Contradicciones del Gobierno en medio de la pandemia

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28 de junio de 2020  • 22:52

Hace seis meses comenzó el nuevo gobierno. Quizás sea un buen momento para mirar alrededor y tratar de comprender hacia dónde avanza. Fiel a su origen, ejerce el poder a fuerza de antagonismos planteados siempre en términos de "buenos" y "malos", no importa si los extremos propuestos caben o no dentro de esas categorías. Vale decir que ellos pretenden estar del lado de los "buenos" y quien ose oponérseles caerá indefectiblemente en el rincón de los "malos".

"Salud o economía" es la que parece estar hoy más en boga, y el Gobierno, del lado de la salud, ha demonizado a quienes se atreven a preguntar cómo sobreviviremos a la crisis que nos dejará la cuarentena. Una vez más, el relato oculta -o pretende ocultar- la realidad. Esta épica vive en su mundo paralelo, y nuestro país, sus habitantes y sus crisis, en el mundo real. No podemos crecer o salir adelante a base de irrealidades, como un chico no puede alimentarse con comida de juguete. Las decisiones, las medidas, las leyes, las políticas públicas deben asumirse de cara a la realidad, y a la realidad más cruda.

Esta disociación tiene otro agregado: el gobierno entorpece e interviene en cuestiones en las que no tiene potestad y abandona al mismo tiempo sus responsabilidades.

No garantiza el acceso a la educación de miles de chicos que hoy no cuentan con los medios para estudiar a distancia, pero pretende interferir en el ideario de los colegios privados.

Tampoco brinda servicios básicos a millones de ciudadanos, pero pretende expropiar una empresa, desconociendo el principio de subsidiariedad que alguna vez fue el pilar de la doctrina que dicen representar. Asimismo, impide la libre circulación de los argentinos por el territorio nacional, pero no puede garantizar la soberanía sobre el mar argentino.

En simultáneo, entorpece el desarrollo y la generación de empleo y riqueza, haciendo crecer el número de pobres, pero sigue repartiendo planes sociales que son un placebo que no cura la pobreza.

Del mismo modo, no puede pagar a los acreedores, pero sigue imprimiendo billetes. Finalmente, obligan a los ciudadanos a guardar distancia social y a usar barbijo y ellos están a los abrazos y a cara descubierta.

En síntesis, se meten donde no les corresponde, no cumplen con sus obligaciones, gastan más de lo que tienen y dicen una cosa, pero hacen otra.

Quienes gobiernan son los que dan el ejemplo y marcan el rumbo, y los nuestros no parecen conducirnos hacia un final feliz. Lamentablemente, las ensoñaciones ideológicas terminan chocando contra la realidad y la épica del relato, tarde o temprano, se transforma en calabaza. Por todo, es imperioso que despertemos antes que sea demasiado tarde.

Directora de la Asociación Civil Concordia

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