
Volcanes: Dragones de la tierra
La última erupción del Copahue alarmó a los geólogos. Vivir cerca de estas criaturas flamígeras exige precauciones que no siempre se toman
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"Eran cerca de la 1 de la tarde del 24 de agosto cuando mi madre me mostró una nube tan extraña por su enorme tamaño como por su forma. Me puse las sandalias y subí a una altura desde la que podía observar mejor el fenómeno. Vi en la distancia una nube cuya forma no puede ser mejor descripta que como la de un pino. Provista de un grandísimo tronco que se ramificaba en lo alto, con el aspecto de una fuerza todavía más vigorosa, y después, como si se extendiera por la potencia de su propio peso, la nube se alargaba, ahora tranquila, ahora rápida, llevando ceniza y tierra. El mar se agitó y parecía que la tierra quisiera bebérselo de un trago. Por la noche el monte brillaba como una enorme llama... Pensar que la amamos tanto [a la belleza] y ella, indiferente, desdeña destruírnos."
La descripción de Cayo Cecilio Plinio es, sustancialmente, la misma que haría hoy cualquier mortal residente en las laderas de algún volcán en erupción. En el año 79 de nuestra era, el Vesubio enloquecido sepultó bajo ríos de lava y ceniza a los habitantes de Pompeya, la villa de veraneo donde pasaba sus vacaciones el joven escritor, que de no hallarse a distancia prudencial no hubiera podido relatar los acontecimientos como lo hizo luego en sus cartas a Tácito, el historiador.
Han pasado centurias y, en su fondo, la tierra sigue siendo la misma criatura revoltosa e impredecible. Aunque la magnitud de la catástrofe de Pompeya no debería repetirse dados los avances de la tecnología, es bien sabido que pese a esos esfuerzos el hombre nunca podrá contener la furia intestina del planeta. En rigor, porque esos simpáticos conitos con chimenea capaces de ofrecer bellísimos espectáculos de pirotecnia, son la válvula de escape por donde la inmensa caldera subterránea escupe materiales en fusión, formados según los geólogos por la constante presión que ejerce el océano debajo de los continentes. A esa poderosa acción acuática se le atribuye el que la mayoría de los volcanes crezca alrededor del llamado cinturón de fuego del Pacífico, escenario donde las fatalidades han demostrado que vivir al pie de un volcán puede resultar una experiencia de Indiana Jones si no se toman las debidas precauciones.
En ese sentido, los países con mayor índice de riesgo destinan grandes sumas de dinero para ayudar a las poblaciones a convivir con semejantes bombas de tiempo. Baste mencionar que en septiembre último en la isla de Miyakejima, Japón, el Oyama despertó tras 17 años de siesta provocando en una semana cinco erupciones que obligaron a los 4000 habitantes a abandonar la isla. Las autoridades niponas apenas conocieron los pronósticos enviaron al lugar portaaviones, helicópteros y una tropa de médicos que trasladaron familias con perro y todo a los hogares transitorios de Tokio, contruidos especialmente para emergencias civiles. Nadie volverá al lugar hasta tanto los científicos determinen el grado de toxicidad de las cenizas que cubrieron completamente la región.
Por acá nomás, en Neuquén, los incesantes temblores y rugidos del Copahue tuvieron a maltraer a los vecinos de Caviahue durante el mes de agosto. Finalmente fueron evacuados luego de que salió eyectada a 2000 metros de altura una nube de cenizas pestilentes que fue empujada por el viento hasta 60 kilómetros de distancia. Desde entonces se han colocado nuevos sismógrafos con el fin de vigilar mejor las tripas del volcán.
No obstante el optimismo de las autoridades municipales que intentan preservar la temporada turística de un caos comercial, algunos vulcanólogos no descartan que se presenten otros síntomas de significativa intensidad. Los geólogos chilenos Gustavo Fuentealba y José Naranjo, del Observatorio Vulcanológico de Los Andes del Sur, sostienen que de continuar así están dadas las condiciones para que el Copahue escupa su lava en cualquier momento.
De los 550 volcanes considerados activos en el mundo cerca de 60 tienen erupción cada año y aproximadamente uno por año en la cordillera argentino-chilena. Las Naciones Unidas, en su declaración de la Década Internacional para la Mitigación de Desastres Naturales (Idndr) 1900-2000), ha revelado que el 2% de las pérdidas por catástrofes naturales son a causa de erupciones volcánicas. La importancia de generar planes de control reside nada más y nada menos en que 360 millones de personas -cerca del 10% de la población mundial- viven en las proximidades de volcanes potencialmente peligrosos. En esta porción del globo, a lo largo del cordón andino existen alrededor de 100 de estas criaturas flamígeras, cuya patria potestad es compartida por la Argentina y Chile, registrándose en el sector de los Andes del Sur -a los 33º 46´ S- el más alto índice de actividad volcánica del territorio chileno, franja en la que se produce una erupción cada 0,7 años. Allí, entre Santiago y Puerto Montt, hay un 80% de población chilena que vive a menos de 100 kilómetros de los volcanes activos y también se concentra el grueso de su industria turística e hidroeléctrica.
Esto no supone una amenaza, al menos no para el gobierno chileno, que no ahorra en personal ni en tecnología a la hora de monitorear las reacciones de cada uno de sus volcanes. Desde una simple proyección de escorias, dispersión y caída de cenizas, coladas de lava, flujos y oleadas piroclásticas, emisión de gases, terremotos y temblores volcánicos, lahares -lodo y roca-, tsunamis -olas gigantescas-, avalanchas y deslizamientos de laderas, colapso total o parcial del cono volcánico hasta la agresión de la estratosfera por las emanaciones. Según Corina Risso, geóloga y adjunta en la cátedra de Riesgo Volcánico de la UBA, las erupciones con grandes emisiones de lava son poco explosivas y representan escaso riesgo para los individuos.
"Las erupciones explosivas producen fragmentos llamados piroclastos, que en general son arrojados mezclados con gases y vapor de agua a altas temperaturas, formando columnas de diferente densidad -explica-. Si ésta es menor que la atmósfera circundante, pueden ser elevadas a varios kilómetros de altura, creando así una columna eruptiva. Si la densidad es mayor, se derraman por las laderas del edificio formando los flujos u oleadas piroclásticas. Estos flujos calientes, 200 a 600 grados centígrados, más o menos densos de gases y cenizas, se desplazan sobre el terreno, según la gravedad, a velocidades de entre 50 y 100 metros por segundo. Son estos flujos los más destructivos y mortíferos, pero el mayor peligro para la Argentina lo constituyen la dispersión y caída de pirosclastos, especialmente las cenizas, ya que por la dinámica de los vientos, éstas se esparcen por grandes superficies de terreno afectando a cantidad de personas y bienes materiales." Las cenizas son consideradas un excelente abono para los cultivos si priman en su composición ciertos minerales. Pero no es una regla. En 1931 las del mendocino Quizapu viajaron hasta Río de Janeiro echaron a perder muchas cosechas. Las abuelas salieron a recogerlas con baldes y palanganas porque, además, resultan un buen abrasivo para pulir cacerolas. Pero desolador fue el paisaje que dejaron las cenizas del Hudson, chileno, en 1991, caídas del lado argentino debido a los vientos.
Una explosión violenta arrojó una pluma -columna eruptiva- de ceniza, que voló hasta las islas Malvinas, provocando a su paso irritación en la vista, en el sistema respiratorio y la piel de los humanos; muertes por obstrucción del sistema digestivo y abortos en animales, obstrucción de ríos y desagües de lagos, caída de viviendas, corte de caminos, inutilización de aeródromos y daños en los sistemas de propulsión de aeronaves. Vale recordar que aun volando a 10.000 metros, un avión de Quantas cruzó la nube del Hudson. Los expertos insisten en que analizar las cenizas y leer permanentemente el sismógrafo es la única fórmula para evitar episodios como el ocurrido en Armero, Colombia, en 1985, cuando un lahar de barro y lava eliminó de cuajo a los 22.000 pobladores, incluidas las autoridades, que desoyeron las advertencias de los expertos.
Dionisio Pulido araba su campo en el estado de Michoacán, México, cuando advirtió que se le habían recalentado los pies. Al día siguiente notó que en las inmediaciones del terreno había aparecido una grieta por la que comenzaba a salir un humo maloliente. Sólo al cabo de una semana descubrió que entre sus plantines también había crecido un volcán. Y nunca imaginó el pobre hombre que en dos años ese conito nacido al ras de sus zapatos se convertiría en un edificio capaz de acabar con su pueblo. Pero en 1943 el cráter del Paricutín desbordó sus 700 millones de metros cúbicos de lava en una extensión de 24,8 kilómetros, y los campesinos ya habían huíido sabiendo que los volcanes, un fenómeno milenario, son susceptibles de reproducirse en cualquier momento si la región es propicia.
El corredor andino está regado por algunos cuya última actividad no ha sido registradas porque datan de miles de años atrás, como Ojos del Salado, catamarqueño, y el más alto del mundo. La edad no implica que estén extinguidos si se tiene en cuenta, según afirma Corina Risso, que los tiempos prehistóricos comenzaron en diferentes momentos en cada continente. El Llonquimay -Chile- apareció sobre la faz de la tierra durante el período holoceno, hace 30.000 millones de años, pero el 25 de diciembre de 1989 dio a luz sobre sus laderas a un chiquitín que en diez días creció 200 metros. Lo bautizaron Navidad y se portó bastante bien hasta que alcanzó la madurez y escupió una tarde toda su furia, arrojando flujos de lava con abundante emisión de gases sulfurosos y flúor.
Posteriores análisis demostraron que pasturas y forrajes absorbieron alrededor de 400 ppm de fluor -el organismo humano acepta sólo una milésima parte de esa cantidad-, causando una intoxicación letal en el ganado. Unas 10.000 personas vieron afectada su salud, presentando cuadros de conjuntivitis irritativas, afecciones en las vías respiratorias, problemas digestivos y alteraciones del sistema nervioso central. Los protocolos médicos de las dos personas fallecidas revelaron una asociación entre los gases y las cenizas del volcán.
En ese contexto no suenan descabelladas las antiguas creencias que le atribuían a los volcanes el dominio sobre la vida y la muerte. Las tribus de Indonesia creían que en el interior habitaban espíritus malignos y, para complacerlos, sacrificaban niños arrojándolos al cráter, como en el Gunun Awu, de la isla de Siaus. La ciencia no ha logrado desterrar el animismo entre los nativos de Java, donde para mantener de buen humor al Bromo le organizan un festival, convencidos de que el teatro y la música agradarán al dios que reside en las entrañas de ese volcán. Nada de esto ha funcionado. Cuando los dragones de la tierra se enojan, se enojan. Pero es posible vivir cerca de un volcán si no se subestiman, pero tampoco se sobre estiman sus peligros. Exagerar puede causar daños en las economías regionales. En 1976 unas 72.000 personas fueron evacuadas de la isla Guadalupe. La operación duró cuatro meses y costó 500 millones de dólares. Todo para que, finalmente, el Soufriere no quisiera eruptar.
Erupciones históricas
- Vesubio, Nápoles
79 Destrucción de Pompeya, Herculano y Stabio.
1944 Destrucción de San Sebastiano. - Etna, Italia
1536 Cenizas observadas hasta en la isla de Creta.
1928 Destrucción de varias poblaciones.
1947/ 1950 /1951 y 1960 Grandes erupciones. - Laki, Islandia
1783 La erupción abrió una grieta de 25 km y expulsó 12 kilómentros de lava - Galunngung, Indonesia
1822 Agua proyectada al aire a partir de un lago volcánico - Krakatoa
1883 Maremoto y lluvia de cenizas sobre 800.000 km2.
La luz solar alterada por las partículas de ceniza. - Bandai, Japón
1888 Expulsión de gases - Mont Peleé, Martinica
1902 Destrucción de la villa St. Pierre - Katmai, Alaska
1912 Expulsión de 12 kilomentros cubicos de lava - Paricutin, México
1943 Nace el volcán - Picogordo, islas Azores
1957 Nace el volcán - Gunung Agung, Indonesia
1963 Destrucciones urbanas y 1100 muertos - Nevado del Ruiz , Colombia
1985. Un lahar cubrió el pueblo de Armero y murieron 22.000 personas - Pinatubo, Filipinas
1991 Fueron sepultadas varias ciudades por la lava
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