El invierno de nuestro descontento
Todos nos reímos. Quizá, si teníamos un día medio flojo o teníamos que levantarle el ánimo a alguien más, reenviamos el video en el que se veía a una presentadora de Canal 26 despidiendo conmocionada (“la magnitud de este hombre”) a William “Bill” Shakespeare, un jubilado fallecido en Warwickshire, Inglaterra, a los 81 años, a causa de una embolia cerebral. Era altamente improbable que nuestro día fuera peor que el que estaban atravesando la presentadora y sus productores, convencidos de ser contemporáneos de “uno de los más importantes escritores, para mí el referente de la lengua inglesa”, seleccionado además por los hados para convertirse en el primer británico en recibir la vacuna contra el Covid-19. Murió cinco meses después de ese hito médico, seguramente el último de una larga cadena de acontecimientos vividos como doble de su conciudadano, que creíamos muerto el 23 de abril de 1616.
Siguiendo esa lógica dislocada, ¿cómo podría haber sido de otro modo? Salvo la reina Isabel II, ¿a qué otra figura británica habría que proteger de la Covid-19 antes que al Bardo, quien demostraba haber adquirido en los últimos 457 años el don de la inmortalidad literal? El zócalo reproducido en las imágenes de Canal 26 se obstinaba en afirmar, en una verdadera avalancha de equívocos, que Shakespeare era el segundo y no el primer británico en recibir “la vacuna de Astra Zeneca” (le dieron la de Pfizer). El turno debiera haberle llegado antes al dramaturgo que la soberana. Estaba primero para el turno de vacunación de los +200.
Es entendible que ningún diario británico pudiera resistirse entonces a titular “Shakespeare recibe vacuna contra el coronavirus: a buen fin no hay mal principio” y que ahora nuestra gaffe televisiva hubiese llegado a las páginas de The Guardian (allí, para igualar los tantos, también se lucía la malevolencia de los usuarios locales de Twitter, haciendo leña del árbol caído como si no hubiese un mañana). ¿Cómo evitar el escape hacia el absurdo? Los paralelismos son tan evidentes como para sospecharlos producto de un deus ex machina isabelino: en nuestro presente el pobre Bill, el segundo año de pandemia de coronavirus y la reapertura hace apenas diez días del West End tras meses de confinamiento; en el pasado, William y los recurrentes brotes de peste bubónica (el de 1593 mató a 10.000 londinenses, y el de 1603 terminó con la vida de una quinta parte de sus habitantes). La plaga hizo que la predecesora de Isabel II decretara prolongados cierres de los teatros como -diríamos ahora- parte de las restricciones sanitarias. Entre las escasas afirmaciones que los estudiosos se aventuran a hacer sobre la vida del dramaturgo está el hecho de que lejos de volver a Stratford-upon-Avon y a los brazos de su mujer, Anne Hathaway (que no, Canal 26, no es la actriz ganadora del Oscar que nos deleitó en El diablo viste a la moda) prefirió quedarse en su teatro, junto a su compañía y a sus rivales, escribiendo. Y, acaso inevitablemente, escribió tragedias: Rey Lear, Macbeth, Antonio y Cleopatra, Coriolano, Timón de Atenas.
Nadie muere de peste bubónica en las obras de Shakespeare, afirma el especialista James Shapiro, aunque los estragos de esa pandemia deben haber sido inimaginables y omnipresentes para el creador y para su público. Cuando la peste aparece en escena, dice Shapiro en The Year of Lear, su impacto es mayúsculo: es lo que evita que Fray Juan, puesto en cuarentena, pueda aclarar el engaño de los amantes y así asegurar el final feliz de Romeo y Julieta. Y es la plaga también -al menos en la certeza de Hamnet, de Maggie O′Farrell- la responsable de forjar a “nuestro” William Shakespeare, al arrancarle a su hijo mellizo de 11 años, quien volverá a la vida como el joven príncipe danés que nunca llegaría a ser.
Llegando el invierno de nuestro descontento, sin pronóstico de salida del sol de York, por lo menos podemos reír. Ese regalo es la obra póstuma de Bill Shakespeare.








