Reseña: Fludd, de Hilary Mantel

La fe, a la luz de la ironía y la voz poética
Carolina Esses
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27 de enero de 2019  

En su momento fue Muriel Spark y la maravilla de descubrir –de la mano de la editorial La Bestia Equilátera– a una autora inglesa que muchos lectores locales desconocíamos. Ahí estaban el humor negro al orden del día, la prosa escueta, el adjetivo justo, todo tan, tan inglés. Este es el turno de Hilary Mantel (Glossop, 1952). Crítica de literatura y cine, autora de una decena de novelas –uno de sus relatos, "El asesinato de Margaret Tatcher" y sus declaraciones públicas en contra de quien fuera la primera ministra británica le valieron una investigación policial– y dos veces ganadora del Man Booker Prize.

Como tantas novelas, Fludd cuenta y no cuenta una historia. El escenario es Fetherhoughton, un pueblo perdido en algún lugar de Inglaterra, cerca de la frontera con Irlanda. Una geografía de páramos que hunde al pueblo y a sus habitantes en una especie de mal humor y desidia constante: "La mínima insinuación de que tenían material digno de las Brönte al alcance de la mano bastaba para que cerraran la mente y clavaran la mirada en sus zapatos. Los páramos eran el extenso cementerio de su imaginación". La única ocupación de los fetherhoughtonianos es el hilado y la práctica de la religión católica. Pero no se trata de la religión entendida como una suerte de experiencia reveladora. De lo que se trata es de cumplir con los preceptos. Cuando alguien se acerca al confesionario lo que trae, más que un mea culpa, es un montón de preguntas como estas: "¿Se puede comer mermelada los días de ayuno?", "Si es día de ayuno, y una va a comer la colación de la mañana, que son doscientos gramos de pan, ¿se puede tostar el pan?".

Son los años cincuenta y al pueblo, a la diócesis del Padre Angwin, llega el obispo con un pedido que parece insólito: que se deje de celebrar la misa en latín y que se remuevan las decenas de estatuas tamaño natural que hay en la Iglesia. ¿Cómo hacerlo si las figuras de los santos son, para la congregación de Angwin, algo así como el pilar de la fe? "No estamos aquí por los adornos y las chucherías", dice el obispo, "Estamos aquí para dar testimonio cristiano". A lo que Angwin responde: "Mentiras, esta gente no es cristiana. Son paganos y católicos". El obispo no es el único que visita el pueblo. A su llegada se suma la de Fludd, quien dice ser el nuevo vicario, pero parece mucho más un mago o una revelación y, según la hermana Filomena, tiene el don de la profecía. Y entonces la calma instalada durante años en el pueblo de pronto se sacude por la llegada de un forastero que, aunque no traiga la luz de Cristo, trae una buena bocanada de aire fresco.

Si bien Fludd ofrece una trama que atrapa, son otras cuestiones las que pueden terminar por cautivar al lector. Las largas descripciones de un pueblo sostenido por un orden medieval –como el que aparece en Lazzaro feliz, la excelente película de Alice Rohrwacher que puede verse en Netflix–; un lenguaje poético que llega de la mano de la excelente traducción de Ariadna Molinari Tato; la pregunta por Irlanda, ese territorio –real, simbólico– que Mantel describe todavía más primitivo y brutal que Fetherhoughton; y los diálogos. Conversaciones que ponen el acento en lo absurda que se convierte cualquier práctica religiosa si se le quita su dimensión espiritual. De hecho, hace décadas que el padre Angwin ha perdido la fe. "Sin importar cuán escéptico o escandaloso sea un hombre, una vez que es sacerdote lo es para toda la eternidad. Pensé, bueno no tengo fe, así que debo fingir que la tengo". Fludd es una novela llena de humor. Ironiza sobre el catolicismo entendido como una suma de preceptos sin sentido pero no le escapa a preguntas fundamentales como ¿en qué creer? o, más bien, ¿en qué creer cuando ya no se cree? El propio Angwin parece haber encontrado una respuesta: ya no tiene fe en Cristo pero asegura haber visto al diablo.

Fludd, Hilary Mantel, Trad.: Ariadna Molinari Tato, Fiordo, 237 páginas, $ 540

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