La Navidad y el misterio del tiempo

Mori Ponsowy
Mori Ponsowy PARA LA NACION
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21 de diciembre de 2017  

ROMA.- Hay personas para quienes la Navidad es la mejor época del año y otras que la detestan. A muchos los angustia. A otros los deprime. También están aquellos que optan por restarle importancia: se esfuerzan por convencerse de que es sólo un día más e intentan transitarlo de la mejor manera posible. Lo común a todos los casos es que las Fiestas no dejan a nadie indiferente. Quizá sea el misterio del tiempo la razón de fondo por la que, de una u otra manera, a todos nos afecta la Navidad. ¿Y qué es el tiempo? Ni filósofos ni científicos han logrado definirlo con precisión ni, mucho menos, con unanimidad.

En el libro Breve historia del tiempo, Stephen Hawking distingue entre la noción psicológica del tiempo, la de la entropía y la cosmológica. La noción psicológica del tiempo es la que nos concierne aquí y tiene que ver con nuestro modo innato de percibir el universo. Hawking la describe como una flecha que va desde el pasado hacia el futuro. En el pasado está todo aquello que hemos vivido, lo que es recuerdo. En el futuro está lo desconocido, aquello hacia lo que nos acercamos inexorablemente. La flecha es irreversible: el pasado no se puede cambiar; el futuro siempre es incierto.

Sin embargo, el tiempo también es cíclico. El día y la noche, las fases de la luna, las mareas y las estaciones del año se repiten una y otra vez. La noción del tiempo como ciclo o rueda representa una suerte de alivio ante la del tiempo como flecha: los ciclos de la naturaleza proporcionan un anclaje frente a la incertidumbre del futuro. En el centro del panteísmo primitivo y de muchos ritos paganos yacía la necesidad de reforzar la visión de que la vida humana -aun inmersa en la flecha del tiempo- es parte de los grandes ciclos naturales. Por eso las ceremonias paganas celebraban la salida del sol, la luna llena, los solsticios y los equinoccios. Entre esas celebraciones la más grande era la del solsticio de invierno, que, en el hemisferio norte, ocurre alrededor del 21 de diciembre. Es el día más oscuro del año, el de la noche más larga. Es el día a partir del cual las noches se acortan y aumentan las horas de luz.

Ya en el 2000 a.C. se tomaba el solsticio de invierno, el momento en que el sol comienza su regreso desde el sur, como el inicio de un nuevo año. Usando la misma fecha, los griegos crearon un festival en honor a Kronos, el dios del tiempo. Más adelante, la fiesta romana en honor a Saturno reemplazó la de Kronos. Se celebraba el día del sol invicto: tras ir a la batalla con la noche y casi ser devorado por ella, el sol había ganado. Todavía hoy las ruinas del templo de Saturno con sus grandiosas ocho columnas dominan la vista al pie del Monte Capitolino, en el Foro Romano. La fecha se festejaba con un sacrificio, ofrendas y una gran fiesta de clima carnavalesco en la que se daban regalos y los nobles sentaban a los esclavos a la mesa y les daban de comer. En el siglo I a.C., el poeta Gaius Valerius Catullus lo llamó "el mejor día del año". Cinco siglos después, la Iglesia usó la misma fecha para celebrar el nacimiento de Jesús.

Si Catullus viviera hoy, seguramente estaría entre las personas a quienes les encanta la Navidad y no entre los millones a lo largo y ancho del planeta a quienes las Fiestas los angustian o entristecen. Según el Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos, durante diciembre hay una alta reincidencia en procesos depresivos. Los resultados de una encuesta realizada por la revista Psychology Today muestran que el 45% de los norteamericanos temen la llegada de la Navidad.

En la Argentina ocurre el mismo fenómeno. "La consulta aumenta mucho hacia fin de año por temas ligados a conflictos interpersonales, nostalgias o evaluaciones que derivan en autocrítica o sentimientos de fracaso", dice el psiquiatra y psicoterapeuta cognitivo Juan Manuel Bulacio, autor del libro Ansiedad, estrés y práctica clínica. Y continúa: "Durante estas fechas también aumentan los conflictos de pareja y se deciden muchas separaciones".

Algo similar sucede en Europa. El psiquiatra italiano Emilio Vercillo, especialista en depresión, desórdenes de ansiedad y estrés postraumático, afirma: "Los dos momentos del año en que hay más pacientes son las vacaciones de verano y las navidades. Para la salud psíquica, el mandato social de que hay que estar contento en esas ocasiones es muy contraproducente". Todo indica que cuanto más tiempo libre tenemos, más tendemos a rumiar sobre nuestra vida y encontrarle defectos y falencias. Los habitantes del cono sur ganamos la lotería: en nuestros países las vacaciones de verano coinciden con la Navidad.

Las Fiestas son un recordatorio del paso del tiempo y hacen que nos preguntemos qué hemos hecho con él y qué hicimos desde la última vez que las vivimos y esta en que estamos viviéndolas de nuevo. ¿Cuántos han logrado todo lo que esperaban en el año que termina? En esta era caracterizada por la insatisfacción y la protesta, ¿cuántos están satisfechos con su vida? Las imágenes de alegría que transmiten los medios, la cantidad creciente de personas que viven solas en las grandes ciudades, el aislamiento social, la idea de que hay que pasarla bien son el ingrediente ideal para un cóctel de angustia y tristeza. A todo esto hay que sumarle la paradoja de sentir, simultáneamente, el tiempo como flecha y como rueda. "La tranquilidad de lo que se repite -el árbol, las luces, el decorado, la reunión familiar- convive con la perplejidad de encontrarnos en una situación casi idéntica a la del año anterior, pero sabiendo que ha pasado el tiempo, que algo acaba de terminar y que algo desconocido está por empezar", afirma Vercillo.

En Roma es frecuente entrar a iglesias renacentistas, bajar un piso y descubrir que están construidas sobre restos medievales, bajar otro más y hallar restos de templos de la época del Imperio. En Bulgaria hay iglesias en las que puede encontrarse, en lo que vendría a ser un cuarto nivel subterráneo, ruinas de templos tracios del año 3000 a.C. Y es que el presente se construye sobre los restos del pasado. El tiempo flecha hace que la construcción no cese. El tiempo rueda hace que se construya sobre lo mismo. De igual manera, cada vez que llega, la Navidad nos encuentra a casi todos siendo casi los mismos que en otras navidades. El tiempo flecha, la sensación de un futuro incierto unida a un pasado que no se puede enmendar y que no volverá, convierte las Fiestas en un agujero de zozobra para aquellos con tendencia a la melancolía o al pesimismo. Los optimistas, en cambio, casi siempre encuentran motivos para celebrar. El tiempo rueda, por su parte, muestra que nuestra actitud ante la Navidad suele repetirse año tras año. Algunos se habrán casado durante este 2017, otros divorciado, algunos habrán perdido a un ser querido, otros serán padres por primera vez, pero, en el fondo, casi siempre seguimos siendo los que fuimos. Dejar de serlo supondría un trabajo sobre sí tan difícil como constante. Un trabajo que podría llevar toda la vida. Quizá lo mejor que podamos hacer ante ese encontrarnos siendo los mismos año tras año, ante esa doble sensación abrumadora del tiempo que pasa y a la vez no pasa, sea tomar una bocanada de aire y decir: esto soy, me quiero así, está bien que así sea.

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