Las democracias occidentales, ante los desafíos de un cambio de época
Descontento social, populismos y competencia creciente de los países emergentes son nubarrones en el horizonte de algunas de las naciones más desarrolladas
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Muchos sistemas políticos en el Occidente desarrollado están en jaque. Bajo fenómenos distintos (autonomismo británico, nacionalismos en la Europa continental, competitivismo en los Estados Unidos ), todos calificados de manera simplista como "populismos", en estas sociedades se ha reaccionado afectando liderazgos tradicionales, deslegitimando organizaciones consolidadas y rompiendo equilibrios políticos y sociales. Alguna vez dijo el músico Brian Eno que los sentimientos colectivos son más peligrosos que las ideas porque no son susceptibles de evaluación racional y crecen lentamente y bajo tierra hasta que invaden la superficie.
Debe decirse que no toda la población en los países más ricos está manifestándose con disgusto (al final de cuentas, los países con mejor calidad de vida son Canadá, Dinamarca, Suecia, Noruega, Australia, Suiza, Finlandia, Holanda, N. Zelanda y Alemania, mientras que EE.UU., Alemania, el Reino Unido y Francia siguen estando entre los países que más riqueza generan cada año). Pero en algunos desarrollados las sociedades se han fraccionado y los sectores que manifiestan descontento se hacen oír.
Diversas razones explican la crisis. La principal es una profunda disrupción motivada por las nuevas tecnologías que afectan a muchos que estaban ya acomodados en posiciones de trabajo, relaciones sociales o estatus económico. Y otra es que ciertos países ricos padecen la competencia de economías emergentes que alivian de cargas a empresas mientras aquellos sostienen sus fiscos difíciles de financiar. Por caso, el gasto público en la convulsionada Francia es el más alto de Europa y equivale al 55% del producto anual, mientras que los más bajos en la Unión Europea son los de Alemania y Holanda -alrededor de 43%-, las economías más dinámicas en el bloque. En toda la Unión Europea el costo del sistema de bienestar social ronda 1/3 del PBI y la deuda pública toda traspasa el 80% del producto (con casos como el de la complicada Italia, donde alcanza 130%) y no hay mucho margen para pedirle al futuro que financie el presente.
Así, mientras las economías de muchos países emergentes crecen dinámicamente y proveen proyectos e ilusiones a muchos de sus ciudadanos a partir de ciertas condiciones de competitividad crecientes, algunos desarrollados parecen amenazados en su intento de sostener niveles de bienestar.
Pero, a la vez, otros países, como EE.UU. o el Reino Unido, están en medio de otros procesos de salida del statu quo abandonando antiguas prescripciones (desregulación y baja de impuestos internos más retaliación internacional contra lo que consideran competencia desleal en EE.UU., y salida de la Unión Europea en el Reino Unido).
Ocurre que el mundo global (horizontal) muestra hoy entre los 15 países de mayor PBI a China, la India, Brasil, Corea del Sur, México e Indonesia; y entre los 15 de mayor PBI per cápita, a Qatar, Singapur, Brunéi, Islandia, Hong Kong y Emiratos Árabes. La OCDE ha mostrado que es mayor el porcentaje de nuevos ricos provenientes de familias pobres en Chile, Portugal y Hungría que en Estados Unidos, Alemania y Francia. Las economías avanzadas crecerán en 2019 en conjunto 2% y las emergentes lo harán en 4,7% (de entre los principales países del mundo, una vez más, el que mas crecerá será la India: 7,5%).
Una gran novedad es, pues, que ya no es pertinente hablar de países desarrollados o subdesarrollados, sino de personas, o grupos de personas, desarrolladas o -en su defecto- infradesarrolladas (que, a su vez, se encuentran dispersas en diversos tipos de países, lo que hace que ya no identifiquemos a las más evolucionadas solo en los países ricos).
El desarrollo subjetivo personal obedece a tres condiciones: capacidad económica presente (riqueza), habilidades para la participación en la economía (utilidad) y perspectivas de futuro personal (optimismo). A diferencia de lo que ocurría hace algunas décadas, algunos sectores sociales de ciertos países desarrollados no han evolucionado en las nuevas condiciones de progreso (conocimiento operativo, manejo de tecnologías, actitud innovativa, aptitudes personales para la nueva economía), u observan con pesimismo el futuro ante un no muy robusto crecimiento de sus economías y la irrupción de otros nuevos actores económicos en países emergentes. Al revés, crecientes sectores en países asiáticos evolucionan (algunos aún sin contar con una gran condición económica presente) gozando del desarrollo local del capitalismo internacionalizado y viviendo en sociedades optimistas que apoyan su crecimiento en la globalización.
Los datos muestran aún mucho mejor condición de vida en los países desarrollados, pero la dinámica muestra obstrucciones en la tendencia para algunos sectores sociales en ellos; mientras en los emergentes -aun desde abajo- la marcha se valora como un camino ascendente.
De los 3300 millones de personas que viven en la condición de "clase media" en el planeta, unos 1700 millones (más del 50%) están en Asia, adonde la globalización llegó para trasladar clusters productivos a través de empresas internacionales que activan estándares de producción equivalentes a los de los países avanzados y generan grupos de personas desarrolladas en esta región.
Hay en el mundo unas 100.000 empresas trasnacionales, y de las 100 mayores 55 son estadounidenses, 15 son provenientes de la Unión Europea y 11 son chinas. Las trasnacionales han contribuido decididamente a globalizar la producción fuera de sus países y extender la aplicación de conocimiento productivo de vanguardia en diversos lares, lo que ha llevado (además de a fortalecer el capitalismo mundial) a la generación de enclaves de desarrollo en países calificados de subdesarrollados. En los últimos 30 años las ventas de las multinacionales por su sucursales en el exterior se multiplicaron por 8 y sus activos en el exterior se multiplicaron por 25. La dinámica economía moderna alienta a explorar nuevas ventajas competitivas más que a aprovechar las actuales.
Ahora bien: el modo de enfrentar la evolución nunca ha sido retraerse para evitarla. Quienes puedan contribuir a las sociedades abiertas y la economía de mercado internacionalizada que ha generado la evolución actual (la mayor en la historia de la humanidad, aun con los no pocos problemas irresueltos) quedarán mejor posicionados. Quienes quieran reaccionar contra la evolución serán superados. Lo que los convulsionados necesitan es mejorar sus condiciones de atractividad y no intentar regresar a un añorado pasado (o sostener un presente) ya fenecido.
Las reacciones que hemos visto últimamente en muchos países desarrollados muestran el cambio de época. Y requerirán una respuesta acertada ante los desafíos: mejorar las condiciones de una economía global que genera progreso aun con defectos, insertar a crecientes sectores de la población en el acceso a la nueva fuente de riqueza que es el capital intelectual y convivir en un mundo distinto en el que nada está ya consolidado.
Y esto vale para la Argentina, que podrá ser parte de los emergentes dinámicos generando las condiciones para ello.
Profesor universitario, especialista en negocios internacionales






