Villa Alpina: la concurrida casa de té que una pareja abrió con recetas de sus abuelos
Entre pinos y álamos, en el barrio Cerrito Colorado de Junín, Virgina y Cristian honran a sus ante pasados con un proyecto que imaginaron para cuando se jubilaran
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Virginia Sica (58) es amante de la repostería y Cristian Schwindt (63) fanático de los quesos. Cuando se casaron eligieron como destino para la luna de miel Trevelin en Chubut y se quedaron fascinados con el lugar. Años más tarde visitaron Villa Alpina en Córdoba y se enamoraron de las construcciones de madera. Al tiempo, la pareja se ilusionó con la idea de armar una casa de té inspirada en sus viajes. Cristian se encargó de la construcción y en julio de 2019 abrieron las puertas de Villa Alpina en Junín, provincia de Buenos Aires. Desde entonces, sorprenden a vecinos y turistas con sus quesos, yogurts, dulce de leche y pastelería artesanal.

Una rústica casita de madera entramada
En la calle las Chicharras y Puente del Inca, en el barrio Cerrito Colorado, allí entre pinos, aromos, álamos, acacia rubra, rosales y árboles frutales como el níspero, nogal, almendro, ciruelo, naranjo y limonero, entre otros, se encuentra la rústica casita de madera entramada. Es un sábado caluroso de verano, el sol ya está cayendo y poco a poco comenzó a llegar la clientela.
Cristian saluda a un habitué y va en busca de una picada, mientras que Virginia acompaña a una familia a ubicarse en una mesa alargada del salón. Ellos son los grandes anfitriones de la casa. A algunos les llama la atención el piano alemán de 1890 y a otros las antigüedades que decoran las paredes: desde un plato de madera con un colono, una botella de ginebra de 1949, postales, vajilla centenaria, hasta posavasos de cerveza de distintos países. Todos guardan una historia y forman parte de la colección familiar.

“Desde el 2010 que empezamos a conversar la posibilidad de armar una casa de té. Nos entusiasmaba porque era un proyecto propio. La idea era para el día que nos jubilemos, pero como soy ansioso arranqué antes de lo previsto con la obra en diciembre de 2017. Toda la construcción, que es en seco y en madera, la armé yo y mi hijo Nicolás me ayudó con las aberturas. Fueron muchas horas de trabajo y borradores hasta llegar al estilo que nos gustaba. Casi dos años más tarde estaba terminada y abrimos al público en pleno invierno de 2019. Nos sorprendió mucho la repercusión. Desde la apertura vino muchísima gente y los primeros meses no paraba de sonar el teléfono”, cuenta Schwindt, quien durante más de 35 años trabajó en la pintura de obras y revestimiento de exteriores. Ahora desde hace seis meses se dedica exclusivamente a la producción de quesos, yogurt y dulce de leche artesanal.

Su pasión por los quesos no fue mera casualidad
Es que su familia tenía el oficio en la industria láctea desde hace cien años. “Mi abuelo materno, Federico Vambrie, nació en la ciudad alemana Düsseldorf y era técnico en agricultura e industria láctea. En 1924 llegó a Argentina y tres años más tarde instaló su primera fábrica de lácteos y quesos en Santa Fe. En 1969 alquiló una fábrica en Junín, que luego pudo comprar, y comenzó a hacer yogurt y otros derivados de la leche”, cuenta su nieto. Cristian tenía tan solo 11 años cuando comenzó a ayudar en el emprendimiento familiar. “Estuve trabajando ahí desde 1971 hasta el 86 mientras cursaba el colegio secundario. Aprendí mucho y me di cuenta que me gustaba”, agrega.

Después de varios años alejado del rubro regresó a su primer amor. Según cuenta Cristian “los quesos le encantan y no quería cortar toda esa tradición familiar. Más que nada lo hago en homenaje a mi abuelo”. En el 2014 arrancó con las primeras pruebas en su casa y para su sorpresa resultaron un éxito. Su primera creación fue el Tomme, un tipo de queso francés. Luego le salieron deliciosos el Gouda, Sardo y el Lombardo, (hecho con una receta propia) de masa semiblanda y textura suave. Primero deleitó a amigos y familiares, pero al tiempo sumó nuevos clientes para la venta particular. Hace unos meses, entre carpetas y papeles antiguos de su abuelo encontró una receta del Cuartirolo. “Probé la fórmula y quedó increíble. Desde ese día es el que más vendo. La gente se sorprende con el sabor, se acuerdan cuando eran chicos y se emocionan”, expresa Cristian y anticipa que pronto se viene un Cheddar inglés y que está desarrollando nuevas pruebas de un queso azul. Los días de producción suele arrancar a las siete de la mañana, va en busca de la leche a un campo cercano en Vedia y luego comienza con la elaboración artesanal. También fabrica yogurt natural y griego. El dulce de leche, que lo elabora en una olla cobre, es otro de sus productos emblemáticos.

Los sábados cuando cae la tarde la gran estrella de Villa Alpina es la picada de la casa con cerveza. Incluye variedad de quesos artesanales y también fiambres como Cracovia (salchichón polaco), Holstein (salame alemán), Leberwurst, Kolbasz (longaniza húngara); panes caseros, tomates cherry, aceitunas, porotos en escabeche, maní y pizzetas.

Virginia es la encargada de los dulces y conquista a todos con su pastelería de estilo centroeuropea. Kiki, como le dicen cariñosamente desde pequeña, heredó la pasión por la repostería de su abuela Victoria. “Viví mucho tiempo con ella, cocinábamos juntas y siempre nos gustaba probar nuevas recetas. Luego empecé a incursionar con la pastelería alemana a raíz de mi suegra Edith, quien me dio la receta de las masitas navideñas con nuez y azúcar negra”, expresa Sica. Desde entonces, ella es la encargada de continuar con la tradición familiar de las masitas para las Fiestas. Su strudel, con masa hojaldrada y húmeda, es delicioso. Lleva manzanas verdes, azúcar, canela, pasas de uva y nueces. Además, hay torta galesa, selva negra, scons, entre otras confituras. Para acompañarlas, ofrecen café, té en hebras con distintos blends y chocolate caliente. Actualmente abren los fines de semana: sábados de 17.30hs hasta las 23hs y los domingos con desayunos a partir de las 8.30hs hasta las 12.

“Estoy contenta con nuestro emprendimiento. Me da mucha satisfacción el trato con los clientes”, confiesa Virginia. Cristian coincide: “Estamos haciendo lo que nos gusta. Cuando la gente se va contenta nos dan ganas de seguir”. Con Villa Alpina, ellos cumplieron un sueño: abrir las puertas de su casa y deleitar a todos con sus quesos, dulces y tortas artesanales.

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