Crimen y castigo de un contador

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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23 de febrero de 2019  

El fiscal Germán Moldes aventuró en Desde el llano que el excontador de los Kirchner Víctor Manzanares estaría atravesando una situación personal crítica, que caracterizó como un proceso de aflicción por el modo en que fue implicado por sus empleadores, en los que confió y a quienes trató desde muy joven. El fiscal sostuvo que es un hombre de intensas convicciones religiosas que se encontraría quebrado, y lo describió como un "arrepentido moral". En esas condiciones, concluyó que Manzanares es una bomba de tiempo. Con rigor, Moldes aclaró que no posee acceso a la causa, de modo que lo suyo es una impresión a partir de conversaciones con funcionarios judiciales directamente involucrados.

Como se sabe, Manzanares se encuentra bajo el régimen de testigo protegido y sus denuncias se distinguen por los exhaustivos detalles que proporcionó sobre las modalidades operativas de los negocios ilegales, los montos comprometidos y los lugares donde podría hallarse el dinero. Para corroborar el carácter singular e inquietante de este testigo hay que reparar en dos afirmaciones del periodista Diego Cabot: primero, que es "uno de los hombres que no debían hablar", el más temido por el entorno de la expresidenta, y, segundo, que su testimonio revela "el modo en que Cristina Kirchner y los suyos se relacionaban con su gente".

Sin acceso a la causa solo es factible elaborar, a la manera del fiscal Moldes, presunciones sobre este singular personaje y sus circunstancias. Esos supuestos pueden desplegarse en dos planos: el vincular y el personal. Cabot apunta al primero, que son los lazos de interacción de los Kirchner con su círculo de colaboradores y allegados, es decir, la manera en que ejerciendo la jefatura trataban con ellos. Entre estos pueden distinguirse dos categorías: los individuos que les prestaban servicios personales o profesionales, como jardinero, contador, secretario o ministro –para mencionar casos resonantes– bajo un régimen de contratación económica. Y aquellos a los que el matrimonio posicionó en roles empresarios para los negocios en los no podían participar directamente los cónyuges. Como se ve, los implicados tenían distinto estatus: un ministro no es lo mismo que un jardinero, un contador no equivale a un empresario de la obra pública. Sin embargo, y acaso aquí resida la clave, todos desarrollaron el mismo tipo de subordinación con sus jefes: la que un súbdito le debe a su señor. La sociología histórica determina que ese tipo de vínculo pertenece al patrimonialismo feudal, no al capitalismo democrático.

La definición de Max Weber de patrimonialismo les sienta bien a los Kirchner. Esta forma de dominación se caracteriza por tres rasgos: el jefe no distingue la esfera pública de la privada, considera el ejercicio del poder como una parte de su fortuna personal y desempeña la jefatura de acuerdo con su capricho. En criollo, "hace lo que se le canta", sin reparar en las tradiciones ni en la ley. Por eso, sus subordinados están literalmente en sus manos, dispone de ellos a su gusto y puede pedirles lo que se le antoje: el envío de los diarios en el avión presidencial, la cara para un puñetazo, la firma en un documento apócrifo. Elías Canetti escribió que la mano que aprieta y no suelta es el símbolo propiamente dicho del poder. Manzanares y los demás tuvieron que sentirlo en el cuerpo, compartiendo secretos y procedimientos deshonestos, sometidos a ese régimen perverso a cambio de una compensación económica o simbólica, en un sistema que quizá nunca imaginaron que terminaría mal.

Si Cabot evocó los vínculos, el fiscal Moldes enfocó al individuo, a su conciencia personal. Este es el otro plano al que debe prestarse atención: no se trata del arrepentimiento jurídico formal, sino del arrepentimiento moral. Permitámonos esta conjetura: el contador participó en una asociación ilícita, pero repudia lo que hizo, le remuerde la conciencia, traicionó y lo traicionaron, defraudó a los suyos, desea purgar la falta y comprende, aunque eso no le sirva para recobrar su prestigio social, que fue abusado por el poder y luego abandonado. Busca a la vez revancha y enmienda. No tiene el idealismo dostoievskiano de Crimen y castigo, aunque sí el mismo afán de resurrección.

Pero la tribulación del contador no es literaria, ocasiona consecuencias políticas explosivas e incalculables. La corrupción consiste en una matriz estructural con distintos guiones: los Kirchner eligieron la Edad Media, los cofres, el dinero que puede tocarse y olerse, la cruda materialidad en lugar de la discreta abstracción. Otros optan por las transferencias electrónicas, los paraísos fiscales, la especulación financiera, la colusión entre las esferas pública y privada. Cualquiera sea el modo, la corrupción necesita individuos que realicen las transacciones prohibidas y guarden el secreto, aceptando vender su honra por una retribución. Hasta que aparecen los Manzanares, esos temibles émulos de Raskólnicov, el que fue tan humano para pecar como para arrepentirse y recuperar la dignidad.

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