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Literatura

El verano. La estación del recreo y los deslumbramientos

José María Brindisi
(0)
18 de enero de 2020  

"Lectura" y "verano" son dos términos que frecuentemente se entreveran de manera equívoca, cuando no nefasta: en lugar de la instancia ideal para vérselas con aquellos libros a los que el trajín cotidiano no les da demasiadas oportunidades, suele pensarse la pausa estival como un recreo de tiempo completo, como si la lectura fuese un trabajo forzado o un trámite engorroso al que debemos acudir por obligación.

Algo de esa ligereza sobrevive, dentro de la ficción, en el verano como argumento, paisaje o estado de ánimo, y es justamente el contraste entre sus connotaciones festivas y volátiles y las pasiones que luego se despliegan un núcleo que la literatura aprovecha a diario, con absoluta lógica realista. Aquello de que el verano es la estación del amor resulta imperdonable no solo por tratarse de un cliché, sino también por lo impreciso, pudoroso, eufemístico: el verano es ante todo -en esas lides- la estación del sexo, salvo que uno crea en las hadas, y en todo caso lo que pueda llegar después excede ampliamente el espíritu y las promesas veraniegas.

También es, el verano, la época de los deslumbramientos, de las revelaciones, y asimismo de los cheques sin fondos. En ese arco que con frecuencia va de la iluminación a la tragedia, novelas como Buenos días, tristeza de Françoise Sagan, o La muerte en Venecia de Thomas Mann, marcaron hitos insoslayables, y de paso ambas servirían para probar, en las respectivas adaptaciones de Otto Preminger y Luchino Visconti, que el cine podía no solo estar a la altura de semejantes desafíos, sino incluso superarlos.

Otras veces, el verano es una época que actúa como bálsamo, un disparador de recuerdos que rescatan a los personajes del abismo o la inminencia del vacío, como sucede en la delicadísima novela de John Banville El mar; o bien, como en El corto verano de la anarquía de Hans Magnus Enzensberger, el verano es la esperanza, un estado de ánimo, la corporización del sueño; y en ocasiones es una revolución de los sentidos, una intensidad que no puede durar, que deberá transformarse o morir. Es el caso de la ya mítica Juego y distracción, del recientemente fallecido James Salter, cuyo capítulo inicial cierra respecto de ello con elocuencia extrema: "El verano ha terminado. El jardín se marchita. Las mañanas son frías. Tengo treinta, tengo treinta y cuatro años: los años se secan como hojas".

Situada en un polo bien alejado de todas esas peripecias y tonalidades, El libro del verano, de la finlandesa Tove Jansson, es además de un notable rescate una obra inclasificable, y allí radica sin duda una de sus virtudes esenciales. Antes que nada hay que decir que Jansson, reconocida como artista plástica en el universo nórdico desde su adolescencia, fue autora de una saga de historietas -protagonizada por la familia Mumin- publicada durante el cuarto de siglo posterior a la Segunda Guerra Mundial, que la convirtió en una verdadera celebridad de la literatura infantil. El libro del verano, de 1972, pertenece entonces a la etapa inmediatamente posterior de su producción, que sin embargo de modo bien visible establece lazos cercanos con su predecesora, y quizá gracias a ello parece tan espontánea e inoxidable.

¿Qué es este libro? Difícil asegurarlo, pese a su aparente sencillez. Se trata de una serie de relatos breves, más o menos entrelazados, sobre la relación entre una niña, de aproximadamente seis años, y su abuela. Hay una madre fallecida años atrás, a la que apenas se menciona, y un padre solo un poco más presente, una suerte de enigma que atraviesa el vínculo entre ambas de a ratos para recordarles que existe, y que ahí está si lo necesitan. Ambas ausencias se cuentan sin ninguna gravedad, lo que se torna mucho más singular si entendemos que la familia reside en una pequeña isla, cercana a otras de su especie, en el golfo de Finlandia.

Así como el espacio parece estar más o menos definido -la isla es un límite, pero también una promesa extraordinaria-, el tiempo es ambiguo: podría tratarse de un verano, o varios. El verano es, para la pequeña Sophia, el tiempo de los descubrimientos; para su abuela, el de la contemplación -en particular de la naturaleza- y la reflexión; para ambas, un espacio en blanco, que Jansson inscribe con sabiduría poética, sin transitar uno solo de los lugares comunes que parecerían destinados a una relación de ese tipo.

La mayoría de las veces, Sophia y su abuela comparten ínfimas aventuras. Visitan furtivamente la casa fastuosa, fuera de contexto, que un empresario construye en la isla de enfrente, y son sorprendidas por él. Van a un bosque cercano, en el que encuentran huesos de animales que nunca han logrado ver; a una cueva misteriosa, de la que vuelven con cientos de champignones; se bañan en el lago y Sophia, que no hace pie y sabe que podría estar en peligro, se dice a sí misma que "no se puede confiar en la gente que te deja hacer lo que quieres" (poco después de preguntarle a su abuela sin ninguna sensiblería cuándo se iba a morir, y de obtener como respuesta un "Pronto, pero no es asunto tuyo").

También reciben visitas: una amiga de Sophia a quien todo asusta, un vecino silencioso e inquieto con el que pasan la noche de San Juan sobre un bote, los dueños de un barco que hacen una fiesta al otro lado de la isla. Pero el secreto, siempre, está en la interrelación entre esas dos mujeres que se hallan en los extremos opuestos de la vida. Y en el verano, que algunas veces nunca se acaba.

EL LIBRO DEL VERANO

Tove Jansson

Cía. Naviera Ilimitada

Trad. Christian Kupchik

213 páginas, $ 750

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