El peligro mayor es el continuismo

Los intentos presidenciales de perpetuarse en el poder implican un alto costo institucional
Moisés Naím
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10 de abril de 2016  

El populismo nunca se va acabar, ni en América Latina ni en el mundo. El populismo es de derecha y de izquierda, de los políticos ambientalistas y de quienes niegan el cambio climático, de los proteccionistas y de quienes promueven la apertura económica. Se encuentra entre los políticos más religiosos y entre líderes laicos.

Mientras haya personas que quieran oír promesas que les hagan sentirse bien, habrá políticos que les dirán lo que quieren oír. En un mundo de cambios tan acelerados, de nuevas amenazas difíciles de entender, y lleno de incertidumbres, quienes prometen seguridad y certezas, dan garantías y alivian ansiedades, atraen seguidores.

El problema con el populismo que existió en América Latina en la primera década y media del siglo XXI es que fue amplificado por la bonanza económica que vivió la región. Ahora la bonanza se acabó y, con su final, también se acabó la posibilidad de financiar el híperpopulismo que se vivió en Venezuela o la Argentina y, con menores excesos, en el resto de la región.

No hay duda de que los resultados de las elecciones presidenciales en la Argentina, de las legislativas en Venezuela, la derrota del referéndum a través del cual Evo Morales buscó continuar en la presidencia de Bolivia, así como también la caída en el apoyo popular a Rafael Correa, se deben a la fatiga de los votantes con regímenes que los han gobernado por más de una década.

Pero hay más. La mala situación económica también disminuyó la tolerancia de la población hacia la corrupción. La separación de la presidencia de Guatemala por vías institucionales de Otto Pérez Molina, las masivas protestas populares pidiendo la renuncia de Dilma Rousseff y los escándalos de corrupción que acosan a Lula da Silva y a los presidentes de México y de Chile son también señales de que la impunidad de los corruptos es menos tolerada en América Latina.

Pero es importante entender que una amenaza mayor que el populismo es la reelección presidencial. Si un gobierno es inepto, indecente o insensible a los clamores de la gente, en las siguientes elecciones los votantes lo reemplazarán. Pero un mal presidente que se las arregla para perpetuarse en el poder perpetúa el mal gobierno.

Esta regla sagrada de la democracia, la alternancia, ha venido siendo violada en América Latina. Los presidentes que llegan al poder por los votos pero rápidamente se las arreglan para trampear normas, controlar el tribunal electoral, comprar legisladores, jueces y magistrados, o usar fondos públicos para su reelección, se han convertido en un fenómeno frecuente en América Latina.

Un truco común es el de promover cambios en la Constitución del país. Suele presentarse como una iniciativa para luchar contra la corrupción y la exclusión social, modernizar el Estado y otros objetivos loables. Pero el verdadero objetivo es concentrar poder en el Ejecutivo, alargar el período presidencial y permitir la reelección del presidente.

América Latina ha entrado en una etapa en la cual los gobiernos ya no tendrán tanto dinero para programas populistas. Ojalá también entre en una etapa en la cual ningún presidente pueda ser reelecto. Esto puede tener costos, pero serán siempre menores que los de tener presidentes que gobiernan para prolongar su estadía en el palacio presidencial. Presidentes de América Latina: un periodo y después fuera del gobierno. Para siempre.

* Exclusiva para el GDA

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