Coronavirus. Aldous Huxley y las respuestas a la pandemia

Vicente Palermo
Vicente Palermo PARA LA NACION
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22 de abril de 2020  • 18:28

Hacia fines del siglo XX se terminó la Guerra Fría. Pero no se cayó el muro de Berlín, se cayó el mundo entero porque una guerra nuclear, un intercambio de misiles que los gobiernos no fueron capaces de parar, arrasó con el mundo civilizado. Sobrevivieron poblaciones dispersas, y la más numerosa -escasos dos millones- consiguió organizar una nueva vida en común, con un gobierno y algo de orden.

No estoy improvisando ciencia ficción, estoy recordando, décadas después, mi lectura de la novela de Aldous Huxley Mono y esencia, una distopía magistral.

A poco de andar, los sobrevivientes de aquella guerra descubren que sus pesadillas no han finalizado: en los nacimientos posteriores a la hecatombe resulta patente que la inmensa mayoría de los bebés presenta malformaciones gravísimas. El flamante –y vertical– gobierno decide, para recuperar la trayectoria genética previa de la especie humana, que han de ser eliminados los nacidos en peores condiciones. Por ejemplo, solo se dejarán con vida las bebitas cuyos senos no presenten más de dos pezones. Las relaciones sexuales estarán estrictamente prohibidas salvo durante un período de jubileo de tres días al año, libérrimo, de modo tal que los nuevos nacimientos, que cabalmente podrán ser atribuidos solo a las madres, tendrán lugar de modo concentrado. Los consiguientes sacrificios masivos recibirán, rápidamente, la legitimidad de lo sacro: se dará formato a una religión de estado que abrigará las dos grandes celebraciones anuales – la de la concepción y la de la muerte.

El gobierno es despótico pero no especialmente cruel, más bien paternalista, hace cumplir las leyes elementales con mano dura pero no se ensaña, y todos andan con "barbijos" con un "No" sobre la ropa, en las partes del cuerpo que el lector ya puede adivinar. Se trata de un no dirigido no solo al sexo, sino también al amor. Pero no todos acatan este régimen draconiano. Los que no lo soportan, carecen de todo margen para convivir en él, no tanto por la represión gubernamental (un embarazo fuera de fecha podría ser penado con la muerte) sino por la presión social de varias atmósferas que sienten se ejerce sobre ellos. A estas gotas en un mar de obediencia, los ordenados los han bautizado "los cálidos".

¿Organizan una revolución, los cálidos? No son tan tontos. ¿Manifiestan comportamientos rebeldes? Menos que menos. Simplemente se sustraen. De a uno, de a dos, huyen a regiones de difícil acceso, donde se sienten relativamente seguros porque el gobierno – el único – es reacio a organizar expediciones punitivas. Y así van yendo, los fríos y los cálidos.

¿Son individualistas, los cálidos? Evidentemente sí. Van en contra del interés colectivo, que impone medidas duras para evitar una mayor degradación de la especie, para reconstruir la vida humana civilizada, bajo la égida de un gobierno que ha alcanzado cierta legitimidad de ejercicio. Con sus fugas, los cálidos, minan la moral pública, las disposiciones a la resignación y la obediencia, restan brazos y mentes al esfuerzo colectivo, dan el mal ejemplo. Pero, ¿solamente los fríos actúan en arreglo a unos principios éticos generalizables? No lo diría. También lo hacen los cálidos, que ponen en tela de juicio valores en torno al respeto por la vida humana, a lo que debe en sí mismo considerarse vida humana, y a las formas aceptables de vida en común. De modo que no puede descartarse tan fácilmente la moralidad de los cálidos. Los cálidos piensan y los fríos piensan, los fríos creen saber que el único modo de proteger la vida de la especie es el cumplimiento a rajatabla de unas reglas que, por su parte, los cálidos consideran inhumanas.

Encuentro un paralelismo interesante entre la novela de Huxley y las respuestas a la presente pandemia.

Sin incurrir en juicios tremebundos, como que el mundo ha dado una respuesta suicida, o que detener la economía es sumar más muertes futuras, y sin negar la racionalidad de las cuarentenas en la inmensa mayoría de los estados, creo que el precio de esta cuarentena no es tanto el aislamiento como el parar la vida. Para defender, proteger la vida, se la ha detenido. En grandes números, las sociedades han sido objeto de un aislamiento físico que ha conducido a un aislamiento social que ha llevado a detener la vida. El tiempo pasa, la incertidumbre no se reduce, pero la vida se ha detenido salvo para algunos millones de privilegiados, que podemos hacer en nuestras casas muchas de las cosas que hacemos, o que son profesionales que toman riesgos. Para todos los demás, la detención de la economía, de la circulación, del trabajo, de la interacción social, de la relación con lo natural, con su propio cuerpo y con otros cuerpos, ha significado la detención de la vida, una detención rara, porque no es la muerte, es la vida en un suspenso incierto.

Doy un solo ejemplo porque, llamativamente, parece no ser hablado ni visualizado. Que es la relación de los amantes (personas que se aman) separados por la pandemia y la respuesta pública a ella. Del amor nadie habla. Nadie se pregunta por esto (mientras es fácil escuchar comentarios irónicos sobre las parejas que deben ahora soportarse 24x24). Se suponía que el amor era una parte importante de la vida, y también de la sociedad consumista y mediatizada, y sin embargo parece que de eso no se habla. No hay una interdicción, pero es como si la hubiera.

¿Y las sociedades qué? Confinado, solo puedo hablar de la mía. En teoría, vale la pena distinguir entre tres comportamientos colectivos: anarquía, anomia boba y transgresión.

Frente a la cuarentena, la anarquía sería no la ausencia de aparato de orden en las calles, sino la ausencia de todo conocimiento, una ajenidad completa de reglas mínimamente conocidas. La anarquía es el escenario de pesadilla cuya base no es la desobediencia política, ni civil, sino la ignorancia, una anomia enraizada en un tejido social muy rasgado. Puede ser catastrófica por donde se la mire, por dar lugar a violencia - sea turbulenta sea estatal - indiscriminada, o a que la pandemia se convierta en un tsunami.

Otro marco es el de la anomia boba: nos convertimos todos en free riders, hacemos trampa confiando en que los demás cumplirán. Pero nadie cumple. No es un cuadro anárquico porque conocemos básicamente las reglas, pero nos importan un pito. Ya se sabe que ese juego colapsa.

El marco de las transgresiones, es diferente. Aunque las reglas no se conocen completamente bien -en el caso de la cuarentena nadie las sabe con precisión- hay una idea básica que podemos dar por supuesto que compartimos y en masa queremos cumplir. En ese marco, las pequeñas transgresiones funcionan como moderadoras, porque permiten liberar presiones y al mismo tiempo son suficientemente visibles como para que haya un cierto control horizontal, que nos modera a todos como transgresores. Nos controlamos suavemente unos a otros. Es un equilibrio inestable, pero creo que es lo que hace posible que convivamos con las reglas "inhumanas" de la cuarentena.

La anarquía y la anomia boba serían catastróficas, un poder represivo ordenador (digamos, un toque de queda total, detenciones en masa o cosas peores infundiendo el terror, etc.) sería una pesadilla parecida, y el cumplimiento autocontrolado total de las normas "inhumanas" (un cumplimiento chino, o japonés, hablando mal y pronto) tendría un fundamento moral (no violar la ley) pero no estaría a favor de la vida sino contra ella.

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