Vivir en un velero. Por qué decidimos adoptar a un perro

Fuente: Brando - Crédito: Constanza Coll
Constanza Coll
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11 de octubre de 2019  

:: Elegimos vivir en un barco porque es una vida más simple, no más fácil. No tenemos buzón adonde lleguen cuentas o avisos de corte, ya no pagamos expensas, agua, luz ni ABL; pero acá no es tan fácil como abrir la canilla, prender la luz o reclamar al administrador para que arregle tal o cual cosa. Lo simple se paga con paciencia y esfuerzo, todo cuesta, pero también vale: es la vida simple de lavar la ropa a mano, cargar bidones y darle valor al agua, usar la electricidad que nos da el sol, comer lo que pescamos. Esto mismo nos pasó con Lula: tener un perro en el barco no iba a ser fácil, pero hay cosas por las que vale la pena complicarse la vida.

No estaba en los planes. Nunca tuvimos mascota en Buenos Aires. Pero un día fuimos a visitar a un amigo que vive en una casa blanca, de ventanales a la Lagoa Azul, en Ilha Grande, y estaba ahí, diminuta como dos puños, llena de pulgas y garrapatas, negrita, hecha un nudo alrededor de la pata de una silla. Ulises la vio.

Cambiaron muchas cosas desde aquel momento de rutinas apretadas a este momento de vida sin horarios en el mar, cosas que nos hicieron barajar la posibilidad de tener una mascota. Ulises es la primera: nuestro hijo tiene tres años, por ahora es único, le gustan los animales y estábamos seguros de que se iban a hacer compañía, tal vez, hasta podría darle sus primeras responsabilidades, como alimentarla y cuidarla en los desembarques. Con Juan nos miramos, y Jerónimo, nuestro amigo, embajador argentino en Ilha Grande, nos felicitó: "¡Se agranda la familia del Barco Amarillo!". Se llamaría Lula, nombre que resultó mucho más polémico de lo que hubiéramos querido.

Fuente: Brando - Crédito: Constanza Coll

En Brasil, el que es anti-PT, pregunta el nombre y contesta: "Qué linda cachorra, lástima el nombre que le pusieron"; y el que es pro PT se ofusca porque le pusimos el nombre de su líder a una perra. A veces, para no estar en discusión, ante público local la llamábamos Luli, pero Lula ni se mosqueaba. Lula es Lula por su historia: la casa de Jerónimo queda a la vuelta de una casa hermosa, doble altura, puro vidrio y madera, camuflada entre palmeras, que dicen por ahí que es del expresidente brasileño. Dicen que, en la casa, poco antes de que la negrita apareciera en lo de Jero, estaba la perra de Lula, que había quedado preñada y que tuvo tres cachorritos. Los otros dos, hasta donde sabemos, se quedaron en el morro. Nunca supimos si la historia era real. Quedó Lula, y a Ulises le encantó que se llamara como el perro de Pocoyo, uno de sus dibujitos favoritos. En todo caso, Lula también significa calamar o rabas en portugués. La bañamos, navegamos al continente para conseguir las vacunas y unos talcos mágicos que le mataron todos los bichos, le pasamos el peine fino de la nariz a la cola y entre los dedos, compramos comida balanceada. El primer día en el mar se la pasó acostada, probablemente se mareó con las olas o la escora del barco al navegar a vela; pero al segundo día ya movía la cola y caminaba por todo el cockpit. El barco es pequeño, no alcanza ni a un minimonoambiente, pero Lula llegó casi recién nacida y creció a la medida del Tangaroa. Además, es raro el día que no desembarcamos en alguna playa o pueblo. En general está afuera, hay toldos que le hacen sombra y le gusta ir a la proa cuando navegamos porque recibe buen viento: Juan tejió una red todo alrededor del barco especialmente para ella.

Al principio, Ulises se puso un poco celoso, era de esperarse. Hoy se adoran y se pelean, se hacen mimos y se persiguen por toda la cubierta: pero todos los días, cuando abre los ojos y la ve asomando en la escotilla, exclama, muy contento, "¡Luuuula!". No es más fácil, algunas maniobras simples como desembarcar con el bote se hacen ridículamente esforzadas, tendrían que vernos, pero elegimos complicarnos la vida con una cachorra que nos hace compañía en las guardias nocturnas, que juega con Ulises, que ladra si alguno se tira al agua, que reclama si nos estamos yendo sin ella y salta al bote sin dudar, aunque no le guste mojarse las patas y vaya trepada a los pontones, como un gato. El colmo del perro que vive en un barco.

Vida de mascota

Sobre las necesidades: este tema les preocupa a muchos de nuestros seguidores en redes sociales. ¿Dónde hace pis y caca la perra? Desde que llegó al barco le enseñamos a hacer sus necesidades en la proa, lejos del cockpit que es donde solemos estar, nuestro patio. Y, allá adelante, es tan simple como llenar un balde con mar y tirarlo sobre la cubierta para que esa materia orgánica caiga al agua. Fin. Seguí el viaje a través de Instagram @el_barco_amarillo o Facebook/Tangaroa2

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