La narración ausente
Sobre El amo bueno, de Damián Tabarovsky
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En El amo bueno, el narrador comienza relatando una anécdota que le contó el escritor Fogwill. "Pero ahora Fogwill está muerto", dice, "nadie puede dar fe de que lo hablado es cierto." La última novela de Damián Tabarovsky es un relato que se construye sobre la base de retornos, de volver una y otra vez sobre lo mismo (y sobre sí mismo) bajo la sospecha de que, en la reiteración, anida lo diverso.
Al principio hay una vaca que cava un túnel (única acción que le es dada, anagrama de sí misma) y, tras un "travelling infinito", desemboca en el presente de la narración: el jardín de una casa en Villa Ortúzar. Allí aparecen, a razón de uno por capítulo, los tres protagonistas de la novela, Tato, Martu y Ringo, tres perros que hacen lo que hacen los perros: ladrar, correr, saltar, echarse.
Todos los personajes del libro encarnan, de alguna manera, la figura del otro. Los perros, en primer lugar, pero también el vecino de enfrente (al que ladran cada vez que lo oyen pasar), los obreros de al lado; incluso el narrador se vuelve otro para sí mismo, cuando afirma que habla con palabras que no le pertenecen. O cuando, en un episodio un tanto ominoso, oye sonar el timbre de la casa en la que está y nadie responde porque la casa está vacía.
El tiempo de la novela es el del impasse, la suspensión. La frase funciona como unidad de sentido para "narrar la desaparición de la narración", mediante el procedimiento de anudar motivos recurrentes y sus respectivas variaciones, en una deriva reflexiva que se interrumpe, cada vez, por la apelación de la realidad material, en sí misma redundante (las cosas son lo que son) y, por eso mismo, irreductible. Un ladrido detiene en seco la concatenación espontánea de pensamientos y devuelve el relato a un grado cero. Tato se mira en un charco, Martu bosteza. Pasa el vecino de enfrente y, de nuevo, la materia sin adherencias va recobrando la categoría de imagen sobre la que se acumulan capas de sentido. Cada palabra es saturada con el eco de sus significados posibles, de su carga histórica. Al barrio se adosa un pasado fabril y un presente de obreros desclasados, una mosca remite a la Conquista del Desierto, la ley de la gravedad se vuelve "la presión de la historia".
El pulso de la narración insiste en la tensión de dos movimientos sincrónicos: ir a las cosas y alejarse de ellas. Materia y memoria puntean el relato, que se despliega y se repliega en torno a su propio centro. No hay, propiamente, una trama. No hay acciones que progresen. Hay tres perros en la intrascendencia de un jardín que le ladran a todo lo que pasa, señalando las cosas en su desnudez, en su cualidad de acontecimiento. Y, porque hay narración, las cosas pueden ser lo que son y, también, otra cosa.
EL AMO BUENO
Por Damián Tabarovsky
Mardulce
102 páginas
$ 160










