso del niño al adulto. Las mujeres lo celebran a los 12 años, los hombres a los 13. La ceremonia completa dura tres días; arranca un jueves con los tefilim, una ceremonia vistosa donde a cada chico se le atan en el brazo y en la frente unas tiras de cuero que sujetan dos cajitas. Esas cajitas contienen cuatro versículos de la Torá, el libro sagrado del judaísmo. Los tefilim simbolizan la obediencia a la palabra de dios, cuando él ordenó: “Átalas por signo sobre tu brazo, ponlas por señales sobre tu frente”. La ceremonia sigue luego el viernes a la noche con el comienzo del shabat y finaliza en la mañana del sábado, leyendo la Torá en el templo junto al rabino, familia e invitados. Esa misma noche, a veces al día siguiente, suele haber una gran fiesta con mucha comida y baile. Para mi bar mitzvá, mis padres me regalaron una doble casetera Aiwa. Era el año 1986 y recuerdo haberla usado por primera vez para copiar un álbum de Michael Jackson. Así, en tres días, dice el judaísmo, uno se recibe de adulto.
Hice mi bar mitzvá, pero seguía siendo un niño. Un niño sin atisbo de pubertad. Y lo fui por mucho tiempo. A los 13 años no tenía pelos sobre los labios ni en el pubis, como tenían la mayor parte de mis compañeros de escuela. Tampoco tenía granitos de acné. En mi imaginación, la adultez, esos pelos y los granitos eran elementos indisolubles. Yo quería ser adulto. Lo escribo acá y suena tierno, los problemas de la niñez que se sufren al ser chicos y que luego se olvidan. No fue tierno: esa falta de pelos y de granitos era dolorosa, un símbolo visible de la humillación. Era como caminar por la escuela exclamando a gritos, con voz de niño, con la piel sonrosada y suave, mírenme, acá, miren qué huevitos chicos tengo, qué poco desarrollados, qué lampiños que son. Acá, el fenómeno de circo, el niño que no crece, que nunca va a crecer. Por esos años comenzó a darme vergüenza desnudarme en un vestuario o bañarme en las duchas compartidas de los campamentos escolares. Recuerdo un campamento en el que no me bañé por nueve días. Iba con mis cosas a la ducha, esperaba que estuviesen vacías, me mojaba rápido el pelo y volvía así a la carpa. Hoy, 30 años después, me sigue costando desnudarme frente a otros. Incluso a veces frente a mi esposa.
En casa me escabullía al baño para mirar revistas pornográficas: desplegaba las fotos, estudiaba los cuerpos desnudos, pero no lograba una erección.
A los 13 años la vida era una mierda.
Uno de mis compañeros de la clase ya había estado con una mujer. Eso decía. Varias de las chicas usaban corpiño y eran lejanas y eran hermosas. En ese tiempo, el mundo entero cambiaba rápido, todo cambiaba menos yo. En casa me escabullía al baño para mirar revistas pornográficas que había encontrado ocultas en uno de los armarios de mi papá: desplegaba las fotos, estudiaba los cuerpos desnudos, pero no lograba una erección. Sabía que la sangre debía llegar a ese pequeño pito lampiño que tenía entre las piernas, pero nada.
Mi relación con mi físico estaba teñida de desprecio y de vergüenza. Yo era bajito, el segundo chico más petiso del aula; en silencio siempre le di las gracias a Sebastián por haber sido unos centímetros más bajo que yo, por ahorrarme al menos eso. Yo era también de los peores en gimnasia. Aborrecía esas horas dedicadas al deporte. No me gustaba el fútbol: en los partidos de la escuela me ubicaba cerca del arco propio, con temor a que la pelota se me acercara. Sufría fallando una y otra vez frente a mi clase en el test de Cooper, esos 12 minutos imposibles de trotar sin descanso alrededor de la cancha. Siempre frenaba antes de tiempo, sin aire y con un pinchazo de dolor en el costado izquierdo del estómago. Jamás pude hacer una medialuna o una vertical bien ejecutadas, y en salto en largo era por lejos el que menos largo saltaba. Esa falta de habilidad iba más allá: mi cuerpo era tan torpe que desconocía la idea del ritmo, de la sincronización y del equilibrio, incluso en las actividades más inocentes. En la clase de música, la Quispe, así se llamaba la profesora, elegía los instrumentos que consideraba adecuados para cada uno. A mí me dio el triángulo, el rango más bajo de todos. Pero como lo tocaba a destiempo y el ruido del metal era imposible de disimular, un día me lo cambió por el más apocado toc toc. Había compañeros con guitarra, con xilofón, con flautas, con panderetas. Incluso con triángulos. Yo tocaba el toc toc.
Un día mi mamá me llevó a un médico especialista en crecimiento. Yo no quería ir: me daba vergüenza desnudarme frente a él. Por suerte no fue necesario. Me sacaron radiografías, me midieron los brazos y las piernas, escucharon la preocupación de mi mamá, pero no encontraron nada extraño. La medicina tampoco podía ayudarme. En algún lugar había leído que muchas veces la primera eyaculación en la vida de un adolescente ocurría al dormir. Deseaba con fervor que sucediera así, de noche, por sorpresa. Despertar un día, el calzoncillo húmedo y yo hecho un hombre.

A los 15 años yo era virgen.
Eyaculé por primera vez a los 14, o tal vez a los 15 años. No lo recuerdo bien, pero sí recuerdo que fue un alivio. Mi cuerpo funcionaba, mi pito funcionaba. No sucedió al dormir, sino tocándome con insistencia, dejando toda la zona enrojecida, mirando una revista porno. Qué felicidad tan maravillosa la de saber que podía eyacular, que era capaz de hacerlo, que era una persona normal. A partir de entonces mi vida iba a ser distinta. Por fin, iba a tener una novia. Tocar una teta, dar un beso con la lengua, coger. Sacarme de encima esa vergüenza interminable y agotadora. La misma vergüenza que a los 13 me atormentaba en la clase de gimnasia, la que impedía que intentara besar a una chica. Pero las cosas no sucedieron como yo esperaba. A los 19 todavía era virgen. Y la vida seguía siendo una mierda.
Besé por primera vez a una chica a los 19 años y cuatro meses. Fue en enero de 1992, en un viaje de mochileros con amigos a los Siete Lagos, ese recorrido que va entre San Martín de los Andes y Bariloche. Ella se llamaba Cecilia, era linda y me tiraba onda. Mis amigos me burlaban: Chechu es una mujer de un solo cuerpo, decían. Del cuerpo de bomberos. Pasamos noches ahumándonos frente a los fogones, siempre aparecía alguien con una guitarra, todos estábamos tan sucios y brillantes, tan polvorientos y felices. Tardé muchos días en animarme a darle ese beso que ella en silencio me pedía. Le toqué las tetas por arriba de la ropa, porque era de noche y hacía frío, un frío patagónico. Yo quería tocarlas de verdad, tocarle la piel y los pezones, aprovechar esa oportunidad que quién sabía cuándo se iba a repetir. Pero ella cargaba con muchas capas de distintas telas; mientras nuestras lenguas se tocaban escarbé con disimulo frenético a través de la campera, del pulóver, de algo que tal vez era una polera, de una camiseta. Nunca alcancé la piel. Aun así estaba contento, feliz. Mi vida sexual avanzaba otro casillero.
Antes de Cecilia, entre los 15 y los 19 años, había salido con algunas chicas, tres o cuatro. Las había invitado al cine, a tomar algo, a caminar por una plaza. Una me gustaba mucho, Gisela. Con ella salimos tres veces. Pero yo no me atrevía a que el beso de despedida fuera en los labios y no en la mejilla. No eran buenos años en mi vida: mi familia se desmoronaba por crisis económicas, había mudanzas obligadas, mi madre y su pareja peleaban de manera violenta, mi padre sumaba ataques cardíacos y operaciones riesgosas. Yo me encerraba en mi cuarto, en libros que leía sin pausa, en la escritura de cuentos que me parecían buenos. Oculto de todos me insultaba: cobarde, idiota, me decía.
Cogí por primera vez a los 20. Carolina tenía 18 años. La conocí en un taller de literatura. Ella era nueva en el grupo y nos deslumbró como una poeta desmedida y brutal.
Cogí por primera vez a los 20. Carolina tenía 18 años. La conocí en un taller de literatura. Ella era nueva en el grupo y nos deslumbró como una poeta desmedida y brutal. Escribía poemas largos y góticos, repletos de un brillo tan oscuro y adolescente. Quisiera encontrar hoy esos poemas, ver si son tan buenos como los recuerdo. Quisiera saber también si ella está viva: era una de esas personas que uno imagina que mueren jóvenes y salvajes. Carolina no me gustaba. Aun así, no recuerdo cómo, después de una noche en un bar terminamos en un telo de Palermo. Sí recuerdo que no le dije que era virgen. Me guié por lo aprendido en revistas y en algunos videos pornográficos. Fue rápido y no fue bueno. Pero qué alivio, qué felicidad: ¡podía coger! De madrugada volví a casa, a la casa donde vivía con mi familia, ya con el sol en lo alto. Mi mamá estaba despierta. “¿Dónde estabas?”, preguntó preocupada. “Estaba cogiendo”, le dije con una rabia acumulada que me pareció maravillosa, y me fui a dormir.
En mis recuerdos de esos años, la felicidad siempre está relacionada con el sexo. Fui feliz al masturbarme por primera vez, fui feliz al besar por primera vez y volví a serlo al coger por primera vez. En los entretiempos, en cambio, fui poderosamente infeliz. Odiaba la escuela, más tarde odié mi trabajo, la Facultad y vivir en la casa de mi familia. En todo momento odié mi cuerpo. Nunca pensé en suicidarme, pero sí en querer estar muerto. En despertar y estar muerto. De ese deseo me salvaron tres mujeres. Ellas me guiaron con sus conchas, con su sexo y sus besos a un mundo mucho más luminoso.
La primera fue Danina, una brasileña chiquita, negra y hermosa que conocí en Arraial d’ Ajuda. Usaba un perfume dulce y pegajoso.
La primera fue Danina, una brasileña chiquita, negra y hermosa que conocí en Arraial d’ Ajuda. Usaba un perfume dulce y pegajoso que se sentía incluso sobre la sal del mar y el amargo del alcohol. Nos conocimos de noche entre batidas de coco y de caipirinhas. Ella tenía 20 o 21 años; yo tenía 21 o 22. Ella era virgen; me lo dijo en voz baja, en un portugués tímido, mientras apretábamos con la música axé de fondo. Seré dulce y suave, le aseguré. No le confesé que mi experiencia se reducía a una única noche con una única chica, a un sexo tan rápido como malo y urgido. Con Danina fue distinto: pasamos cuatro noches juntos, cogimos en el mar con las mallas puestas, ocultos entre las olas, pero a la vista de todos; y cogimos en la posada, con tiempo para mirarnos. Meses después cogimos en Buenos Aires y cogimos un año más tarde cuando la visité en Belo Horizonte. Con su boca pequeña ella chupó mi pija; con mi boca yo chupé su concha. Todo era nuevo para ella y lo era para mí. Aprendimos juntos y fuimos dulces entre nosotros.
Elena era italiana. La conocí a mis 26 años en Londres. Yo estaba allí en la búsqueda de un cambio profundo en mi modo de vivir. Al terminar la Universidad decidí que no podía seguir así: odiaba mi título de licenciado en Administración, odiaba mi trabajo en una curtiembre, no soportaba a mis padres. Tenía pocas y esporádicas relaciones con algunas mujeres, con sexos vacíos y amargos. Renuncié a todo, junté mis ahorros, subí a un avión, aterricé en Heathrow, me corté el pelo a ras, compré un largo y pesado gamulán en un local de ropa usada en Portobello Road, busqué trabajo, bebí chupitos de tequila, me hice de nuevos amigos y probé drogas. A Elena la conocí en una escuela barata donde enseñaban inglés a extranjeros. Con ella cogimos mucho y cogimos fantástico. Cogimos desesperados en la calle, en las madrugadas frías y sucias de Londres; cogimos en silencio en el cuarto que yo alquilaba a una familia obrera, donde no tenía permiso para llevar a otra persona. Elena tenía pelo corto, rasgos duros y hablaba rápido, mezclando en su inglés insultos como cretino, imbecille, stronzo. Era decidida, fuerte, yo la miraba como si fuese Sofía Loren en una película con Mastroianni. Sí, Danina se había enamorado un poco de mí, y yo lo había aceptado y lo había disfrutado; con Elena fue al revés: el enamorado era yo, y ella me siguió el juego. Después de dos meses juntos, se volvió a Italia. Al poco tiempo, yo armé mi mochila y me fui a vivir unos meses a Berlín.

Pero con nadie aprendí tanto de sexo como con Marcela. La conocí a mis 27 años, a los dos meses de volver de Europa a Buenos Aires. Marcela era exótica: seis años mayor que yo, flaca y lisérgica. El día que la vi por primera vez ella bailaba sola en medio de un salón frío y luminoso, en un cumpleaños de una amiga en común. Su forma de bailar era distinta a la que yo estaba acostumbrado, al modo en que bailaban mis amigos cuando estábamos en una fiesta. Sus movimientos no pretendían ser sensuales o coreográficos, sino que era algo salvaje, un animal desconocido y peligroso. Creo recordar que ella tenía los ojos cerrados, que su cuerpo intercalaba movimientos amplios y golpes secos. Me calentó mucho verla bailar. Yo venía agrandado; tras vivir en Londres y Berlín, no era más ese pusilánime que había sido hasta antes de mi viaje. Tenía experiencia de vida, había probado drogas y había cogido en la calle. En Alemania me había inscripto como periodista en la Berlinale, el festival de cine de la ciudad capital, y desde entonces escribía artículos para una revista de Buenos Aires. Yo estaba renaciendo. Aun así, ese día en esa fiesta me sentí muy inferior a Marcela, que era puro poder y locura. Era evidente: ella era lo opuesto a lo que yo había sido hasta entonces, era lo que yo había ido a buscar a Europa. Representaba también otro tipo de sexo. Y esa posibilidad me excitaba.
Nos gusta coger de día cuando estamos descansados, con luz para ver nuestros cuerpos, ahora más blandos y conocidos.
Tres meses más tarde cogí con Marcela por primera vez. Ella tenía mucha más experiencia que yo. Sus anécdotas, mencionadas al pasar, incluían noviazgos con Enrique Symns y tardes de cocaína en el departamento del Indio Solari, largas mañanas de ácido y encuentros espirituales con maestros de la India. Con ella yo me sentía fuera de mi lugar, en peligro, y ese peligro me gustaba. A lo largo de los años cogí con Marcela de muchas maneras. A veces rápido y fuerte, a veces suave y moroso. En el sur, en el lago Steffen, a 80 kilómetros de Bariloche, cuando llevábamos un año juntos, nos encerramos en una carpa durante tres fríos y húmedos días de lluvia. Teníamos comida envasada y pastillas de éxtasis. Eran pastillas diseñadas por un amigo de ella, que no incitaban al baile, sino a la calma y la observación. Por horas miramos ensoñados las costuras fluorescentes de la tela del sobretecho, mientras nos íbamos corriendo a un extremo de la carpa porque el suelo, del otro lado, comenzaba a inundarse. Esos tres días cogimos con minuciosidad y con palabras. Aprendí así cuánto me gusta sentir su piel: entrelazar los dedos de mi mano con los dedos de sus pies, pasar mi lengua por su axila áspera, oler esa unión blanda y húmeda que hay entre su concha y el comienzo de las piernas. Aprendí también que me gusta que me toque, que toque mi cuerpo entero. Que pase su mano por mi panza, mi codo y mi rodilla. Que sostenga mis huevos en su mano cuando la estoy penetrando. El día que me metió un dedo en el culo por primera vez me asusté. No se le hace eso a un hombre, pensé. Pero qué placer increíble, qué excitación. Eyaculé fuerte y de golpe, feliz.
Estoy con Marcela desde hace 20 años. Tenemos un hijo que en enero cumplió 10. Antes, en esos primeros tiempos de conocernos, cogíamos tres o cuatro veces por semana. Ahora, una vez cada siete días. A veces puede ser más, también menos. La rutina, la edad, la convivencia nos hicieron efecto. Hace ya mucho que no probamos drogas, pero todavía algo de ella me parece peligroso. Seguimos tocándonos con deseo y con una excitación que llega de pronto y que es poderosa. Nos gusta coger de día cuando estamos descansados, con luz para ver nuestros cuerpos, ahora más blandos y conocidos. También cogemos de noche, con sueño. Si hace frío me dejo las medias puestas. Hay muchas cosas que no hice en mi vida: no estuve con hombres, no participé de orgías, y cogí solo con nueve mujeres. Me parece poco y quisiera que hubieran sido más. A veces me pregunto por lo que me estaré perdiendo, por lo que me perdí. Pero, a pesar de todo, no encuentro una imagen más luminosa que la de nosotros dos, cogiendo lentos, cuidadosos, arrugados. Ya viejos.






