La noble tradición del Mozarteum

Hugo Beccacece
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21 de abril de 2019  

Será un día de celebración. El próximo miércoles, a las 13, en el CCK, comenzará la 60ª temporada de los Conciertos del Mediodía organizados por el Mozarteum Argentino, con entrada libre y gratuita. Es una de las tradiciones culturales más nobles de Buenos Aires.

La primera vez que asistí a uno de esos conciertos fue en 1965. En ese entonces, esos ciclos se desarrollaban en el cine Ambassador. Tocaban Astor Piazzolla y su Quinteto Nuevo Tango. Por supuesto, yo tenía el entusiasmo de los jóvenes por la música de Piazzolla. Y allí me encontré con otros seguidores del compositor que lo escuchaban por la radio. La sala estaba colmada. Dos conciertos más tarde, fui a escuchar un recital de música clásica con el maravilloso violoncelista Pierre Fournier, uno de los grandes virtuosos del siglo XX, acompañado en el piano por Rafael González, que era mi profesor de piano. González era un estupendo pianista de cámara. Como solista, había estrenado en el Colón Noches en los jardines de España, de Manuel de Falla.

En 1966 no pude escuchar a Los Solistas de Zagreb porque la multitud de aspirantes a entrar era impresionante. La presión de la gente rompió los vidrios de dos puertas del Ambassador. Pero el caso más notable de éxito de público en los Conciertos fue la presentación en 1982 del bailarín argentino Jorge Donn, la brasileña Marcia Haydée, la bellísima Shonack Mirk y Patrice Touron (todos integrantes del Ballet del Siglo XX, de Maurice Béjart). Donn se habían hecho famosísimo porque era uno de los protagonistas de la película Los unos y los otros, de Claude Lelouch, donde bailaba el Bolero de Ravel, con la coreografía de Béjart. El film había tenido un éxito formidable en Buenos Aires y Donn se había convertido en una especie de ídolo. El número de fans que quiso verlo bailar en el Ópera (el Mozarteum había cambiado de sala) fue tan numeroso que se cortó el tránsito en la avenida Corrientes. Para proteger a esa especie de manifestación y al edificio, se bajaron las rejas del Ópera y así se logró encauzar la entrada de la gente.

Jeannette Arata de Erize, la fundadora del Mozarteum, creó esos ciclos con el fin de que los estudiantes, los jubilados y quienes trabajaban en el Centro aprovecharan la pausa del mediodía para escuchar en forma gratuita la música de los grandes compositores, interpretada por artistas de excepción. La audición debía durar menos de una hora para que los empleados pudieran volver puntuales a las oficinas.

En cierta ocasión, Jeannette, durante una de las crisis económicas de la Argentina, me dijo: "Si el Mozarteum no pudiera seguir adelante, no me resignaría a perder los Conciertos del Mediodía. Eso es lo que debe perdurar, junto con las becas. Ambas cosas son la función social más importante de nuestra institución. Durante la Segunda Guerra Mundial, en los sótanos de Londres y de París, se ofrecían conciertos de mediodía para levantar la moral de los ciudadanos y demostrar que la vida del espíritu y del pensamiento debía continuar aun bajo los bombardeos". Quienes la sucedieron en el Mozarteum, su hijo, Luis Alberto de Erize (presidente) y Gisela Timmermann (directora ejecutiva), sostienen los mismos principios.

En los últimos años, se han incorporado a la concurrencia escuelas primarias y secundarias, públicas y privadas. Muchos de esos alumnos asisten por primera vez a un concierto en vivo y también los hay que, por primera vez, van al Centro y ven el Obelisco. Hay novatos en la platea pero también en el escenario. Porque los jóvenes y más talentosos artistas argentinos hacen sus primeras armas frente al público en este ciclo donde se alternan con figuras de gran trayectoria. Y lo mismo ocurre con los compositores nacionales. El 3 de julio, por ejemplo, el excelente pianista Ezequiel Castro, que fue becario del Mozarteum, ofrecerá el estreno mundial de otro connacional, Alejandro Nante (beca Gisela Timmermann). En el primer concierto, el miércoles 24, actuará el Cuarteto Petrus. Sólo cabe decir: ¡Feliz cumpleaños!

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