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El bigote de un gobernador, las barbas del peronismo y el nuevo peinado de Macri

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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29 de enero de 2018  • 00:34

Juan Schiaretti se afeitó el bigote y publicó la foto con su nuevo aspecto en las redes sociales. En Twitter, explicó que estaba cumpliendo la promesa de hacerlo el día que estuviesen en marcha las obras de todos los gasoductos troncales. Sin proponérselo, el gobernador de Córdoba tal vez haya consumado un temor que arrecia en su partido, el peronismo, con las barbas en remojo por la posible perpetuación del macrismo en el poder.

Los múltiples caminos de la oposición siguen siendo la gran ventaja que baraja el oficialismo, aun en estos tiempos en los que el rigor de la economía y la larga espera de mejoras sociales abren dudas sobre la eficacia del Gobierno. Es una circunstancia; nunca es recomendable anticipar victorias basadas en desgracias ajenas.

El peronismo no es uno sino muchas fracciones, tantas como la mirada de su propio futuro de cada dirigente. Schiaretti es un caso extremo por su proximidad explícita al Presidente; el “club del helicóptero” del kirchnerismo, con sus deseos confesos de que Macri se vaya antes y en forma abrupta, es la otra orilla de ese mapa.

En busca de la reelección, el gobernador no descarta un acuerdo con Macri que lo convierta en su candidato. De hecho, hay funcionarios nacionales que no niegan esa posibilidad, aun en contra de las ilusiones de ganar Córdoba que en nombre de Cambiemos tienen los radicales Mario Negri y Ramón Mestre.

Definido como el gobernador opositor con mejor relación con Macri, Schiaretti es un caso más en el laberinto del PJ. Pero no es el único mandatario provincial que anticipará las elecciones en las que jugará su propia suerte de los comicios nacionales. En ese plan también están, al menos por ahora, los gobernadores peronistas de otras provincias como Gustavo Bordet (Entre Ríos), Sergio Uñac (San Juan), Juan Manzur (Tucumán) o Domingo Peppo (Chaco). No pasará el verano hasta que una foto los reúna; una cumbre entre los caciques provinciales del PJ se viene preparando hace semanas para fijar una posición común: menos complacencia con el Gobierno y rechazo a Cristina Kirchner, más lejos del oficialismo, pero sin abrirle la puerta a la expresidenta.

En la provincia de Buenos Aires, una reunión similar a la que planean los gobernadores, fracasó la semana pasada por la misma razón. El kirchnerismo no fue a la cumbre del nuevo presidente partidario, Gustavo Menéndez, advertido de que sería solo aceptado como una fracción más, no como la mayoría hegemónica que fue.

En la provincia, las urgencias son mayores y menores las posibilidades de fuga de la elección nacional, porque las elecciones municipales irán ineludiblemente pegadas, el mismo domingo, a los proyectos de reelección de Mauricio Macri y de la gobernadora María Eugenia Vidal . Desde siempre, el tamaño de Buenos Aires la convierte por volumen, pero también por proximidad, en un apéndice de la estrategia del Presidente. Esa realidad empujó a los intendentes peronistas a los brazos de Cristina, el año pasado, con el resultado conocido: con ella se juntan votos, aunque ya no es posible ganar.

El sindicalismo registró antes que ninguna fracción del peronismo los riesgos que supuso el triunfo macrista en las elecciones de medio término. “Ahora vienen por nosotros”, alertó en noviembre un jefe del sindicalismo, pero no fue escuchado por todos sus compañeros.

Macri no hará nada contra el sindicalismo, pero tampoco pondrá reparos a la serie de investigaciones judiciales que acorralan a varios jefes gremiales, Hugo Moyano incluido. Para los códigos políticos del país, que son los que interpretan los hombres que hoy se sienten acorralados, eso significa que el Presidente impulsa una embestida de los jueces. Esto explica que, como pocas veces en los últimos años, el gremialismo haya retomado los contactos con el ala política del peronismo.

Para los gremios, la idea de estar juntos es más perentoria que para los dirigentes políticos, con la excepción del kirchnerismo, que tiene a su plana mayor presa o procesada.

Sin poder mostrar grandes resultados socioeconómicos, obligado a seguir vendiendo expectativas, Macri gobernará este año con una parte significativa de la oposición angustiada por el rigor de las citaciones de los jueces. Siempre es difícil gobernar cuando una parte importante del poder político se siente acorralado, cerca de perder la libertad. Así se explica, en parte, cierta prudencia y la elección de volar bajo durante el primer semestre del año. Si siempre descreyó de los discursos épicos, Macri pretende tener un perfil ajeno a los roces con el peronismo. No será fácil, por no decir que será casi imposible.

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