Francisco, el más argentino de todos
Siempre me molestó ese cliché del argentino como fanfarrón, pedante y soberbio. No porque no haya argentinos así, sino porque no parecen los rasgos más identificativos de la argentinidad.
Después de vivir en Rusia algún tiempo, comprobé que hay muchas otras características propias del ser nacional que se añoran con nostalgia a la distancia porque son particulares entre los nacidos en esta tierra, mucho más que la fanfarronería o la soberbia.
Esta afirmación se basa apenas en casuística personal, pero confirmada por otros tantos compatriotas. ¿Cuántos argentinos con los que uno trata habitualmente son fanfarrones, pedantes o soberbios? ¿Es la característica predominante entre la gente que uno conoce? Sin miedo a equivocarme puedo decir que no.
Y ahora que el papa Francisco ha sido puesto bajo la lupa de todos en la principal potencia del planeta, resulta claro que mucho de lo que atrapó, lo que sedujo y lo que sorprendió de él tuvo que ver con sus raíces. No es por "fanfarronear", pero el Papa es el argentino más argentino nacido en estas tierras.
Cuando Barack Obama identificó en la Casa Blanca entre los ejes fundamentales del testimonio de Francisco el "recibir al otro con el corazón verdaderamente abierto", estaba describiendo en realidad a tantos otros millones de argentinos.
Y, como complemento de este rasgo, en el alma nacional hay además una particular sensibilidad para percibir cuando alguien no se comunica con el corazón realmente abierto.
No en vano aquí se acuñaron frases muy locales que son una exhortación a la franqueza y la sinceridad: "No seas chanta", "No versees", "Batí la justa", "¿De qué te la das?" o la que el propio Papa suele decir: "No te la creas".
Cuando uno vive en otras culturas añora mucho esta posibilidad de animar al otro a ser más transparente con lo que siente o piensa. En otros países resulta muy difícil, si no imposible, hacer que otro hable "a calzón quitado" si no hay un alto grado de confianza.
Otra característica de Francisco muy propia de los argentinos es su tendencia a jugar con las palabras y utilizar un argot coloquial. Éste es un rasgo que incluso diferencia al argentino de otros países de habla hispana. Este papa que exhorta a no "ningunear" al otro, a "primerearlo" en las muestras de afecto, a no quedarse "balconeando" en la vida, o a "empacharse" del amor de Dios pone a los vaticanistas en serios aprietos cuando intentan traducir sus expresiones a otras lenguas.
Será porque el crisol de razas e idiomas dio pie a infinidad de palabras nuevas creando incluso un argot como el lunfardo, pero lo cierto es que los argentinos se divierten con esta posibilidad de ser juguetones con el lenguaje.
Son varios los rasgos argentinísimos de Francisco, como su poco gusto por los autoritarismos, su rechazo visceral por la guerra o el no sentirse incómodo con una cierta cuota de "lío".
Pero una de sus características más bellas es ese don de gentes, esa facilidad para la socialización que lo lleva a ponerse a tomar mate con desconocidos, llamar por teléfono a medio mundo y sentirse mucho más cómodo almorzando con los empleados en una mesa larga del comedor de Santa Marta que en un palacio lujoso del Vaticano.
Así le está dando a su pontificado un sello personal. Como jefe de la Iglesia Católica, en la mesa universal que atiende el argentino Francisco hay lugar para todos, casi, casi como en cualquier asado de amigos de un domingo por la tarde.







