Coronavirus: enfermedades emergentes, zoonosis y tráfico ilegal

Cristian Gillet
Cristian Gillet PARA LA NACION
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29 de abril de 2020  • 01:40

Por Cristian Gillet y Lina Zabala

La culpa no fue del murciélago, más adelante se entenderá por qué, pero es aparentemente el primer protagonista de esta historia del coronavirus. Cerca de él, demasiado cerca para ser un estado natural, se encontraba un pangolín. Rondando y de a cientos, una especie aún de menor interacción natural con las anteriores: el ser humano. Las tres, en plena urbe china. Murciélagos y pangolines, cautivos en un mercado ilegal de fauna silvestre donde se vende todo tipo de animal, vivo o muerto. Adelantamos la historia a hoy, y a raíz de este encuentro en tiempo y espacio existe una pandemia mundial en la cual la mayor parte del planeta se encuentra aislada y amenazada por una nueva enfermedad para la cual aún no hay cura.

Entender el concepto de enfermedades emergentes es fundamental para llegar al núcleo central de por qué hoy prácticamente perdimos todo contacto físico con otro ser humano que no esté en nuestro hogar. Se llama enfermedad emergente a una infección nueva que resulta de la evolución o modificación de un agente patógeno o parásito existente, que da lugar a un cambio de clase de hospedador, vector, patogenicidad o cepa.

Simple y llanamente: es una infección o enfermedad hasta entonces desconocida.

Hoy en día sabemos que el 75% de las llamadas enfermedades emergentes infecciosas son originadas en animales de vida silvestre y se transmiten a las poblaciones humanas por contacto directo o a través de vectores. Se las denomina enfermedades zoonóticas o zoonosis.

Esto no significa que los animales mismos estén enfermos, sino que los virus, bacterias y hongos causantes de enfermedades viven y se desarrollan en diferentes especies sin afectarlas. Entender y divulgar este concepto es fundamental para proteger la vida silvestre, dado que una incorrecta interpretación de la zoonosis deriva muchas veces en matanzas injustificadas de animales.

Desde este animal portador, generalmente asintomático, el patógeno puede ser transmitido directamente a humanos o a animales domésticos quienes a su vez pueden transmitirlo al ser humano. He aquí la primera razón por la cual el culpable en esta historia no son ni el murciélago ni el pangolín sino el ambiente y situación en la que se los forzó a estar.

Es decir, los animales mantienen ciclos silvestres de enfermedades y actúan como reservorio. Estas enfermedades no los afectan porque han evolucionado en conjunto, generando inmunidad. Sin embargo, al encontrarse en situaciones de estrés o estar forzados y hacinados pueden llegar a padecer y diseminar la enfermedad al ambiente o a otros animales a los que sí les afecta estar infectados.

Surge entonces el verdadero villano de esta historia: el tráfico ilegal de vida silvestre. Los animales silvestres llegan a los mercados desde cualquier región geográfica del planeta. Tras ser capturados, normalmente pasan varias semanas en contacto cercano con personas y otras especies de animales con las que probablemente nunca se hubiesen encontrado en la naturaleza. Ese tiempo y grado de confinamiento son suficientes para contagiarse con cualquier agente infeccioso. Producto del estrés de la captura, el hacinamiento, la mala alimentación, el transporte y los cambios de clima a los que se les somete, estos animales comienzan a eliminar agentes que pueden ser patógenos para el humano.

Las zoonosis determinan una gran problemática epidemiológica social, de eso no hay dudas. Saltan de aquellas especies en las que se han desarrollado y evolucionan en otro hospedador, como lo hizo el nuevo coronavirus Covid-19 y también en su momento el SARS -CoV, el MERS –Cov, la influenza aviar o el ébola.

El contacto muy estrecho sin medidas de control sanitario entre la fauna silvestre y el ser humano es lo que representa el riesgo de contagio. Este acercamiento que desequilibra los ecosistemas tiene múltiples causas, todas perfectamente identificadas por las organizaciones que trabajan por la conservación de ambientes sanos.

La mayoría de los cambios que modifican los equilibrios dinámicos de las especies silvestres son antropogénicos. El comportamiento destructivo del hombre produce cambios ambientales como la desaparición de hábitats naturales y la pérdida de la biodiversidad. El aumento de la población y la migración hacia lugares previamente deshabitados por el ser humano se acompañan además de contaminación y cambio climático.

Todos estos aspectos juegan un papel importante en la aparición de las patologías de origen infeccioso. La globalización tiene como ventaja el crecimiento económico, pero como gran desventaja el daño no sostenible a la biósfera.

La relación es directa: existe Una Salud, término acuñado por la OMS. La salud humana y animal dependen de un espacio natural saludable, estamos todos conectados y nos debemos respeto.

El comercio ilegal de fauna silvestre, la pérdida de los ecosistemas donde se desarrolla y la proximidad con los animales domésticos amenazan a miles de especies, incluyendo la nuestra. Debemos entender que en la medida que sigan existiendo el comercio ilegal de fauna silvestre para venta y/o consumo, la caza y la destrucción de sus hábitats naturales, los patógenos, principalmente los virus, pueden saltar de especies.

Por eso es fundamental no buscar responsabilidad en una u otra especie animal sobre el origen del Covid-19. Es momento de repensar nuestro vínculo con los animales silvestres: la utilización de los mismos como fuente de alimentación, en condiciones de hacinamiento, sin controles sanitarios, ni consideración por su sufrimiento o enfermedades que puedan transmitir.

En favor de la salud global debemos frenar el tráfico ilegal a nivel mundial, cerrar los mercados de venta ilegal de animales vivos o sus partes y aprender a convivir de manera respetuosa con la naturaleza que nos rodea.

Es nuestra responsabilidad, cuidándolos a ellos, también nos cuidamos nosotros.

Cristian Gillet es el responsable del Centro de Rescate de Fundación Temaikèn; Lina Zabala es bióloga de la Fundación Temaikèn

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