La fábula de Alberto y los dos patos
El Presidente lucha, sin éxito, para evitar una mayor debilidad, mientras lo vampirizan y se autolesiona
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Se trata (o debería tratarse) de algo muy real, pero la política está repleta de ficción. Y la retroalimenta. La literatura le da soporte, material de comunicación y herramientas de comprensión. Para sus narrativas (sencillas), las fábulas son un insumo insuperable. No solo porque allí habitan animales que hablan. También sirven de metáfora. Así, hay candidatas leonas y muchos que integran la familia de los équidos (de ambos géneros y diversas especies). Como abundan las tortugas, las ranas y los escorpiones que no pueden escapar a su naturaleza.
A los características personales de los políticos se suman las circunstancias que atraviesan. Y el reino animal vuelve a escena. Para advertir sobre el riesgo imprevisible de la aparición de un cisne negro, o para evitar ser un chivo expiatorio de alquien más poderoso.
Es el caso de Alberto Fernández, que no logra quedar fuera del rebaño. O de la bandada. A pesar de sus esfuerzos por ser original (hasta el grotesco), Por eso, cuando le resta un cuarto de mandato se desgañita para no ser un pato rengo. Vampirizado. Y se aferra al sillón. Y al bastón. La banda lo asfixia. Y desafina. Aunque, en verdad, lo que más teme es a convertirse en otra ave de la misma familia: el pato de la boda. Animales políticos.










