Aquel gol olvidado de Juan José Pizzuti

Humphrey Inzillo
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1 de febrero de 2020  

En mi recuerdo era una noche de otoño, pero revisando el archivo compruebo que, en verdad, era pleno verano. Para mayores precisiones, la del lunes 6 de febrero de 1989. En la cancha de Vélez, Racing y Nacional de Montevideo jugaban el partido de vuelta por la final de la flamante Recopa Sudamericana. Del match, apenas recuerdo una jugada, fatídica, la trístemente célebre patada de Sebastián Ostolaza a Néstor Fabbri, que le provocó la fractura de la tibia y el peroné. De esa noche, también me acuerdo que al llegar a la platea norte del Amalfitani reconocí una cara que había visto en una célebre foto de uno de los volúmenes Historia de Racing, Academia de campeones. "Mirá, papá", le dije. "¡Ahí está Mario Bóye!". Con su bigote característico, "el Atómico" -que había hecho el gol en la final con Banfield en el viejo Gasómetro, y que le dió a Racing el tricampeonato en 1951-, me sonrió y me acarició la cabeza. "¡No te la lavás más!", me dijo mi viejo. Y, ya sentados en la butaca, me corrigió la acentuación de su apellido, mientras cantaba: "Yo te daré, te daré niña hermosa, te daré una cosa, una cosa que empieza con bé. ¡Boyé!".

A fines de los 80, también me acarició la cabeza Orestes Omar Corbatta, el Loco, que se sostenía de una reja lindante al Cilindro. Tenía una camisa azul raída (podría ser un pijama) abrochada en un solo botón a la altura del ombigo, y a pesar de lo sórdida que era su apariencia, atesoro ese saludo con profunda emoción.

Me acordé de estos cruces anecdóticos la semana pasada, cuando cuando me enteré de la muerte de Juan José "Tito" Pizzuti. En los 80, y en buena parte de los 90, llegábamos extremadamente temprano a la cancha. Comíamos en el pasaje Cuyo (ahora, Corbatta), en lo de Susy, en lo de Insúa y, más adelante, en lo de Muñeco. A veces, éramos vecinos de mesa con el cronista deportivo Oscar Gañete Blasco, y otras con el Gordo Dardo y otros integrantes de La Guardia Imperial. Una de esas tardes, coincidimos en la barra con Tito Pizzuti. Llevaba puesta una camisa celeste, pantalón de vestir, mocasines y una campera beige. Mi padre aprovechó, entonces, para narrarle un viejo recuerdo de su adolescencia, uno de los mejores goles del que él tuviera recuerdo, que ya me había contado muchas veces. Tres décadas después de aquél encuentro, "el Patriarca" -así lo llamamos en el grupo de Whatsapp de los amigos racinguistas- recreó ese relato, en honor al creador del Equipo de José.

"Lo vi jugar a principios de los 50, como un punta de lanza. Venía de hacer muchos goles en Banfield y fue goleador. Cuando volvió a Racing, en 1958, salimos campeones y él era el capitán y el cerebro de ese equipo: manejaba los hilos y corría al estilo Di Stéfano. Ya era medio veterano, pero corría por todos lados. Del 58 al 61 marcó una época en esa delantera brillante, que me remite al recuerdo de ese golazo. Precisamente, fue en 1961. Un amistoso disputado durante un pequeño receso del campeonato, contra el São Paulo, de Brasil. Antes no había tantos cruces internacionales, de modo que a pesar de ser un amistoso, atrajo a mucha gente. Era una tarde invernal, fría, pero con un techo celeste sobre el Cilindro que le daba un marco imborrable. Racing jugaba con su delantera clásica: Corbatta, Pizutti, Mansilla, Sosa y Belén. En un momento dado, a los 15 o 20 minutos, el ala derecha de Racing, Corbatta se corrió a jugar más hacia el medio, una posición a la que luego, gracias a «Gonzalito», que jugaba en Boca, bautizaron «wing ventilador». Era característico que esos dos tipos geniales, que se conocían de memoria, combinaran el juego asociado. Entraron a jugar Corbatta y Pizzuti por la derecha, pero intercambiaron puestos, y Mansilla recibió la pelota casi en la línea del córner. Jugó entonces la pelota hacia el medio, y en el ángulo derecho del área, el «Marqués" Sosa apareció pegando un salto a lo Nureyev y tocando la pelota hacia atrás con su pierna izquierda, en una sutileza que dejó pagando a tres defensores brasileños. Resultó en un pase preciso a los pies de PIzzuti, que venía corriendo desde atrás y tenía un tiro de media distancia impresionante. La agarró de primera y le mandó un balazo al ángulo derecho, que ni diez arqueros juntos hubieran podido frenar. Fue una jugada con un ritmo intenso, que sin dudas está entre los mejores goles que vi en toda mi vida." Todavía recuerdo la cara de asombro de Pizzuti, frente al entusiasmo adolescente con el que mi viejo recreaba esa jugada. Un poco desconcertado, pero atento a los detalles, Tito tomaba el café de a sorbos y, cuando mi padre le preguntó "¿Se acuerda, Maestro?", su respuesta fue sincera: "No, la verdad que no. Pero por lo que contás, tiene que haber sido un golazo".

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