Canto a lo escueto

Silvia Hopenhayn
Silvia Hopenhayn PARA LA NACION
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4 de marzo de 2016  • 00:43

Hay varias novelas de los últimos tiempos que impactan por sus frases látigo, el estilo frío, escueto. La marca viene del siglo XX, del Kafka sin metáforas, a las impresiones secas e intensas de Marguerite Duras. Cada vez se encuentran más relatos indómitos, donde prevalece el fuera de sí, la infancia terrible, el cuerpo atormentado. No sólo me refiero a los temas, sino a la violencia como sello de escritura. Lo espasmódico parece más actual, una forma de denuncia literaria. Cada frase tiene que doler o extasiar, como si hubiera una premura en concluir. Pero la eficacia del trazo elemental no siempre deslumbra. A veces se extraña la frase que enlaza o la belleza serena de un repliegue. Párrafos extensos, envolventes, sin tanta brusquedad.

Apenas ingreso en una novela de frases cortas, o cortantes, donde prima la crueldad y la desidia, el padecimiento o la falta de aire, temo al tedio, y espero algo más, una alegría literaria distinta. Me pregunto si es más fácil, o ahora se escribe así.

Fleur Jaeggy provoca el efecto de lo efectista, pero a las pocas páginas adviene algo nuevo, un descubrimiento del decir, corrosivo y tierno a la vez. La escritora suiza que escribe en italiano (nació en Zurich y actualmente reside en Milán), apuesta a "la glacialidad que revela sentimientos". Y en un cuento se pregunta: "¿Es acaso el hielo el que crea al poeta?". Según el escritor español Enrique Vila-Matas, Jaeggy tiene un "humor helado".

Sus libros se nutren de lo autobiográfico como sentimiento claustrofóbico, sobre todo su novela Los hermosos años del castigo, que sucede en un internado de señoritas en Appenzell en los años cincuenta (así como la excelente novela del escritor suizo Robert Walser, "Jakob von Gunter" transcurre en el Instituto Benjamenta). Ya el título, Los hermosos años del castigo, es una apuesta a nombrar el dolor de otra manera.

En su nuevo libro de cuentos, recién publicado, El último de la estirpe (Tusquets editores), persiste un extraño regocijo. Como si su narradora dijera, "bueno ya, tremendo y todo, pasémosla bien, aunque sea dándonos cuenta". Así, en el cuento "Ósmosis" los personajes parecen preguntarse qué hacer con las palabras después de una discusión, cómo librarse del efecto de lo que fue dicho, del acoso de sensaciones frente a lo ya ocurrido. Y lo resuelve poéticamente: "Se sentaron delante de la chimenea, esperando que el fuego quemase las palabras." O en el relato "Nombres", contando chistes durante una visita a Auschwitz, Basia "decide abrir la ventana para echar fuera la risa." El rumiar de las palabras se refuerza en el relato "El último de la estirpe", donde el personaje está "condenado a pensamientos forzados" y se aferra al sonido de la palabra "nada", como si fuese un juego.

El libro incluye homenajes literarios a la poeta Ingeborg Bachmann, a Oliver Sacks y a Joseph Brodsky, todos autores cercanos a Jaeggy. Pero destaco el cuento más corto, una pincelada literaria: "Gato". Ya su comienzo es auspicioso: "Observar a los demás siempre es interesante. En el tren, en los aeropuertos, en las convenciones, mientras se hace cola, mientras dos personas están sentadas en una mesa; en suma, en todas las ocasiones en las que confluyen seres." De allí pasa a la observación del gato en el momento en que deja de interesarse en su presa y la abandona por un rato. "El gato entonces muta el rumbo mental... con la patita se frota el hocico, mira a otro lado. Tiene muchas cosas que hacer. Ninguna de ellas tiene nada que ver con la de antes. Con la acción". Jaeggy compara el accionar del gato con el proceso de escribir; "la divagación del tema, la evasión de una palabra y a la vez la caza de las palabras, el deshacerse de ellas." Como el gato, el escritor se "distrae de la agonía". Y como su personaje de "El último de la estirpe", Fleur Jaeggy juega con la nada.

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