Vuelo 3142: La tragedia continua

Para los sobrevivientes, la historia está lejos de haber terminado. Muchos esperan la indemnización. Otros saben que no hay dinero que pueda pagar sus sufrimientos
Para los sobrevivientes, la historia está lejos de haber terminado. Muchos esperan la indemnización. Otros saben que no hay dinero que pueda pagar sus sufrimientos
Marina Gambier
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27 de agosto de 2000  

Aquel martes 31 de agosto, el lanzamiento de los nuevos tonos de verano organizado por la firma de cosméticos Helena Rubinstein en el Club de Pescadores finalizó temprano, y Marisa Beyró sintió el alivio de saber que luego de diez días fuera de casa esa noche se reencontraría con sus tres hijos.

La perfumería Lara había decidido enviarla a Buenos Aires para que se capacitara sobre las últimas técnicas de maquillaje rápido, porque en poco tiempo demostró ser una excelente consultora de belleza, expeditiva y curiosa, incluso capaz de recitar de memoria la fórmula de una crema antiarrugas. Le encantaba ese trabajo y lo había conseguido un mes antes gracias a la gestión de su compañera e íntima amiga, Jacquelyn Rico, una bellísima treinteañera -su misma edad- que también integraba la comitiva de expertas.

El vuelo 3142 de LAPA estaba previsto para las 20.30, pero algunos pasajeros llegaron antes al aeroparque Jorge Newbery. Las ocho consultoras hicieron rápido el check in y tomaron juntas los asientos de las primeras filas. Con sus bolsos partieron a la cafetería del hall donde Marisa aprovechó para acomodar los regalitos de los chicos y cambiarse los fastidiosos zapatos de tacón por unas cómodas botas negras de caña alta. Un niño de ojos celestes sentado con el padre en otra mesa le recordó a su hijo mayor.

Era la primera vez que Carlos Garibotto viajaba solo con el preferido de la familia. Después de asegurarle a Luciano un asiento con ventanilla en la fila 18 para ver la ciudad iluminada, lo llevó a tomar una gaseosa. Allí aguardaron a cuatro amigos repuesteros. Habían pasado un día inolvidable en el autódromo Oscar Gálvez. Una empresa autopartista los invitó especialmente al estreno de un amortiguador de competición presentado por el campeón de turismo carretera Guillermo Ortelli. La experiencia resultó una fiesta para Luciano, cuya pasión excluyente son los fierros, en especial las Ferrari rojas.

De a poco el salón de embarques fue poblándose de altavoces apurando al pasaje a abordar sus respectivos vuelos. Minutos antes de tomar su equipaje de mano para hacer la cola, Benjamín Buteler descubrió que ese pelirrojo de barba concentrado en la computadora portátil era Daniel Damonte, amigo y compañero de facultad al que no veía desde hacía por lo menos diez años. Se abrazaron. La vida los había llevado por distintos caminos, pero el sentimiento estaba intacto. Quisieron ponerse al día y tuvieron la suerte de coincidir en la primera fila, que eligieron para estirar las piernas, porque Benjamín mide dos metros y Daniel uno noventa.

Los espacios del Boeing 737 son bastante estrechos. En ese aspecto, llegar sobre la hora tiene sus consecuencias. Los hermanos Jorge y Eduardo García Velazco debieron confomarse con la fila quince del lado izquierdo y resignar la posibilidad de hallar butacas libres donde recostarse a dormir hasta Pajas Blancas. Estaban cansados. Era excepcional que viajaran juntos dejando acéfalo su negocio de indumentaria deportiva en Córdoba, pero necesitaban ver varias colecciones de ropa, por lo que la estada de un día se había estirado a dos. A las 20.30 en punto cerró el vuelo, aun faltando pasajeros.

Oscar Nóbile, de impecable traje marrón, bajó del taxi a las 20.35. Venía de visitar a unos colegas en la provincia cuando el vehículo que lo traía se desvió en la General Paz. En el mostrador lo retaron. Escuche, ingeniero, usted no puede volver a hacer esto. Lo vamos a dejar subir, pero es la última vez, replicaron molestos. Apurado, caminó directo al 14B, acomodó el maletín en el portaequipaje y divisó sobre el pasillo al arquitecto Salgado completamente dormido. Qué suerte, pensó. En hora y media estaría en Córdoba, cenando con Ana y los chicos.

Era una noche cálida. En Córdoba hacían 17ºC. Marisa les convidó chicles a sus amigas para evitar el apunamiento de los oídos. Luciano espiaba por la ventanilla. Oscar Nóbile se relajaba, Benjamín Buteler le contaba de sus cinco hijos a Daniel Damonte y los hermanos García Velazco intentaban dormir. El piloto aseguró que estaban dadas todas las condiciones para que ése fuera un vuelo agradable. No fue así. A las 20.55, el avión descontrolado salió de pista y explotó en el driving de Punta Carrasco. La mayoría de los pasajeros quedó atrapada y quienes pudieron escapar llevan la tragedia marcada en el cuerpo. Y la vida convertida para siempre en un calvario.

Marisa Beyró no vio a sus hijos hasta después de cuatro meses. Y cuando los vio ya no era la misma. En ese período soportó setenta operaciones que intentaron reconstruir con injertos de piel la mitad de su cuerpo mutilado por el fuego. Varias veces al día entraba y salía de la sala de cirugía del Instituto del Quemado completamente anestesiada. Después, ni las dosis de morfina alcanzaban a calmar el dolor.

Se recuerda, dice, como un queso envasado al vacío. Sola y desnuda en una camilla de terapia intensiva, cubierta por un film de plástico para evitar infecciones en las heridas. Así, semana tras semana. Lo peor fue el verano sin aire acondicionado en el cuarto del hospital, con el calor haciéndole saltar las lágrimas. En ese tiempo su familia le filtró toda información del mundo exterior. Incluso no supo que su papá no soportó la tristeza y murió un mes después del accidente. Tampoco que su adorada Jacquelyn quedó en el avión.

Hace tres meses, dejó la silla de ruedas. Camina despacio, aunque no puede permanecer mucho tiempo de pie: sus articulaciones no lo soportan. Dicen que con la rehabilitación recuperará movilidad, pero para eso hacen falta años. Hasta entonces no podrá peinar a sus hijas ni llevarlas a la escuela, tampoco bañarlas, ni prepararles la comida, ni acostarlas a dormir, ni vestirlas. Tampoco ella puede abastecerse sola. Ni subirse a un colectivo, ni hablar de tomar sol. Y quizá ya no vuelva a ser consultora de belleza, al menos no en la perfumería Lara, que cerró dejándola sin obra social y sin liquidarle el sueldo. Para colmo, su ex marido es desocupado y vive en la Pampa, así es que visita poco y nada a los chicos. Con el último novio rompió. La agencia de publicidad de su padre fundió y fue inevitable, porque antes de pagarles a los proveedores su madre debió afrontar su estada en Buenos Aires; el psicólogo de los chicos, que estaban desesperados: cubrir sus gastos escolares, alimentación; alquilar una casa más grande porque Marisa ya no podría vivir sola...

Sobre su metro setenta y cuatro descansaba una espesa cabellera negra. Mientras busca una solución para disimular los estragos del fuego usa un coqueto sombrerito tejido.

"A veces me parece oír la voz de Jacquelyn en el teléfono... Mari, hoy no puedo ir a tu casa porque la nena tiene gripe...", dice, sentada en la recepción de la oficina donde los familiares de las víctimas se reúnen cada martes. Guarda en la agenda la foto de Jacquelyn con traje de novia. Realmente era hermosa.

"Es imposible olvidar ese segundo de silencio total y los asientos viniéndose encima mío. La oscuridad y de repente el fuego. Yo gritaba por mis hijos y en ese momento el cinturón, que era tan viejo, se desprendió y no sé cómo aparecí en el pasto. Pero estaba quemándome viva, tenía las botas derretidas en las piernas... Cuántos padres perdieron sus hijos y cuántos chicos se quedaron sin padres. Yo perdí mi independencia. Era una persona sociable y ahora no me encuentro en el mundo." En la oficina atiende el teléfono cada mañana y mantiene contacto con el juzgado que interviene en la causa. Y con sus abogados inició la demanda civil contra los directivos de LAPA que se resisten a adelantarle parte de la indemnización que reclama, porque no le alcanza para mantener el costo de su nueva vida. Sabe que el resarcimiento económico no le devolverá la alegría a sus hijos. Tampoco a su padre. Ni a sus amigas. Ni a la chica que era.

Luciano Garibotto no quiere dormir solo. La casona de Río Ceballos que habita con sus padres y tres hermanos es el único lugar donde desea permanecer. Lo mismo siente Carlos Garibotto, su papá.

Carlos trató de continuar con normalidad los meses posteriores al accidente, convencido de que saldría adelante. Pero, por el con-trario, disminuyó su capacidad de trabajo. De hecho, su hijo de 18 años tomó las riendas del negocio de repuestos, que amenazaba con venirse abajo. El prefiere ver televisión o caminar durante horas por el pueblo. Pasa de la melancolía a la furia en cuestión de segundos. Aceptó apoyo psicológico cuando advirtió que había perdido la facultad de sumar y leer. Luciano concurre dos veces por semana a terapia, y todavía no pronuncia palabra sobre el tema. Esa noche su cabeza se prendió fuego y su papá lo apagó con las manos antes de saltar juntos por la puerta trasera del avión.

"Cuando vi la muerte, sólo me dije: ¿por qué lo habré traído, por qué? -repite Carlos, y Luciano prefiere ir en busca de su colección de autos de carrera. Sueña con fabricar una cuatro por cuatro para Ferrari y con conocer la escudería en Italia. Ahora espera que se construya un puente sobre el Atlántico. A un avión no sube nunca más.

"Les diría a los padres que no manden a sus chicos solos de viaje. Si yo no hubiera estado ahí, el no hubiera podido salir. En principo ni siquiera podía desprender el cinturón. Cuando le apagué el fuego, saltamos al pasillo y un hombre corpulento nos chocó. Nos levantamos y llegamos a la puerta, saltó Luciano y cayó en un pozo abajo del avión. Cuando me tiro para sacarlo, se tira alguien y me lo empuja para atrás. Logro agarrarlo, pero de pronto se arroja una chica y vuelve a escaparse de mis manos. ¡Qué desesperación...! Lo manoteé y salimos corriendo. Nos dimos vuelta y el avión explotó."

Con los amigos habían planeado un asado con sus respectivas familias para el sábado siguiente. Los deudos, destrozados, vendieron todo y se fueron a vivir al interior de la provincia.

"Quería volver a salvarlos. Pero el nene entró en crisis, lloraba a los gritos, pedía por favor que huyéramos de ahí... Nos fuimos caminando por la Costanera shockeados y llegamos hasta el aeropuerto. Nos mandaron al Fernández, estábamos ensangrentados, con las manos quemadas. De ahí fuimos a un hotel. No lo podía creer. A las 3 de la mañana supe que mis amigos habían muerto."

Carlos siente la necesidad de acompañar a los familiares de las víctimas, aunque eso le genera una culpa insoportable. El está ahí y los demás no. "Al principio sentís la euforia de haber salvado la vida de tu hijo, pero a medida que pasa el tiempo eso no alcanza. Se suma la imagen de la gente corriendo en llamas y la sensación de impunidad que agrava el dolor. El juez es nuestra única esperanza."

La casa del ingeniero Benjamín Buteler se yergue sobre una lomita del paradisíaco Club de Golf de Villa Allende. Es una linda propiedad, diseñada para agregar una segunda planta si aumenta el clan. Ahora los planos originales cambiaron. Desde hace unos meses los albañiles trabajan en una remodelación pensada en una silla de ruedas.

Buteler acaba de participar en un curso sobre Teoría de las Restricciones en la Asociación Cordobesa de Ingenieros. Era asesor de empresas y el tema le interesa pues atañe a la optimización de recursos y a la eficiencia. La eficiencia es un valor que considera indispensable en las sociedades modernas.

En Buenos Aires iba a entrevistarse con un suizo, a quien ofreció sus servicios. La reunión se canceló. A los quince días, por otra razón laboral, usó el pasaje de LAPA que tenía guardado. Volvería en el día.

Las últimas imágenes que retuvo son las de Daniel. El avión carreteando. Y un golpe en la cabeza. Quedó atrapado en la primera fila y prendiéndose fuego. Alguien se metió entre las llamas, le desabrochó el cinturón, le destrabó las piernas apretadas entre los asientos y lo levantó en brazos. Eran los brazos de Mauricio Domkin, el caddie que lo salvó de la muerte.

"Al no tener recuerdos, vivo de las consecuencias. A la madre del colorado le pedí una foto porque es una forma de darme cuenta de lo que pasó... Vivo el hecho pensando en Daniel -pita un cigarrillo mirando la foto de un hombre fornido y pelirrojo-. He asimiliado vivir nueve meses en un sanatorio, sufrir las operaciones y el dolor... El dolor te ayuda a crecer. Debés encontrar vías para superarlo, si no te destruye. La vía que yo encontré es la fe." Fueron un infierno esos meses encerrado en una terapia intensiva con aspecto de burbuja. Entonces padecía por los sueños, sueños muy vívidos. El saliendo de la oficina y la calle en plena guerra. Subiendo a helicópteros para ir al banco. Y el rostro de unos especialistas de Estados Unidos y Cuba que llegaron para colocarle piel artificial, algo que nunca se había hecho en la Argentina. Sólo al tiempo recuperó la lucidez. En el Hospital Alemán salvaron su brazo izquierdo, aunque perdió funcionalidad, es decir, no tiene movilidad. El tema eran los pies. Le hicieron unas operaciones denominadas colgajos porque las articulaciones quedaron al aire, el fuego había comido hasta la masa muscular. Trataron de unir los vasos y las arterias para darle irrigación, para que el músculo pudiera sobrevivir. En febrero, una junta médica resolvió que sus pies no servirían para caminar. La única opción era amputarlos.

"Todavía me cuesta. Hace poco los chicos veían la filmación de mi casamiento y no lo soporté, me fui. Recordar lo que antes podía hacer... Era muy hábil con las manos, con la electricidad, de meter la mano en el auto, hasta mi máquina de cortar pasto la desarmaba yo. No va ser lo mismo porque además era zurdo, y ese brazo no funciona más. También amaba la vida al aire el libre. Era un gran pescador de truchas con mosca. Me encanta esa simbiosis con la naturaleza, en estos ríos cordobeses vas caminando y te encontrás con unos durazneros dulces que crecen salvajes entre las piedras..." El 10 de diciembre, sus cinco hijos lo visitaron sabiendo toda la verdad. La más chiquita, luego de tantos meses viviendo con otros parientes, reconocía como padre a un cuñado, y a él no lo registraba. Sin embargo, la mayor preocupación de Buteler es que ahora apenas escuchan la palabra LAPA los niños amenazan con reventarlos a todos.

"No quiero que generen odios, menos hacia una empresa, porque la empresa está formada por personas. Hay 1500 familias que viven de LAPA y no podemos decir que ellos sean responsables del accidente. Creo que hay una cadena de responsabilidades, cuando se llega a un error de semejante magnitud no puede ser culpa de una sola persona. Lo alarmante es que las empresas argentinas demuestran una disminución en sus niveles de exigencia y no cambian de actitud pese a estas situaciones límite. La persona que mutiló mis piernas tiene que pagar, pues causó daño a sabiendas, por no hacer las cosas como debía. Eso debe servir para cambiar las condiciones de aeronavegabilidad. De lo contrario, ¿qué ganamos? Presos, 67 muertos, gente discapacitada como yo, con la vida destruida. Si no logramos que algo cambie, todo este dolor habrá sido en vano." Oscar Nóbile ocupa la vicepresidencia de la fundación de familiares de víctimas del accidente. El estar vivo alteró el orden de sus valores y si bien antes era un fanático del trabajo, ahora siente que se ha quedado en este mundo para algo más trascendente. Entiende que para luchar en nombre de los pasajeros del vuelo 3142 de LAPA.

No obstante el estrecho vínculo con los deudos, tiene dificultades para tomar contacto con su propia realidad. Lo intentó volviendo a Buenos Aires en avión -por recomendación de su psicoanalista- e iniciando un peregrinaje por cada rincón donde estuvo esa noche. Caminó hasta el cartel con la propaganda de cerveza donde se refugió tras correr 400 metros -contó los metros- entre pelotitas de golf, y descubrió allí que la goma de sus zapatos derretidos marcó la tierra hasta el punto de no crecer más el pasto. Abrazó al parrillero que le desabrochó la camisa, la corbata, y llamó a su mujer, Ana. Visitó en el hospital Fernández el rincón de la terapia y la camilla donde lo depositaron con las manos y la cara incinerada. Saludó a los médicos, incluso al director. Y no olvidó pasar por la boutique Christian Dior. El vendedor que le recomendó el traje marrón no mintió, era de buena calidad: 20% de fibra y 80% de algodón. Por eso tardó en arder. Finalmente. en las paredes de su escritorio cuelga un cuadrito con el pasaje de LAPA.

"Es una bisagra -dice, y muestra las fotos que le tomaron 2 horas después del accidente-. Antes llevaba una vida escalonada en la superación personal, tanto en el aspecto laboral como en el intelectual. Quería ser buen hijo, buen padre, buen profesional, expandir mi empresa, mejorar mi patrimonio, porque este país es tan fluctuante... Quería llegar a una edad y pasarla bien con los amigos, ir a la cancha, tener mi club. Pero lo que antes estaba arriba ahora está abajo. ¿Qué es lo más importante? Abrazar a mis hijos... El otro día me quedé jugando con ellos hasta las 10 de la mañana en la cama. Estuve dos meses internado sin verlos. ¡Cómo no voy a jugar con ellos en la cama!" A la semana del accidente debió poner una telefonista para informar sobre las novedades de su estado a la cantidad de amigos, clientes, proveedores, colegas, compañeros de primaria, secundaria, facultad y servicio militar que llamaban condolidos.

Su empresa ofrece asesoría técnica y provisión de servicios y materiales para obras de agua y gas natural por redes. Es muy inquieto, no se pierde seminarios ni conferencias ni ferias internacionales, y eso lo ha obligado a viajar a Buenos Aires una vez al mes. Ya no. Permaneció dos meses internado y la rehabilitación consume gran parte del día. No conduce el auto correctamente porque no puede cerrar las manos. Ni salir al sol. Se está reeducando en cuestiones tan básicas como tomar un picaporte o lavarse los dientes. A esa ocupación también le agregó el seguimiento exhaustivo de la causa.

"Ese chillido insoportable de la frenada... Ahí dije: Qué embole, voy a morir quemado. Pensé en mis hijos. En esas personas rodando por el pasto... la cara del Pato Salgado durmiendo en el asiento... Tenía traje gris y corbata. No puedo olvidar. De mi lado se partió el avión, y salí corriendo. La piel me colgaba como un guante, el saco se quemaba. No sé de dónde saqué fuerzas para aguantar el dolor, para alentar a mi señora, pobrecita, que cuando me vio disimuló como pudo."

Desorientados, los chicos no lo reconocieron, y cuando los presentaron, lloraron. Mauro ingresó en el jardín de infantes este año y en sus dibujos aparecen una familia y un avión quemándose. "Pensar que mi familia podría estar pasando por lo que pasan hoy esas personas, eso me moviliza. No me puedo quedar mirando porque mañana mis hijos van a volar. Y sería fácil decir: No me meto, total me salvé. Que se ocupen del juicio los otros, yo rehago mi vida. Total, zafé... No. Uno espera una actitud distinta de un ser humano. No podemos permanecer dentro de esta economía hipotecando nuestras vidas, admitiendo muertes absurdas por una guerra de tarifas."

Los García Velazco son windsurfistas olímpicos y Eduardo, el menor, es entrenador de Walter Espínola, la promesa argentina enviada a Sydney. De chiquitos, los hermanos compartieron esa afición por desafiar al viento munidos de una vela liviana. Para practicar este deporte es imprescindible pesar poco y tener estado. Ellos pesan poco y tienen estado, aunque ya no compiten en el nivel mundial. El día del accidente, Eduardo quería regresar temprano para ir al gimnasio a entrenarse para el campeonato de noviembre en Nueva Caledonia, al norte de Nueva Zelanda.

"En noviembre último, saliendo de Ezeiza rumbo a Auckland, el piloto decidió regresar por fallas técnicas. Del miedo que me dejó el accidente estaba pichicateado a full. Me tomé un calmante. Eran las dos de la manana. Y dije: Si hay que morir acá, bueno... de dos no me voy a salvar. Las estadísticas dicen que ya cubrí mi cuota de accidentes aéreos, pero el cerebro no sabe de números", dice, sentado en el bar del hotel de su padre en Córdoba. Ahí funciona el negocio de ropa deportiva que los une también como socios y que por primera vez en años los obligó a viajar juntos. Casualmente, mientras almorzaban ese 31 de agosto a Eduardo se le ocurrió pensar qué sería de sus padres si a ellos les pasara algo.

"Tardé segundos en darme cuenta que me ataba el cinturón. Mi hermano salió despedido con asiento y todo en dirección al fuego. Ahí el que no reaccionó rápido no salió. Salí corriendo hacia la Costanera y ahí me di cuenta de que faltaba mi hermano. Se lo tragó el fuego, se murió, pensé... Entonces paré de correr y vi que atrás venía Jorge largando humo. Nos abrazamos llorando, no lo podíamos creer, el avión echando fuego y nosotros no nos habíamos hecho nada."

Durante el viaje de regreso a casa en auto y con un pariente, intentaron razonar. Controlar algunas emociones. Pero el tiempo ahondó el sentimiento de culpa. Por eso prefieren no acercarse al tema ni a los familiares de las víctimas. Quieren rehacer su vida como puedan, cuidarse entre ellos. Olvidar.

"No quería hablar con nadie, ni estar solo. Por suerte no tuve pesadillas, pero la carga de stress era tan fuerte que me impedía trabajar. Así anduve los primeros meses. Pensando que no hice nada por salvar a mi hermano, y que está vivo. No haber hecho nada por nadie. Es una película de terror. Una noche iba manejando solo y me largué a llorar, sentí una tristeza profunda... Me deprimo aun estando con amigos."

En el campeonato de Nueva Caledonia Eduardo García Velazco obtuvo el peor resultado de su vida. Salió 42º en la tabla de posiciones. Había perdido la pasión, las ganas. Entonces recordó que felizmente le quedaba un hermano.

Doce meses antes

  • El Boeing 737-200 matricula LV-MRZ de LAPA tenía una antigüedad de 29 años.
  • Era un avión alquilado a la firma norteamericana ILFC.
  • Fue entregado por Boeing en abril de 1970 a la empresa inglesa Britania Airways. Luego a la firma francesa TAT. Desde 1997 lo alquilaba LAPA.
  • l Era el vuelo 3142 con destino a la ciudad de Córdoba, previsto para las 20.30.

  • El avión había acumulado 41.300 vuelos y 67.400 horas de vuelo.
  • Fue la catástrofe aérea más sangrienta en una aerolínea nacional, después de la caída del DC 9 de Austral, el 10 de octubre de 1997, en la localidad uruguaya de Fray Bentos.
  • Murieron 67 pasajeros.
  • El avión estaba asegurado en 4,81 millones de dólares.
  • La causa está en manos del juzgado del doctor Gustavo Literas.
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