Arriesgadas películas que no volvieron a darse en los cines porteños
Había visto imágenes filmadas por Derek Jarman antes de saber quién era Derek Jarman. En discotecas que en ese entonces abrían de martes a domingo, pasaban una y otra vez los videoclips que él había hecho para canciones de Pet Shop Boys y The Smiths. En “It's a Sin”, distintos personajes encarnaban los siete pecados capitales en ambientes que parecían salidos de la imaginación de Caravaggio; en “Rent”, Neil Tennant, el cantante de PSB, se había convertido en el chofer de invitados a una cena glamorosa y artificial. “Te amo, vos pagás mi alquiler”, como decía la canción, nos parecía una línea que describía el estado del amor en los años noventa. El conjuro de las imágenes de Jarman, asociado con la grandilocuente música pop, quedó grabado en el recuerdo más que los ocasionales compañeros de baile, la mayoría desconocidos para mí.
Algunos amigos mejor informados que yo conocían el trabajo de Jarman con músicos que, en opinión de esos amigos, eran más sofisticados. Mencionaban a Marianne Faithfull y a Marc Almond. ¿Pero sus canciones eran bailables? Ya no tengo presente la respuesta que me dieron.
Después, también por recomendación de amigos y por la lectura de revistas especializadas en cine como El Amante, empecé a visitar los lugares donde proyectaban películas de Jarman. No eran tantos. En el British Arts Centre vi dos películas dedicadas a héroes queer: san Sebastián y Wittgenstein. En la primera, los personajes hablaban en latín y la historia encadenaba escenas eróticas entre soldados romanos con otras de humillación y tortura. La historia de Ludwig Wittgenstein, para muchos el filósofo más sutil del siglo XX, estaba narrada de una manera tan abstrusa como la complejidad de los textos del autor de Investigaciones filosóficas. Supe después que Terry Eagleton había escrito el guión de la película, que Jarman alteró a su antojo. En la primera película sólo había reconocido a Lindsay Kemp y en la segunda, a Tilda Swinton, amiga del director desde la adolescencia.

De más está decir que nunca había visto nada parecido. Ahí estaban la santidad asociada al deseo sexual, la inteligencia más lúcida a la orfandad y el delirio a cierta percepción distanciada de los valores que muchos sosteníamos en esos años: la libertad, el pacifismo y la adoración por la creatividad.
Pasaron los años. Derek Jarman ya había muerto, como otros, demasiado pronto a causa del sida. Tenía apenas 52 años y su última obra de arte no había sido una película sino el jardín que diseñó en su cabaña de Prospect Cottage. Sus arriesgadas películas todavía no volvieron a darse en los circuitos de cine arte porteño. Cuando eso ocurra, pienso que al volver a verlas las comprenderé quizás un poco mejor que cuando tenía poco más de veinte años. Quién sabe: la percepción que conlleva el asombro también envejece.
En estos días la figura de Jarman volvió en forma de libro. Un año antes de su muerte, el director londinense había escrito una obra íntima y violenta sobre los peligros del amarillo, la tosquedad del marrón o la visión apasionada de otros colores. El libro parece inspirado tanto en Observaciones sobre los colores de Wittgenstein como en su amor por la obra de muchos pintores occidentales y orientales, de Masaccio a Ellsworht Kelly, pasando por Hokusai y Ad Reinhardt. Hugo Salas, editor y traductor de Croma, cuenta en el prólogo que, curiosamente, Jarman se estaba quedando ciego mientras componía en un caleidoscópico sistema de citas su despedida por escrito de este mundo. Las paradojas formaron parte del universo estético de Jarman.
En Croma (Caja Negra), el director de Eduardo II se interroga sobre la verdad del color, reflexiona sobre la naturaleza y la sombra, sobre los paisajes y su propia juventud. Transcribe poemas ajenos y propios. Y sobre todo, ocupa un lugar destacado el amor que sentía por los jardines y las incontables especies de flores: “Las flores que Chaucer adoraba eran las margaritas, blancas y rojas, las prímulas y las violetas, flores sencillas, silvestres. Sus exuberantes y febriles prados están cubiertos de flores”.










