¿Es un monstruo, un alien, un robot? Bueno, es Michael Jackson
Había cambiado su cara y el color de su piel mucho antes de que la mayoría de nosotros escuchara hablar de cirugías
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No sé si lo vieron: una noche, hace un par de meses, Michael Jackson resucitó. En serio. Fue en Las Vegas, a poco de cumplirse los cinco años de su muerte, en la entrega de los Billboard Music Awards. Que lo haya hecho en forma de holograma para promocionar su segundo disco póstumo no es de las cosas más raras que se pudieran esperar de él. Al fin y al cabo, estamos hablando de alguien que había cambiado su cara y el color de su piel mucho antes de que la mayoría de nosotros escuchara hablar de cirugías estéticas, que dormía en cámaras hiperbáricas o salía de gira con un suministro extra de su propia sangre décadas antes de que todos se obsesionaran con los beneficios de una alimentación sana y una vida saludable. De alguien que fue acosado por su padre y se convirtió en una celebridad antes de tener conciencia (de chico miraba dibujos animados donde el protagonista era...él), que coleccionaba maniquíes, que construyó un parque de diversiones privado para niños terminales, que se casó con la hija de Elvis Presley, que fue denunciado (y absuelto) dos veces por pedofilia y que concibió tres hijos sin la necesidad de tener relaciones sexuales con su mujer.
Michael Jackson fue una de las figuras más complejas de la historia contemporánea, en cuya biografía convergen muchos de los problemas de nuestras sociedades
Michael Joseph Jackson fue todo eso y también era el dueño de las canciones de Los Beatles, el artista con el disco más vendido de la historia (Thriller, 65 millones de copias), el primer cantante negro en aparecer en MTV y romper la segregación racial de la televisión estadounidense. Y también: una especie de alien musitante cuyo lenguaje (hecho de tics, hipos, espasmos y gemidos) estaba más allá de lo humano, la más grande estrella de la posmodernidad y una de las figuras más complejas de la historia contemporánea, en cuya biografía convergen muchos de los problemas de nuestras sociedades (y por eso resulta tan fascinante).
A fines de 2009, el año de su muerte, apareció en los Estados Unidos un libro que ahora rescata en castellano la editorial Caja Negra y se llama Jacksonismo. Michael Jackson como síntoma. Como antes hicieran el alemán Diedrich Diederichsen con Britney Spears o el inglés Simon Reynolds con Madonna, Jacksonismo está compuesto de una serie de ensayos donde la figura del músico es diseccionada en sus múltiples dimensiones (artista/músico/hombre/producto/mito): un fenómeno pop eviscerado por la teoría crítica. Salvo un par de textos innecesariamente farragosos, en el libro hay una veintena de artículos muy estimulantes que permiten pensar y entender la historia de Jackson en su contexto, es decir, en paralelo al nacimiento de la música televisada, las audiencias globalizadas, el marketing universal de las utopías y las singularidades y el despliegue de un capitalismo virtualmente ilimitado. Como adelanta en el prólogo Mark Fisher, profesor de filosofía y compilador de esta antología, "su muerte ocurrió justo después de la desintegración de la economía y de la elección de Barack Obama como presidente, en el final de una era que él mismo, más que nadie, había ayudado a definir". Una era que había comenzado a principios de los 80, con Ronald Reagan y Margaret Thatcher en el gobierno, que tenía como destino la exportación del ideario neoliberal al mundo, y que mostró por primera vez el rostro de la naciente globalización.
Jackson no era un gran músico ni un gran compositor sino un intérprete con una voz genial
Jackson no era un gran músico ni un gran compositor sino un intérprete con una voz genial: esa es una de las primeras cosas que quedan claras en el libro. La obra que usualmente se rescata son apenas sus primeros dos discos (
Off the Wall
y
Thriller
) y, de ellos, no todos los temas. También se recuerda que su paso de baile más famoso (el
moonwalk
) no es ni siquiera de
. Barney Hoskyns escribe: "Jackson no fue un innovador. No influyó en el desarrollo de la música pop afroamericana como James Brown, Stevie Wonder, Jimi Hendrix o Prince. Lo que poseía era una visión de lo que podía ser un entertainer afroamericano: tomó la idea de confeccionar un pop negro para adolescentes blancos y hacerlo global: una estrella híbrida rutilante que empequeñecería incluso a Elvis Presley". Si bien Mark Fisher cree que "Billie Jean" es "una de las más grandes obras de arte del siglo XX", también manifiesta sus reparos: "Podría haber sido un emblema de la universalidad
queer
, si su disforia y su rareza hubieran encontrado la forma de llegar a la música. Lo que llegó, en cambio, fue un Edipo gótico con sus dramas privados y un sentimentalismo consensuado que se reflejó en insípidas canciones artificialmente edulcoradas". Peter Lester, quien escribe uno de los textos más ecuánimes y honestos de todo el libro ("Los veinte grandes hits de Michael Jackson") es contundente: "No fue el Rey del Pop. Fue el Rey de las estrellas pop".
Los veinte ensayos buscan eludir la hagiografía y el sentimentalismo, y lo hacen con éxito a pesar de haber sido escritos, casi todos, a poco de la muerte del músico. Como se dijo, uno de los mayores aportes del libro (presente desde el mismo subtítulo) reside en la posibilidad de pensar a Jackson como síntoma, y como un actor emergente de un momento histórico determinado.
Fuera de la historia, fuera de cualquier categoría de raza, género o clase, Jackson era al mismo tiempo el 'todos' y el 'nadie' del liberalismo
Steven Shaviro rescata una de las facetas positivas de su irrupción en la industria del entretenimiento, al observar que "Jackson fue la primera superestrella negra de la era posterior a los derechos civiles, el primero en lograr que una expresión reconociblemente afroamericana llegara al púbico de una forma que no fuera ni una atracción exótica para blancos, ni se presentara demasiado diluida". Y Jeremy Gilbert señala lo que podría considerarse su reverso: "Si había una figura que representara globalmente la cultura universal que estaba por llegar era la figura eternamente joven, aparentemente inmortal y que desafiaba la gravedad de ese Michael Jackson de la era
Thriller-Bad-Pepsi
. Fuera de la historia, fuera de cualquier categoría de raza, género o clase, Jackson era al mismo tiempo el 'todos' y el 'nadie' del liberalismo".
Esta disección masiva del significante Michael Jackson ilumina una biografía tan inusual como trágica, que a partir del éxito de Thriller se acelera en un espiral de paranoia y desesperación. "Uno de los signos de la locura de este hombre era su incapacidad para ver la contradicción entre la forma en que se quejaba de que no lo dejaban en paz y sus apariciones públicas, en las que imitaba en algunos casos a un dictador y, en otros, a Cristo", escribe Owen Hatherley. Y Steven Shaviro completa: "Su sufrimiento y su rareza son expresiones por antonomasia de la vida y de la sociedad estadounidense en esta era neoliberal". Lo que es casi lo mismo que decir de la vida y la sociedad en la que buena parte de todos nosotros vivimos.









