Juan Grabois, una metáfora de la Argentina

Laura Di Marco
Laura Di Marco PARA LA NACION
Juan Grabois
Juan Grabois Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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11 de marzo de 2020  

M ientras el riesgo país trepaba el lunes negro a 2800 puntos -la marca más alta de los últimos 15 años-, los bonos soberanos seguían cayendo en picada en el nivel de flotación de los fondos buitre. En paralelo a este barquinazo, viejo y repetido -lo vivimos tantas veces, que ni siquiera nos asombra-, Juan Grabois, vocero sin filtro del universo nac&pop, viene haciendo un llamado solidario: "barrer definitivamente" con "los parásitos" (el campo) para "recuperar" la dignidad. "Parásitos" que, por ahora y ante la ausencia de una visión estratégica de país alternativa, son casi los únicos productores de dólares. Esos que Grabois -y cualquier ciudadano con algún sentido colectivo- necesitan para garantizar, entre otras cosas, la ampliación de la agenda de derechos. También acusó a los campesinos de utilizar sustancias contaminantes, como si la quimera de Vaca Muerta -con la que sueña (o soñaba) el Gobierno, como motor alterno al agro- fuera productora de energías sustentables, alineadas con esta suerte de "Green New Deal" al voleo, que anunció el ministro Kulfas apenas asumió: una idea muy cool pero que, por ahora, no encuentra conexión con ninguna política coherente e integral.

El blanco inmediatamente anterior de Grabois fue Marcos Galperin y, con él, todo el sector de la economía del conocimiento, motor de desarrollo en las democracias avanzadas. "A Galperin se le acabaron los curros", dictaminó en otra sugestiva frase el dirigente social que, lejos de ser un exabrupto, marca un guion argumental de un importante sector de la Argentina. El final de la historia es conocida: el dueño de Mercado Libre se mudó a Uruguay. Pero la suspensión de la ley que frenó beneficios fiscales a Mercado Libre no solo expulsó a Galperin, sino que puso en jaque a todas las empresas que exportan servicios basados en el conocimiento, un territorio que incluye a la industria del software. El régimen suspendido buscaba favorecer al tercer complejo exportador de la Argentina y había sido avalado por el Congreso. Pero, se sabe, las reglas nunca son demasiado permanentes en la Argentina: otra tara de nuestro paradigma cultural fallado. El Gobierno afirma que buscará ahora reemplazar aquella ley por una nueva, pero el daño está hecho. La incertidumbre -esa marca nacional- nunca es gratuita.

Juan Grabois
Juan Grabois Fuente: LA NACION - Crédito: Rodrigo Néspolo

Detrás de la narrativa de Grabois y de todo el campo nac&pop se esconden creencias indecibles. Por ejemplo, la idea de que el que tiene o el que logra no solo es sospecho-so, sino que le ha robado a alguien. El fracaso tampoco es nuestra responsabilidad. "Parece que el mundo se ha confabulado para hacernos la salida más difícil", es la con-clusión presidencial.

El psicoanalista José Abadi suele explicar que, desde el paradigma dominante argento, el éxito es vivido como una usurpación. O como el robo de lo que hubiera sido mío. De allí el ataque encarnizado del kirchnerismo a la meritocracia como ideología. O, mejor aún, como motor de crecimiento de las sociedades.

"La meritocracia es el reconocimiento del prestigio y el placer del esfuerzo", explica. ¿Placer en el esfuerzo? Sí. El esfuerzo no es sinónimo de sacrificio, dice. Es la tenacidad y un recurso que pone en marcha la posibilidad de alcanzar logros genuinos. En una palabra: persigo un sueño, lucho por él, lo logro y todo ese proceso, en el que pongo en juego mi talento, me genera placer y un beneficio a la sociedad, a la que le aporto algo nuevo. El argentino promedio, sin embargo, sueña con todo lo contrario. Según estudios que miden las motivaciones, el trabajo ideal es, para él, un puesto fijo de seis horas en el Estado.

Por supuesto que no todos corren en igualdad de oportunidades en el capitalismo (para equilibrar esa cancha están el Estado y las políticas públicas). Y, va de suyo, también, que en la Argentina hay una larga lista de latrocinios perpetrados por los poderosos y fortunas mal habidas. Hasta aquí, lo obvio. Lo importante, sin embargo, está en lo que no es obvio y deberíamos explorar: el universo de creencias que subyacen a nuestro fracaso económico. Esas que sustentan el ataque al talento genuino, al que puede, al que logra.

Una pequeña historia verdadera ilustra cómo el ataque al logro atraviesa las clases sociales. Antonia S. es paraguaya, tiene 31 años y trabaja como empleada doméstica. A los 16 fue mamá de una beba, Karina, que hoy es adolescente. El padre las abandonó, pero Antonia se prometió progresar y, para ello, decidió no tener más hijos. Karina tiene una inteligencia por encima de la media, que enorgullece a su madre y la tiene convencida de que la hija la va a "sacar de pobre". Pero ir a la escuela en Esteban Echeverría se convirtió en una pesadilla: sus compañeros no le perdonan que se destaque y la volvieron blanco de un bullying feroz.

En la última década, las investigaciones periodísticas ayudaron a deconstruir la narrativa kirchnerista, avalada ahora por todo el PJ, cuando suscribe la descabellada teoría del lawfare. Aquella narrativa fue deconstruida con datos, hechos, e imágenes demoledoras (los bolsos de López), y amplificada por esa conversación de todos con todos que son las redes sociales. Esa deconstrucción amplió la conciencia colectiva acerca del impacto que tiene y tuvo la narrativa peronista-kirchnerista en la configuración de las creencias nacionales y hasta de un sentido común. En la época de Alfonsín, por caso, las cosas no se perfilaban tan claras. Sin embargo, ninguna fuerza de la oposición logró articular una épica alternativa tan atractiva. Es decir: la deconstrucción no fue reemplazada por una nueva construcción.

La periodista María Eugenia Estenssoro, integrante del Club Político Argentino, explica por qué la narrativa K devino, paradójicamente, en el verdadero pensamiento hege-mónico: "A las sociedades las mueven las ideas, las épicas, los relatos. Y la Argentina se ha quedado solo con el relato peronista y el relato K, que son muy pregnantes y que han colonizado, incluso, la educación pública y el Estado. No existe una épica que cuente de dónde venimos, cómo estamos y adónde queremos ir desde el campo liberal-republicano, que sentó las bases de nuestra Constitución y desarrollo. Hay un trabajo intelectual pendiente: escribir nuestra versión del pasado y el presente para crear el futuro que queremos, con ideas e historias que movilicen. La gestión y las estadísticas no enamoran".

Las cosas se complican por las defecciones de gran parte de la clase dirigente, identificada con el sector no peronista de la Argentina: se aísla, no se compromete y, a menudo, carece de un sentido colectivo de país.

Abadi lo atribuye a la ausencia de un "argumento" nacional. ¿Qué sería? "La Argentina no tiene la Ilíada, de los griegos, o la Eneida, de los romanos. Es decir, carece de la mística que le permite al pueblo formar su identidad. Hay un síntoma de ese no argumento, que es el argumento equivocado". ¿De qué se trata? De agredir, en lugar de construir.

Cuando falta una épica colectiva, la senda del desarrollo se hace difícil. El alma de un país, que nos envuelve como comunidad y que hace que el éxito de uno sea vivido como el de todos. O, mejor, de "todes", como dice el Presidente.

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