Reseña: Museo Barnum, de Steven Millhauser

José María Brindisi
José María Brindisi PARA LA NACION
El arte de la imaginación
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14 de noviembre de 2020  • 00:00

Muy pocas veces, como sucede con los libros del estadounidense Steven Millhauser (1943), se tiene la sensación de estar ante una suerte de artefacto literario múltiple que podrá coquetear con un abanico de formas y de influencias, pero que remite inalterablemente a un núcleo. Resulta difícil reducirlo, dada la vastedad de la obra del escritor, pero alcanzará con decir que atraviesa la tensión entre los sueños -o para ser más precisos la imaginación- y la realidad. Es esta la que se resiste, parece querer decirnos en cada uno de sus libros, y para intentar vencerla sus protagonistas encarnan o visitan todas las figuras posibles: la megalomanía, la magia, las ambigüedades de la percepción, los dobleces de la experiencia cotidiana.

Millhauser continúa siendo un autor un tanto esquivo para el lector argentino, quizá porque la mayoría de sus libros traducidos han aparecido por sellos extranjeros de distribución inconstante. Museo Barnum, de 1990, funciona como una pieza clave, el eslabón hasta ahora perdido entre la prodigiosa novela corta August Eschenburg, de mediados de los años 80, y las dos maravillas posteriores que establecen el pináculo de su narrativa, en las que el neoyorquino lleva al límite la obsesión -y la confusión- de sus criaturas: Pequeños reinos y Martin Dressler (la novela que le dio un Pulitzer y, por lo tanto, una mayor circulación).

Los cinco relatos que componen Museo Barnum, traducidos por la poeta María Negroni, dialogan con sus fuentes usuales -la fábula kafkiana, la semblanza biográfica a lo Borges- y con otras más infrecuentes -Stanislaw Lem, Edgar Allan Poe, ¿Robertson Davies?-, y todos ellos escenifican la lucha de Millhauser por amigar a los lectores con la fantasía o, en verdad la apuesta extrema, para invitarlos a perderse en sus laberintos. No por casualidad los espacios se ramifican siempre interminablemente -"Museo Barnum", "La postal sepia"-, al tiempo que la verdadera batalla se establece en la necesidad de sus personajes de que la imaginación abandone sus ataduras y logre materializarse, volverse definitiva (en todos, pero en particular en "La invención de Robert Herendeen" y "Eisenheim, el ilusionista"). Esa transición, que no siempre lleva a la locura pero casi nunca logra evitar el desastre, es la marca de Millhauser por excelencia, donde las cosas son una atomización de lo real pero también su engañoso límite. Museo Barnum vuelve a probarlo.

MUSEO BARNUM

Steven Millhauser

Interzona

Trad: María Negroni

139 páginas

$ 990

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