Fortaleza y resiliencia en tiempos de pandemia

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20 de julio de 2020  • 21:34

Nos encontramos hoy desafiados en múltiples facetas, porque de algún modo nos enfrentamos a nuestra propia vulnerabilidad. Durante este tiempo, las medidas dispuestas por las autoridades nos llevaron a transitar diferentes estadios, físicos y anímicos, que pusieron a prueba nuestra consistencia y elevaron nuestros umbrales de tolerancia. Tanto que, después de meses de aislamiento, comprobamos que la supervivencia durante la pandemia no demanda la realización de actos sobrehumanos, sino la puesta en valor de los pequeños esfuerzos cotidianos que nos permiten seguir adelante.

La fortaleza es una virtud cardinal. Como toda virtud humana, compone una capacidad que se aprende y se mejora. En el contexto actual, estamos llamados a expandirla mediante la formación de hábitos positivos: una experiencia que se instala como necesidad a la hora de afrontar los retos derivados de esta contingencia y también -por qué no- de salir enteros y airosos del trance.

La fortaleza tiene dos dimensiones que se entrelazan: resistir y acometer. Ya Tomás de Aquino advertía la existencia de un principio activo en la resistencia, que describía como "una potente actividad del alma". Porque soportar no es sinónimo de pasividad; por el contrario, quien resiste incursiona en una empresa que demanda una alta dosis de energía. De ahí que la paciencia sea un componente central que nos habilita a sortear con serenidad y firmeza de carácter penurias y sinsabores. Así, la persona fuerte sabe ser paciente y contrarrestar los impulsos. Y lo hace con la expectativa de concreción de un segundo movimiento: la embestida, que consiste en tomar la iniciativa y pasar a la acción en el instante indicado. Ni antes, ni después.

Existe una pedagogía de la fortaleza, pues se enseña, se aprende y se acrecienta con el correr de los años

Lejos de estas consideraciones, las representaciones corrientes de la fortaleza la sitúan en un mismo plano con la agresividad o la temeridad. Son miradas extremas e imprecisas, ya que ser fuerte no equivale a no tener miedo, sino que es fuerte quien puede sobreponerse a sus temores y encuentra un sentido potente en este ejercicio. Precisamente cuando la propia seguridad se tambalea, comienza a despuntar esta virtud.

Existe una pedagogía de la fortaleza, pues se enseña, se aprende y se acrecienta con el correr de los años. Y hallamos múltiples oportunidades en la cotidianidad para asumir rutinas que la favorezcan. En esta vida familiar ensanchada por el aislamiento, la suspensión de clases, el teletrabajo y la convivencia intensiva, padres y madres pueden inspirar su progreso en los hijos y también en ellos mismos. Esto supone dinamismo, empuje continuado, superación de obstáculos y perseverancia en las metas. Y exige otra capacidad concurrente: la resiliencia, que Boris Cyrulnik define como el inicio de un desarrollo después de un trauma.

La resiliencia está en marcha siempre, si bien la primera infancia es fundamental para estructurar al niño en un entorno seguro y predecible, sobre la base de un apego que se teje en el día a día. Por eso, en esta etapa especial marcada por la emergencia sanitaria, estamos llamados a afianzar nuestros vínculos parentales, de manera que confieran seguridad a los hijos, que les den la posibilidad de anticipar los comportamientos de sus adultos referentes y les brinden tranquilidad, contribuyendo al incremento de su autoconfianza. El resultado será que niños y niñas tendrán dadas las condiciones para devenir fuertes y resilientes, capaces de plantarse frente a la adversidad, de vencer dificultades, de iniciar caminos largos y luchar por un ideal.

Vale remarcar que de la gestión de las adversidades saldremos transformados toda vez que conservemos una visión amplia y generosa, y un propósito de superación. En esta trama de pandemia y confinamiento, fortaleza y resiliencia se presentan como vías hacia el crecimiento personal, aspiracionales y claves para la apertura de escenarios futuros.

Familióloga, especialista en Educación, directora de la Licenciatura en Orientación Familiar de la Universidad Austral

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