Fernández, en busca de un relato

Diego Sehinkman
Diego Sehinkman PARA LA NACION
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16 de noviembre de 2019  

Y así, despacito, esta experiencia de gobierno no peronista llamada Cambiemos va llegando al final. Quiso ser desarrollista -Macri citó a Frondizi en su discurso de asunción en 2015-, por momentos fue liberal moderno, en otros liberal conservador, mientras algunos de sus integrantes se identificaban con la socialdemocracia. ¿Qué fue Cambiemos? Lo que pudo ser. Por herencia y limitaciones propias. Para sus votantes es duro hacer el downsizing, es decir, el achicamiento de expectativas: Macri venía a cambiar la historia. ¿Y cambió la historia? No, cambió el manual de historia: va a llegar al final del mandato. ¿Es poco? No, muchísimo, a la luz de lo que pasa en el vecindario latinoamericano. En un ejercicio de aprendizaje colectivo, los argentinos entendieron que la pérdida del valor de la moneda por sucesivas devaluaciones es grave, pero más grave es devaluar la democracia. ¿Hay grieta? Sí, pero no hay terremoto. Las demandas sociales están canalizadas en grandes espacios políticos, bien representados y con contorno definido. En síntesis: hasta el próximo piedrazo somos Suiza. Disfrutemos.

¿Qué clase de ave política es Alberto Fernández? Los ornitólogos se frotan los ojos, vuelven a mirar por el largavistas y sacuden la cabeza, perplejos. Cuando fue nombrado candidato a presidente por Cristina se presentaba como aquel que encabezaría una vuelta "al primer kirchnerismo", al de Néstor. Pero Néstor tardó dos años en pelearse con el "imperio". De 2003 a 2005 tuvo un razonable vínculo con Bush. Todos recuerdan aquella foto tomada el 23 de julio de 2003, en la Casa Blanca, cuando Kirchner apoyó su mano sobre la rodilla de Bush. Si desde la comunicación no verbal fue un gesto para marcar que la Argentina no iba a ser sometida, en todo caso el gesto fue sutil. Hasta el "ALCA al carajo" de Mar del Plata 2005 y el quiebre de la relación con EE. UU. pasarían dos años y, es bueno recordar, había hilo -soja- en el carretel. Lo que no fue sutil, en cambio, fue la frase de esta semana de Alberto Fernández hacia Trump: "Estados Unidos volvió a las peores épocas de los años setenta, avalando intervenciones militares contra gobiernos populares". ¿Cuánto puede afectar una declaración de esta naturaleza el vínculo con Trump, un hombre tan poderoso como impulsivo y, sobre todo, tan influyente sobre el FMI? Recordemos que la economía argentina está sostenida en dos grisines. Y que Trump, eventualmente, gusta de los carbohidratos.

En un principio se creyó ver en Fernández un cambio de color discursivo según el auditorio. En el Malba, ante el círculo rojo, fue de centro. Pero con el correr de las semanas no hubo más mutaciones cromáticas. Fue girando hacia un discurso más parecido al de Cristina. ¿Acaso para distribuir entre su base electoral la "riqueza simbólica" porque cuando asuma no habrá riqueza material para repartir?

En ese sentido, el de la riqueza simbólica, veamos lo que ocurrió en Bolivia. El politólogo Andrés Malamud dice que los golpes de Estado pueden ser restauradores, moderadores, burocrático-autoritarios o revolucionarios. "Bolivia podría responder a la primera o la segunda opción, en función del régimen que lo suceda -dice Malamud-. El restaurador busca reconstruir un orden anterior, predemocrático, generalmente conservador y excluyente. El moderador busca regenerar una democracia herida".

Sea de la textura que fuera, lo ocurrido en Bolivia le confirma al kirchnerismo el hallazgo paleontológico que estaba esperando: los "dinosaurios" estarían vivos. (Con Maldonado ya alguien con binoculares había reportado el avistaje de un Falcón verde). No importa que en la Argentina rija con pleno vigor el consenso del 83, aquel que postula la estabilidad democrática como innegociable. Bolivia, habitual proveedor de gas, provee ahora un combustible más rendidor: el relato que el kirchnerismo necesita para reforzar su identidad y, sobre todo, aglutinar a la tropa antes del período de escasez que viene.

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