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Destinos inesperados

Vivir en Ciudad de México: "Acá sienten un amor por su país que nosotros no tenemos"

Carina Durn
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28 de agosto de 2019  • 00:31

Para Pablo Livy, dejar Buenos Aires fue una decisión compleja, que creció muy de a poco y cobró forma definitiva con el transcurrir del tiempo. Fabiola, su mujer oriunda de México, lo había acompañado en su deseo de permanecer en Argentina, pero el desarraigo dolía demasiado y se hizo difícil de sobrellevar, lo que impulsó a su marido a prometerle que, si existía una posibilidad real de vivir en aquel país, la iban a tomar. "Un día, luego de seis años, surgió la oportunidad de mudarnos a la Ciudad de México (D.F.) para quedarme a cargo de la empresa de mi suegro, y accedí", rememora.

La noticia era esperable y, sin embargo, para la familia y los amigos la tristeza se instaló, firme. Días antes de comunicarla, supieron que Fabiola estaba embarazada de su primera hija, Paulina, que llegaría al mundo en Argentina y emigraría de aquellas tierras apenas cuatro meses después de nacer. "A la familia le dolió profundamente el escenario. Nunca olvidaré cómo me costó comunicarle nuestra partida a mi abuela paterna. Siempre estábamos en su casa, tres o cuatro veces a la semana, y ella esquivaba el tema, siento que intuía más que nadie que algún día llegaría ese momento. Cuando pude confesarlo los ojos se le llenaron de lágrimas, nunca me animé a contarle que era definitivo, solo que nos íbamos por dos años y que regresaríamos. Ella, que como reza el dicho `más sabe el diablo por viejo que por diablo´, un día me dijo que eso de los dos años era mentira y que no le tocaría vernos regresar. Tampoco tuve el coraje de decirle la verdad en aquel momento, pero tenía razón, hace unos años se me fue y seguimos en México. El mayor consuelo que me queda es que cuando comenzó a deteriorarse tomé la decisión de viajar, pude despedirla y estar ahí cuando falleció".

Pablo y Fabiola en Teotihuacan.
Pablo y Fabiola en Teotihuacan.

Nuevo hogar, nuevas costumbres

Desde el instante en el que tomaron la determinación, nueve meses pasaron antes de la partida, un tiempo suspendido en donde en cada reunión familiar Pablo simplemente se abstraía, sumido en el silencio. Observaba a todos desde lejos, como tratando de visualizar las futuras reuniones con ellos ausentes, "era una sensación muy extraña".

La llegada a la Ciudad de México fue mucho más difícil de lo esperado; por momentos, el joven detenía su mirada en una calle o posaba sus ojos en alguna casa y se preguntaba: ¿qué hago acá? "En esos primeros días te das cuenta de que tenés a tu pareja, a tu núcleo familiar, pero que en ningún otro lugar te están esperando con los brazos abiertos. Las puertas se las va abriendo uno, día a día, y con mucha paciencia".

Aun así, hubo varios aspectos de su nuevo hogar que comenzó a disfrutar casi de inmediato, en especial, el hecho de que las zonas laborales y residenciales estuvieran mejor intercaladas que en Buenos Aires, en donde Pablo considera que el centro se halla mucho más concentrado. "Mi oficina queda a diez minutos en auto de mi casa, con lo cual comencé a ir a almorzar allí todos los días, hábito que, luego de diez años, aún mantengo", dice complacido, "Al principio, esto me asombraba mucho: vivir en uno de los lugares más grandes y pobladas del mundo, pero comer todos los días al mediodía en casa".

El altar de los muertos de la familia Livy.
El altar de los muertos de la familia Livy.

Otra costumbre que no demoró en incorporar fue el amor mexicano por las grandes celebraciones. Apenas unas semanas después de su arribo, a Pablo le tocó experimentar el Día de los Muertos, uno de los festejos más emblemáticos e importantes en México. "Aquí se festeja absolutamente todo, pero llama especialmente la atención la alegría con la que se celebra a los muertos. Las familias crean los altares de los suyos, con sus comidas favoritas, ya que la creencia dice que ese día regresan para estar cerca nuestro. Al principio, me impresionaba y se me hacía bastante desconcertante, ya que considero que, en general, en Argentina tenemos una actitud más seria y rígida ante la muerte; pero luego entendí que en realidad la celebración describe al mexicano como sociedad: en esta tierra lo que se ama nunca muere".

Y, más allá de los días de festejo, el culto a la comida atrajo la atención de Pablo inesperadamente. Le impactó la variedad, la cantidad de platos existentes, y las diversas formas de prepararlos según cada Estado del país. "Hay platos que se realizan en épocas puntuales del año y, por ejemplo, existe una marca de cerveza mexicana que se vende en Navidad únicamente, que se llama Nochebuena. Recién viviendo acá comprendí a mi esposa, que siempre me decía que la comida en Argentina era muy poco variada y que comíamos siempre lo mismo con el chiste de `pedimos una pizzita´".

Mercado La Merced.
Mercado La Merced. Crédito: Cleo Von Siebenthal

Oportunidades y calidad de vida

Pablo había llegado a su nuevo destino con trabajo, una clara ventaja al momento de tomar la decisión de vivir en cualquier rincón del planeta. Aun así, al tratarse de un mercado vasto, descubrió en México a un país con amplias oportunidades laborales. "De esta manera, cualquier emprendimiento que esté bien direccionado y gestionado logra un mayor y más acelerado crecimiento que en el nuestro, sin embargo, la competencia es alta, fuerte y en un punto más despiadada. Si no te mantenés competitivo, desaparecés", asegura. "Y la calidad de vida es buena, pero en mi opinión en la Argentina es mejor, sobre todo en cuanto al sistema de salud y de educación universitaria. Acá en México la educación universitaria es costosa a tal extremo, que existen seguros para pagarla con anticipación", continúa.

Pero resultó ser la calidad humana lo que terminó por conquistar el corazón de Pablo. Pasados aquellos primeros momentos de soledad, interrogantes y cierta desolación, pronto develó una sociedad extraordinaria, de gente muy cálida y amable, y con una actitud muy abierta hacia el extranjero.

"El nivel de agresividad en el día a día en la calle es bajo a pesar de lo caótico de la ciudad", reflexiona, "Y, a diferencia de nosotros, la gente se interesa mucho más en conocer acerca de nuestro país, de nuestra historia y de nuestra vida anterior. En las reuniones sociales el mexicano es mucho más tranquilo y menos ruidoso que nosotros y se preocupa por escuchar. Como anécdota, tuve la posibilidad de ir al Mundial de Rusia con tres amigos. Éramos dos mexicanos y dos argentinos y fuimos a ver partidos de Argentina y de México; la cercanía y empatía que me tocó vivir en el juego de Alemania-México no la viví en los partidos de Argentina. En mi rutina, al principio tenía mucho choque cultural porque nosotros somos explosivos y directos, mientras que el mexicano es tranquilo incluso ante el conflicto; suele ser una parte de nosotros que no les gusta y que genera cierta fricción. El mexicano tiene un don de gente y una calidez que siento que nosotros no solemos tener. Usan mucho el término hermano o brother con los amigos y en verdad te sienten cercano".

Palacio de Bellas Artes.
Palacio de Bellas Artes.

De regresos y despedidas

Para Pablo, el primer regreso no fue como lo había imaginado. Ante él, emergió Buenos Aires, tan familiar y cercana, y aun así no pudo evitar un sentimiento de extrañeza provocado por la sensación de que aquel ya no era su lugar, su cotidianidad. El reencuentro con la familia y amigos, por otro lado, fue hermoso por el contacto físico, pero trajo consigo un dejo potente de tristeza en lo emocional. "Una de las cosas que aprendés cuando te vas de tu país es que uno se vuelve extranjero en todos lados. En México, naturalizado y todo, siempre seré el argentino y cuando regreso a Argentina lo primero que me preguntan es ¿"Hasta cuando te quedás?" Con lo cual también ya te consideran un extranjero".

Pero es en las despedidas, donde la nostalgia invade el corazón de Pablo, retornándolo a la sensación del punto cero, como si estuviera dejando su tierra natal por primera vez. "El peor momento para mí es al abordar el avión, cuando te das cuenta de que no sabes cuándo volverás y en qué condiciones te tocará hacerlo la próxima vez. Sobre todo porque, al ir arraigándote en otro país, los regresos inevitablemente son más espaciados", asegura el argentino. "Definitivamente, con el tiempo he detectado que es mucho más emocionante que tu familia y amigos vengan a tu país de residencia. Mostrarles tu día a día y tu entorno resulta más gratificante que visitarlos en tu país, en donde te das cuenta de que ya no estás".

En el Zócalo para el Grito de la Independencia.
En el Zócalo para el Grito de la Independencia.

Los aprendizajes

Diez años atrás, en un profundo gesto de amor, Pablo partió hacia México creyendo que serían pocas las diferencias culturales con las que se iba a encontrar en su nuevo rumbo. Con asombro, aquella tierra surgió ante él inesperada, portadora de nuevas visiones y aprendizajes.

"Entre ellos, comprendí hasta qué punto se puede amar a un país, algo que me llama la atención y en el fondo me da mucha envidia. El nivel de amor a México que tienen los mexicanos, es algo que siento que nosotros no lo tenemos por el nuestro. Es como si México fuera un familiar muy cercano al que se lo quiere bien, como dicen por acá. Siempre pienso que, si nosotros tuviéramos ese mismo amor por la Argentina, nuestros problemas -que a mi entender son menores a los problemas que se afrontan acá- se resolverían con mayor facilidad. Ese amor hace que en lo cotidiano la gente no tome actitudes tan individualistas ante los momentos difíciles, sino que genere una unidad asombrosa. Una prueba contundente es la fecha de la Independencia de México (15 y 16 de septiembre); la noche del 15 se realiza la Ceremonia del Grito de Independencia, que conmemora cuando Miguel Hidalgo tocó la campana en el pueblo de Dolores Hidalgo y comenzó el levantamiento. En ese toque el presidente grita "Viva México" y el Zócalo responde de igual manera. Es impresionante cómo se te eriza la piel ante ese grito y cómo se palpa ese amor a México del que hablo", relata Pablo emocionado.

Pablo y sus hijas en Acapulco.
Pablo y sus hijas en Acapulco.

"En este suelo aprendí mucho, por empezar, a ser más amable. Me volví más calmo ante los conflictos y las discusiones, comprendí que siempre es mejor un mal arreglo que un buen juicio, y también a disfrutar un poco más los momentos y los festejos. Pero, por sobre todo, aprendí que los nacionalismos son grandes limitantes, que en muchos casos solo generan reacciones desagradables de quien los toma muy en serio y que es importante estar abierto a conocer las culturas y sacar lo mejor del choque de las mismas, porque eso sin lugar a dudas nos hace crecer como seres humanos. Y con el nacimiento de mi hija, Camila, la enseñanza fue mayor; quien tenga un hijo nacido fuera de su país me entenderá perfectamente: uno se vuelve un poco más ciudadano del mundo; aprende a respetar mejor los usos y costumbres de cualquier sociedad", concluye pensativo.

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Destinos Inesperados es una sección que invita a explorar diversos rincones del planeta para ampliar nuestra mirada sobre las culturas en el mundo. Si querés compartir tu experiencia viviendo en tierras lejanas podés escribir a destinos.inesperados2019@gmail.com . Este correo no brinda información turística ni consular. Los testimonios narrados para esta sección son crónicas de vida que reflejan percepciones personales.

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