Hay que dejar de ser excluyentes: se pueden sumar científicos y CEO's

Fabio J. Quetglas
Fabio J. Quetglas PARA LA NACION
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9 de agosto de 2020  • 18:15

Tal vez como nunca antes, la opinión pública sigue las noticias del mundo científico y la industria farmacéutica con la esperanza de que en algunos meses la humanidad disponga una vacuna efectiva, para despejar la amenaza que el coronavirus ha instalado.

Soy optimista. El talento humano se impondrá a este desafío. Creo que pronto, esta larga cuarentena será material para guionistas, y objeto de reflexión para todas las disciplinas académicas.

La confianza que alimenta mi optimismo no es vacua; la humanidad ha desarrollado una capacidad de respuesta deslumbrante y a pesar de la competencia librada por los laboratorios e industrias, también en estos meses la información da cuenta de muy significativos hechos de responsabilidad, información compartida y cooperación.

Cuando los controles públicos confirmen la capacidad de respuesta de una vacuna, y nos den las garantías legales para su uso, empezará otra odisea: producir en cantidad y calidad miles de millones de dosis y hacerla llegar con los cuidados que correspondan a los rincones más recónditos del planeta, para adquirir una inmunidad que nos permita superar las actuales restricciones.

A diferencia de las falsas dicotomías a que somos tan afectos, al final del camino, necesitaremos no solo del saber científico, sino de un sector público calificado en los controles, y de empresas que produzcan y gestionen volúmenes inmensos de información, recursos y capacidades de todo tipo (desde centros de producción, hasta lugares de almacenamiento, desde flujos financieros hasta cuidados logísticos) para producir el resultado esperado: la tranquilidad de saber que podemos recuperar el margen de decisión sobre nuestras acciones, sin poner en riesgo a terceros.

Esto viene a cuento, de los dichos del Presidente ante la Asamblea Legislativa respecto de su gobierno, cuando afirmó: "Será un gobierno de científicos, no de CEOs".

Estamos demasiado acostumbrados a ser excluyentes; es una derivación de creer que la verdad nos asiste en todo tiempo y lugar (una creencia, por cierto, poco científica).

Nadie tiene la fórmula mágica de la recuperación nacional, pero parece razonable pensar que a los sectores cuya capacidad puede ser útil, es mejor sumarlos y no excluirlos.

Es obvio que los científicos nos pueden proveer de reflexiones, del resultado de sus investigaciones y una visión curiosa y desafiante del mundo. La sociedad los necesita, y toda economía necesita para ser cada vez más competitiva añadir conocimiento a sus procesos.

Del mismo modo decir que si los resultados de la vacuna de Oxford (o cualquier otra) no se transfiriesen a empresas para su multiplicación, distribución, etc., es probable que la carencia de esas capacidades (impropias de una Universidad) terminen frustrando los resultados, ya sea por la demora u otras disfuncionalidades.

Una sociedad es en alguna medida un ecosistema, y necesita de organizaciones diversas, capacidades múltiples y sobre todo un equilibrio razonable entre colaboración y competencia.

Si los líderes políticos no superamos las afirmaciones de formato eslogan, alimentamos prejuicios

En Argentina, los prejuicios antiempresariales están muy arraigados, y esa sombra de sospecha sobre múltiples empresas y actividades, constituyen una verdadera restricción de fondo. Profundizarlos es un error.

La Argentina necesita de sus científicos y de sus Ceo´s, de sus grandes empresas y de sus Pymes, de sus trabajadores, de sus sindicatos, de sus ONG´s, de sus partidos políticos, de sus medios de comunicación y por supuesto de un Estado de calidad. No los necesita simplemente por un ejercicio de pluralidad, sino que cada uno de ellos tiene capacidades complementarias.

Las sociedades que restringieron la diversidad se han empobrecido irremediablemente, en cambio aquellas donde han logrado coexistir organizaciones alternativas, han contado con mayores posibilidades de respuesta a los desafíos. Dividir arbitrariamente entre roles distintos, sin advertir el carácter interdependiente de los mismos, puede dejarnos sin las capacidades que quizás necesitemos mañana.

Antes de la pandemia, el país contaba con el exiguo número de 20 empresas formales cada 1000 habitantes (en la mayoría de los países de la UE ese número supera las 40). Esa foto es el resultado de una perspectiva cultural un tanto reduccionista, que le asigna "buenas intenciones" a las iniciativas públicas, y que en espejo le atribuye a la empresarialidad una cierta perversión predatoria.

Antes de la pandemia, el país contaba con el exiguo número de 20 empresas formales cada 1000 habitantes cuando en la mayoría de los países de la Unión Europea ese número supera las 40

Ni todas las iniciativas públicas se alinean con el "bien común" (ojalá así fuera), ni todas las empresas fundan su rentabilidad en prácticas antisociales.

Salir del empantanamiento excluyente requiere un esfuerzo por calificar la conversación pública, y por reconocer el valor de todos los esfuerzos que se hacen en el país. Así como el monopolio de mercado muestra el rostro más negativo de las empresas, no es menos nocivo el monopolio político cultural, que por una ventaja momentánea degrada la confianza e impide la colaboración entre quienes pueden aportar soluciones desde un lugar complementario.

Diputado nacional por la provincia de Buenos Aires (UCR-Juntos por el Cambio)

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