
Hace quince años, se inauguró la construcción humana más ambiciosa y costosa fuera de la Tierra: la Estación Espacial Internacional. Sin embargo, recién en el último tiempo se empezó a conocer cómo viven sus habitantes. Y todo gracias a Twitter. Quiénes son y qué hacen las estrellas que pasan sus días entre estrellas
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A 2.000 kilómetros de Moscú, en el Cosmódromo de Baikonur, hay un colectivo que huele feo. Su hediondez es legendaria, y ya se infiltró en lo más profundo del folclore y los cuentos populares rusos. Es un vehículo grande y largo, un mastodonte metálico cuya rueda derecha trasera es, desde el 12 de abril de 1961, religiosamente meada cada seis meses. El chofer, resignado, aguarda que termine el protocolo del riego y recién entonces gira con furia la llave y estampa su pie derecho en el acelerador. No se trata de un caso de micción crónica masiva ni de las maldades de una turba de locos stencileros rusos que usan su orina para grafitear cualquier superficie que se interponga en su camino. Mear el colectivo conforma, más bien, apenas un eslabón de una larga cadena de rituales de despedida.
Todo comenzó hace cincuenta años cuando un gigante de cuerpo diminuto llamado Yuri Gagarin tuvo una urgencia: camino a la cápsula Vostok 1 desde la que este ex obrero metalúrgico de 27 años, rubio, de ojos algo separados y sonrisa boba se encargaría de terminar con la virginidad de la humanidad en el espacio, a los gritos le rogó al conductor que detuviera el colectivo modelo LAZ-695B. Su vejiga estaba a punto de explotar. Con dificultad, el pequeño Yuri se las arregló para descender. Y una vez ahí, de pie frente a la rueda casi tan alta como él, desabotonó su traje espacial de presión Sokol y un segundo después suspiró de alivio.
Desde entonces, todos los astronautas lo imitan, siguen la tradición. Antes de subirse a la cápsula Soyuz, su vía de escape del planeta Tierra, bajan del colectivo y lo mean. Una y otra vez. También ellas: en su caso, llevan en un frasquito su orina y una vez allí la arrojan al grito de "Schastlivogo puti" (buen viaje). Es lo que los astronautas sienten que sí o sí deben hacer –además de firmar la puerta de la habitación del Hotel Cosmonauta en la que se hospedan, cortarse el pelo y hacerse un enema ese mismo día, plantar un árbol, ver la película El sol blanco del desierto, recibir una bendición ortodoxa, desayunar huevos con carne y firmar el diario de Gagarin– para que todo funcione bien. Y así lograr dar el gran salto y llegar, sin inconvenientes, sanos y salvos a su nueva casa, su departamento temporario entre la soledad y el silencio de las estrellas: la Estación Espacial Internacional.
Desde el 2 de noviembre del año 2000, cuando llegó la primera expedición, la más grande y ambiciosa construcción humana fuera del planeta ha estado habitada todo el tiempo. "A través de la historia de la vida sobre la Tierra, de entre todas las criaturas que han vivido alguna vez en los océanos, en la tierra o en el cielo, solo una ha dejado atrás su mundo natal. Solo los humanos nos hemos aventurado hacia el espacio", recuerda el físico inglés Brian Cox en su más reciente serie Human Universe en History Channel. El año 1961, cuando Gagarin se burló de la gravedad, fue el año de nuestro debut: nos volvimos una civilización espacial, una especie que vive y viaja por el universo.
Como dijo el ruso Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la cosmonáutica: "La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no se puede vivir en la cuna para siempre". La Estación Espacial Internacional es apenas el primer paso de nuestra conquista del espacio, aunque para que suceda tengan que pasar miles de años.
<b>Un hotel con altura</b>

En The Book of Predictions, publicado en 1980, el ingeniero espacial Robert C. Truax pronosticó que unas 50.000 personas vivirían y trabajarían en el espacio en el año 2000. No le pifió por mucho. El 2000 llegó y no vivían 50.000 personas fuera de la Tierra, sino tres: William Shepherd, Sergei Krikalev y Yuri Gidzenko, los primeros inquilinos de la Estación Espacial Internacional.
Aunque no la veamos, aunque olvidemos que existe, aunque los noticieros locales nunca la mencionen, ahí está: a unos cuatrocientos kilómetros sobre nuestras cabezas orbita a una velocidad de casi 28.000 kilómetros por hora. Si un avión alcanzara esa marca, podríamos volar de Buenos Aires a Tokio en solo cuarenta minutos. Este hotel estelar da una vuelta al planeta cada noventa minutos. Desde el comienzo del nuevo milenio, sus ocupantes, que se manejan con el horario de Greenwich, presenciaron más de 185.000 amaneceres y atardeceres, lo que a un ser humano le llevaría 250 años.
Se repite que se trata del proyecto científico más caro de la historia –requirió más de cien lanzamientos para completar su construcción, a un costo de US$ 100.000 millones–, que no es la primera estación espacial humana –la precedieron las estaciones rusas Salyut, Almaz y la Mir y el Skylab de Estados Unidos–. Pero se olvida lo importante: la EEI rankea bien alto como una de las mayores proezas humanas, una colonia espacial imaginada, pensada, construida con los mismos cerebros –anatómicamente hablando– que alguna vez diseñaron puntas de lanza en las planicies de África hace un cuarto de millón de años.
Y aun así, hay más personas que pueden recitar completa la formación de un equipo de fútbol de los años ochenta que aquellas que saben alguno de los más de doscientos nombres de los hombres y mujeres que tuvieron el privilegio de habitar allá arriba, en uno de los emprendimientos más exitosos de colaboración internacional: Rusia, Estados Unidos, Canadá, Japón, Brasil, Bélgica, Dinamarca, Francia, Alemania, Italia, Holanda, Noruega, España, Suecia, Suiza y el Reino Unido participan en el mantenimiento de esta maravilla de la ingeniería, grande como un campo de fútbol, que pesa 420 toneladas (tanto como 330 autos juntos) y se divide en dieciséis paneles solares y catorce módulos –conocidos como Zarya, Unity, Zvezda, Destiny, Kibo, entre otros– con 52 computadoras, una impresora 3D, una máquina de café Lavazza con solo quince cápsulas, un gimnasio, una TV HD de 65 pulgadas, dos baños, seis robots –entre ellos, un humanoide llamado Robonaut 2, otro conocido como SAR-401, los brazos robóticos Canadarm, Canadarm 2 y Dextre, y el autómata japonés Kirobo– y una pistola.
Solo se recuerda que está ahí en casos aislados, en momentos cargados de drama: o bien cuando algún guionista y productor de Hollywood pretende hacer su propia pero siempre fallida 2001: Una odisea del espacio como ocurrió con la película Gravity de 2013, o bien cuando algo sale mal, cuando algo se rompe, cuando se encienden las alarmas. En 2009, por ejemplo, la tripulación se vio obligada a refugiarse en la cápsula rusa Soyuz, que funciona como nave salvavidas por el posible impacto de chatarra espacial. Y hace dos años un virus se filtró e infectó las computadoras de la estación, y por un segundo se pensó que se trataba de un ataque hacker.
La estación deja de ser invisible también cuando algún millonario con mucho tiempo libre reactiva el ya viejo sueño de vacacionar entre las estrellas. Dennis Tito fue el pionero: el magnate estadounidense de origen italiano depositó US$ 20 millones en la cuenta de la agencia espacial rusa (Roscosmos) por una semana de éxtasis permanente. "Vengo del paraíso", declaró al regresar, sin importarle que en su estadía en la EEI hubiera hecho de camarero y cocinero de los verdaderos astronautas. Le siguieron otros siete turistas espaciales, entre ellos el canadiense Guy Laliberté, fundador del Cirque du Soleil, y próximamente, se le sumará la soprano Sarah Brightman –ex esposa de Andrew Lloyd Webber y protagonista de El fantasma de la Ópera–, que promete cantar en el espacio.

Pese a la indiferencia generalizada, dos veces al año, tres valientes ascienden y descienden para cubrir el cupo máximo de inquilinos: seis. Hasta enero de 2010, los ocupantes de este loft científico eran en su mayoría ingenieros de más de 35 años –la verdadera edad de la plenitud física e intelectual–, superhéroes cuyo poder era el coraje. Y aun así eran casi anónimos. A partir de enero de 2010, sin embargo, cada ocupante de la estación espacial una vez en órbita se recibe de celebridad. Algo ocurrió en el medio. Y eso que pasó se llama Twitter. "Hola, Twitter Universo, estamos ahora tuiteando en directo desde la Estación Espacial Internacional", fueron las palabras con las que el astronauta Timothy Creamer debutó en la red social desde el espacio. A partir de ese momento, cada misión esconde entre sus filas un potencial tuitstar, que con sus fotografías únicas de un mundo sin fronteras y con su habilidad para funcionar como imán de la atención de millones desde Twitter, Instagram y Facebook tiene chances –mínimas, pero chances al fin– de que su nombre sea recordado, repetido.
Quizás porque por unos meses se convierten en extraterrestres, quizás porque no se cansan de dirigir su mirada hacia las ventanas y observar lo que muy pocos seres humanos han tenido el privilegio de observar: el hogar de 7.000 millones de personas rodeado de la más absoluta oscuridad. Así pasaron Reid Wiseman (@astro_reid), la youtuber Karen Nyberg (@astrokarenn) y Chris Hadfield (@cmdr_Hadfield), recordado por su cover de "Space Oddity", de David Bowie: este coronel canadiense de 53 años subió al espacio en diciembre de 2012 con 20.000 seguidores en Twitter y bajó, 146 días después, con casi un millón. Y ahora están la italiana Samantha Cristoforetti (@AstroSamantha), toda una fanática de Viaje a las estrellas, y Scott Kelly (@StationCDRKelly), quien buscará romper el récord norteamericano y vivirá un año en el espacio, mientras su gemelo Mark aguarda en la Tierra. En órbita, el retacón de 51 años se someterá a un estudio pionero sobre cómo afecta al cuerpo humano la larga permanencia en microgravedad.
Porque además de una laboratorio de punta –uno en el que se desarrollan directa o indirectamente las tecnologías que en breve usaremos, como ya ocurrió con otras joyas consecuentes de la exploración espacial en las últimas décadas: horno microondas, velcro, GPS, lentes de contacto, código de barras, detectores de humo, pañales desechables, dentífrico, alimentos deshidratados, láser–, la Estación Espacial Internacional es la casa matriz de Gran Hermano. Durante seis meses, los seis inquilinos son observados, escuchados, monitoreados 24/7 en el experimento mayor: nuestro entrenamiento como especie para abandonar la Tierra y buscar nuevos hogares allá afuera en un futuro no muy lejano.
<b>Sin escape</b>

El espacio no es tan glamoroso como nos cuentan. Al menos no para el cuerpo humano: a los astronautas que han escapado momentáneamente del planeta se le cayeron las uñas, se vuelven miopes, sufren constantes mareos, vómitos, dolor de cabeza y vértigo, pierden masa muscular, sus huesos se debilitan, cambia su sentido del gusto –lo cual los obliga a comer mucho picante–, les cuesta dormir, se constipan, deben usar pañales y, para colmo de males, se cree que aumentan las probabilidades de desarrollar Alzheimer.
Lo más importante, sin embargo, son los cambios que se desatan dentro de sus cabezas, el hecho de saber no solo que están confinados, sino que en el caso de un ataque de pánico o de desesperación no pueden abandonar, abrir la puerta e irse. Entre 2003 y 2010, diez astronautas estadounidenses llevaron un diario sobre su vida en órbita en un estudio conducido por Jack Stuster. En su libro Bold Endeavors: Lessons from Polar and Space Exploration, este antropólogo compara la estación con bases antárticas, submarinos nucleares, islas solitarias, plataformas petrolíferas en alta mar: ámbitos que potencian la depresión, los conflictos personales y las frustraciones. "El espacio parece que de alguna manera amplifica mis emociones, positivas y negativas", se lee en estos diarios anónimos. "Se supone que los domingos son días de descanso –dice otra entrada–. Pero desde Houston se encargaron de hacer que lo sintiera como si fuera lunes". "No entiendo por qué mandan tan pocas tortillas, ¿cómo pueden calcular tan mal?". "Me siento un poco perdido hoy". "Nos quedamos sin café con crema. No puedo empezar mi día sin café con crema". "Extraño bañarme. Es increíble como algo que damos por sentado como ir al baño, acá es tan complicado. Tuve que aprender a cagar de nuevo".
Es que todo lo que hacemos sin pensar acá abajo, allá arriba es distinto. "La ausencia de gravedad altera cada aspecto de la vida diaria porque afecta todo lo que hacemos –cuenta Chris Hadfield en Guía de un astronauta para vivir en la Tierra–. Imaginate cagar como lo hacemos normalmente pero allá arriba, con poca gravedad: todo sería un enchastre, saldría flotando. Así fue como se diseñó un inodoro especial que separa sólidos de líquidos. Hacemos pis en un tubo. El mayor problema son los sólidos. Si los llegaras a reingerir te enfermarías. En este caso, el inodoro succiona con aire todo lo que expulsamos de nuestros cuerpos. Es muy ventoso cuando te sentás en él. Los desechos se almacenan y son expuestos al vacío del espacio, que mata las bacterias y hace que no tenga olor. Después los arrojamos para que se quemen en la atmósfera. Así que la próxima vez que veas una estrella fugaz quizás estés viendo llover mierda".
Los astronautas están tan acostumbrados que no se asquean. Allá arriba todo se recicla, se reutiliza. En su misión, Scott Kelly, por ejemplo, se beberá 730 litros de su propio sudor y orina durante sus 361 días en la estación espacial. "Pensé que iba a apestar –recuerda Hadfield de sus primeros días en órbita–. Pero no. La razón, creo, es porque la ropa nunca está en contacto con tu cuerpo. Un par de medias me duraban una semana; una remera, quince días, y podía usar el mismo pantalón durante un mes sin las poco placenteras consecuencias sociales".
Pero todo concluye al fin. Incluso para la Estación Espacial Internacional. Así como se extinguió la gloria de la estación espacial Mir en marzo de 2001, después de quince años de funciones, cuando fue hundida en el Pacífico, esta joya de la ciencia y la tecnología moderna ya tiene fecha de vencimiento: el año 2024. Por entonces, mientras los chinos estrenen su estación Tiangong, la agencia espacial rusa desprenderá sus módulos y, a partir de ellos, construirá su propio condominio orbital: la PPOI (Perspektivnaia Pilotiruemaia Orbitalnaia Infrastruktura o Infraestructura Orbital Tripulada del Futuro). "Los BRICS [Brasil, India, China y Sudáfrica] serían invitados a la creación de una nueva estación espacial", expresó Igor Komarov, jefe de la agencia espacial rusa Roscosmos, para disgusto de los norteamericanos.
Será así el fin de una era y el comienzo de otra. Una nueva fase de la continua expansión: aquella que comenzó cuando nuestros antepasados más remotos dejaron atrás la comodidad del agua, se instalaron en la firme tierra, habitaron selvas y estepas, y una vez ahí erguidos, avanzaron. Porque, aunque lo hayamos olvidado, somos una especie de exploradores. Y, como insiste Isaac Asimov en sus historias infinitas, nuestro destino está entre las estrellas.






