Reseña: Yo voy, tú vas, él va, de Jenny Erpenbeck

La migración, en clave de novela
La migración, en clave de novela
Pedro B. Rey
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23 de diciembre de 2018  

En La angustia corroe el alma (1974), el incontenible Rainer Werner Fassbinder llevó al celuloide una trama que merecería verse una y otra vez, como si no hubiera pasado el tiempo. La película se llama en el original Angst essen Seele auf (algo así como "Angustia comerse alma") y en ella una viuda de sesenta se enamoraba de un joven marroquí extraviado en las frialdades germánicas.

Varias décadas después, el título en castellano de la novela de Jenny Erpenbeck (Berlín, 1967), que también explora la condición migrante, propone otro giro lingüístico: la conjugación alemana ( Gehen, Ging, Gegangen, el nombre original, enumera infinitivo, pasado y participio) que estudia un grupo de refugiados africanos muta en un verosímil Yo voy, tú vas, él va.

La didáctica en vez del error verbal es el atajo de Erpenbeck –que en El fin de los días había construido una interesante historia con borrosas alusiones a la dictadura argentina– para medir la literatura con un tema álgido del mundo de hoy en general, de Europa en particular y de Alemania en concreto.

Yo voy, tú vas, él va se publicó en 2015, antes de que Angela Merkel habilitara el arribo de más de un millón de refugiados a Alemania, y se centra en un grupo de migrantes africanos que se instalan en la Oranienplatz de Berlín. En ese lugar los encuentra día a día, camino de su casa, Richard, un catedrático emérito de filología clásica, viudo y recién jubilado, que se intriga por la presencia de esos extraños que alteran el paisaje cotidiano.

Contra el lugar común (y contra la genialidad de Fassbinder), en la novela de Erpenbeck no hay romances a la vista. Aunque hay mujeres en segundo plano (Richard extraña a su mujer y se siente atraído por una maestra de origen etíope), es, en esencia, una novela dominada por el vínculo que se establece entre esos hombres llegados de distintos rincones de África, y el cultivado y perplejo profesor, que, experto en la antigüedad clásica, no puede dejar de ver en esas figuras el rastro de modelos míticos.

¿Puede escribirse a estas alturas una narración sobre un tema tan actual sin que la literatura se confunda con el periodismo? El profesor, con mucho tiempo libre, decide ser de ayuda. El seguimiento que hace de esos migrantes, que atravesaron "un mar de verdad para después ahogarse en ríos y mares de expedientes", propone algunos laberintos leguleyos, llenos de ambigüedad, pero sobre todo ahonda en los orígenes y la desgracia de cada uno de esos seres en tránsito. Inmersa en esa trama que podría desbarrancar con facilidad en la moralina o la sensiblería, Erpenbeck tiene la inteligencia de mantener la prosa en una rara equidistancia, lejos del espectacularismo: los relatos biográficos de Rashid o Osarobo, dos de los personajes, pueden ser duros, pero se cuentan con sequedad, sin estridencias. Al otro la novela le permite ser, justamente, otro. Los agradecimientos finales sugieren que esa peripecias tienen mucho de crónica: la escritora nacida y criada en Alemania del este entrevistó a decenas de migrantes para el libro.

También Richard, como Erpenbeck, vivió en la RDA y es en esa suerte de falla geológica, la de haber pertenecido a un país arqueológico, que ya no existe, que la novela revela en su reverso una trama más decisiva. El protagonista puede terminar comprando como ganga un terreno en África para la familia de uno de los refugiados o recordar la hospitalidad ancestral que Tácito consignaba en su Germania para apuntar contra la mezquindad contemporánea, pero descubre a la vez que no hay nadie –él incluido– que no sufra un exilio radical. La potencial corrección política de su tema hace que Yo voy, tú vas, él va se vea obligada a poner demasiadas pesas en la balanza, aunque no es una más entre tantas novelas supuestamente urgentes.

Yo voy, tú vas, él va

Por Jenny Erpenbeck

AnagramaTrad.: F. Rovira. 332 págs./ $ 1195

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