El legado democrático de José Nun

Distintos intelectuales y académicos abordaron el pensamiento del sociólogo argentino en José Nun y las ciencias sociales. Aportes que perduran (Biblos): aquí un fragmento sobre la mirada cortoplacista que prevalece en nuestro país
Mariana Heredia
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1 de febrero de 2020  

El sociólogo José Nun
El sociólogo José Nun Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo

Desde aquel primer artículo sobre los golpes militares de clase media hasta sus escritos más recientes sobre los impuestos y la desigualdad, la pregunta sobre la democracia no dejó nunca de acompañar a José Nun, quien fue abordándola desde distintas aristas. A la exploración sobre las tensiones entre el régimen económico y el político y la capacidad de los partidos y poderes públicos latinoamericanos de atender las demandas del pueblo, le siguieron las reflexiones sobre el ejercicio de la ciudadanía, la construcción de una cultura cívica, la particular configuración de los lazos de representación en América Latina y la Argentina. Precisamente porque su obsesión se desplegó durante décadas y desde ángulos diferentes, es imposible identificar una sola obra donde Nun haya agotado su reflexión sobre la democracia. Incluso si dejamos de lado los textos donde se centra en otras preocupaciones (la marginalidad o el sentido común), necesitamos recorrer un conjunto de trabajos para hacernos herederos de sus análisis sobre la democracia. Sin duda, en la medida en que Nun fue un testigo privilegiado del derrotero político de su tiempo, sus ideas tienen la huella de los desafíos que signaron cada momento. No obstante, como todos los clásicos, cuando uno destila el contenido de sus obras, encuentra elementos fundamentales que tensionan a las democracias occidentales y a la Argentina muy particularmente. [...]

Democracia y el largo plazo

La obra de Nun mantiene su vigencia por su capacidad para identificar ciertos rasgos de la dinámica política argentina que se revelaron particularmente perdurables a lo largo del tiempo. La primera amenaza que conspira contra la posibilidad de consolidar el régimen democrático es la recurrencia del colapso. En la Argentina, la crisis parece una invitada perseverante, a veces un poco impuntual, que cada diez años pone en jaque a las instituciones. Algunos alegarán que la capacidad del régimen político instaurado en 1983 de procesar graves dificultades económicas es una medida de su conquistada lozanía. Nun rechaza la distinción entre economía y política, y plantea una definición exigente de democracia que no se limita a la preservación de ciertos procedimientos y que requiere el apoyo activo de la ciudadanía así como ciertas esperanzas de construir alguna forma de progreso colectivo. Desde su punto de vista, en la medida en que las guerras y los colapsos económicos socavan la confianza pública y afectan las condiciones de vida de las mayorías, son contrarios a la democracia. [...]

La segunda amenaza identificada es hija de la primera: el persistente cortoplacismo. Como plantea tempranamente en 1987, la reducción del horizonte temporal con el que actúan los actores en la Argentina no puede reprocharse solo a las elites. Si bien coincide con Jorge Sábato y Jorge Schvarzer en que quienes ocupan posiciones más aventajadas están en mejores condiciones para obtener beneficios de la inestabilidad política y económica, Nun toma distancia de la "tesis excesivamente economicista" defendida por estos autores. Por un lado, advierte que la burguesía argentina no se caracteriza por "la continuidad" y "la identidad fija" que se le atribuye. Por el otro, ante el desorden argentino, afirma: "El argumento se vuelve más plausible, sin embargo, cuando se lo refiere al sistema en general y no a los actores, porque esa orientación cortoplacista de índole especulativa, guiada por el lucro rápido antes que por la inversión productiva, constituye ciertamente un principio organizativo de largo plazo del capitalismo argentino".

Abigarradamente ligada a las anteriores, se presenta la tercera amenaza que pesa sobre la democracia argentina: los estilos de representación unanimistas. Desarrollado especialmente en el artículo sobre las transformaciones del peronismo de 1995, para Nun este rasgo no se circunscribe a esta formación política sino que puede hacerse extensible a todos los grandes movimientos políticos que conoció el país. En sus palabras: "Si existen estilos nacionales de hacer política, ciertamente la tradición argentina de las últimas décadas no es una de gobernados que tiendan a la acción organizada y autónoma ni de gobernantes que tomen naturalmente como reglas constitutivas de sus mandatos la limitación de atribuciones o la rendición de cuentas al público. Esta propensión cesarista ha sido siempre vigorosa en el peronismo y es lo que permite que el aura populista del menemismo no se haya disipado del todo [.]. En el siglo pasado, Alberdi vaticinó que la única 'república posible' entre los argentinos sería una monarquía con fachada republicana, que unificase a las elites y ejerciese el poder en representación de las clases propietarias. Hay que reconocer que, en materia de vaticinios, este ha probado ser hasta ahora bastante más perdurable que la mayoría".

No es sorprendente que tanto en lo que concierne al crecimiento económico como a la legitimidad política, la Argentina alterne entre lo que podemos identificar como la cuarta amenaza: las burbujas y sus desgastes. Sus observaciones de 1991 revelan una notable actualidad: "Su forma general sería más o menos esta: 1) ascenso al gobierno de políticos que consiguen una mayoría electoral en base a las abundantes y atractivas promesas que realizan; 2) ante la magnitud de la crisis con que entonces se encuentran, fuerte centralización de las decisiones en el nivel ejecutivo, postergando y debilitando al Parlamento y a los partidos políticos e incrementando así aun más las expectativas en torno de un liderazgo providencial; 3) al cabo de un tiempo, creciente defraudación de estas expectativas y rápida caída de la popularidad presidencial; 4) desencanto consiguiente de amplios sectores de la población que, a medida que avanza el ciclo, termina convirtiéndose en una extendida falta de credibilidad en la mayoría de los dirigentes políticos; 5) repliegue defensivo en lo privado, apatía cívica y ensanchamiento acelerado de la brecha entre la legalidad y la legitimidad".

En consonancia con las preocupaciones de Carlos Nino (1992), Nun subraya que estas amenazas confluyen y a la vez perpetúan la debilidad de los valores y las normas sociales. En un diagnóstico que ilumina la importancia de los intelectuales pero también sus limitaciones, el autor apunta que la distancia entre las normas y las prácticas no se resuelve con declaraciones políticas y públicas grandilocuentes. Si bien los discursos pueden despertar en la ciudadanía la sensibilidad por la igualdad y la justicia, esto no alcanza para difundir instituciones y prácticas igualitarias y justas. Si no se corresponden con medidas que fortalezcan la confianza pública y la solidaridad, el riesgo es descalificar el valor de la palabra pública y política.

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