Lo naranja, lo púrpura y lo verde

Emiliano Sued
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31 de enero de 2016  

En la matriz sintáctica de Los colores secundarios, el naranja, el púrpura y verde pasan del sujeto al predicado, y del predicado al sujeto. "El naranja es un color audaz y atrevido"; así como también: "los siete velos de Salomé, lúbricamente deshojados uno por uno mientras bailaba ante Herodes Antipas […], eran púrpuras". Lo mismo sucede con el verde, que es "esperanza", mientras que "en la penitenciaría de Alcatraz […] las celdas […] estaban pintadas de un verde pútrido". En 1996, dos años después de Los colores primarios, Alexander Theroux (Massachusetts, 1939) publicó la segunda parte de su singular propuesta ensayística. Recientemente traducida al castellano, en ella el autor estadounidense ilumina todo lo naranja, púrpura y verde que ha tenido lugar en su vasto universo cultural.

El ojo de Theroux por momentos reduce el plano y registra el pequeño objeto: "El doctor Clayton Forester (Gene Barry) usa unos lentes de marco anaranjado en el film La guerra de los mundos". En otros, se aleja y visualiza el principio de la década del setenta como una época naranja. Entre el detalle y la vista panorámica, destaca el color en la obra de Edvard Munch, el pintor naranja: "Melancolía (1896) […] muestra un cielo anaranjado casi psicopático, opresivo e implacable en su manía. Ese mismísimo cielo puede verse en Miedo (1896) y en El grito (1895)". El naranja le permite ir, sin solución de continuidad, asociando por el significante, desde una mermelada de naranja que le gustaba mucho a Monet, a Marmeladov, el personaje de Crimen y castigo. Flexible, Theroux no les teme a los deslizamientos por el espectro luminoso e invade lo que podría considerarse territorio del rojo: "Los shorts de baño y los flotadores en la serie de TV Baywacht" también son naranja.

"Fue la insistencia de Julio César en vestir túnicas púrpuras" una de las razones que condujeron a su asesinato. Y pasa de la Antigüedad al siglo XX, para citar la voz de un reportero que presenció desde el aire la explosión atómica de Nagasaki: "un gigantesco pilar de fuego púrpura, de diez mil pies de altura".

Más allá del testimonio o el dato histórico, el color puede quedar asociado a un concepto; muchas otras cosas pueden ser simbólicamente púrpuras. Una obsesión óptica expande el púrpura hasta los traseros de los rinocerontes, la leche chocolatada o el jopo de Elvis Presley, llamado pompadour, un matiz del púrpura. Este tipo de asociaciones lo alejan de los lugares comunes y lo conducen a la sinestesia más sofisticada: "yo oigo púrpura no […] en la canción ‘Violet’ del grupo de grunge contemporáneo Hole, sino en los timbales, por ejemplo, del comienzo del Concierto para violín en Re mayor de Beethoven y en el Intermezzo de Do menor para dos pianos de Mozart".

El verde de la naturaleza da lugar a la mención de todas las especies vegetales que contienen ese color. La enumeración simple, casi despojada de cualquier connotación o reflexión que la transforme en algo más que un catálogo, es un procedimiento bastante habitual en Los colores secundarios. La prosa se vuelve entonces resbaladiza, inaprensible y tediosa para el lector. Son ricos, en cambio, los momentos en que el color evoca una anécdota o habilita un análisis acerca de, por ejemplo, por qué el verde puede significar tanto vida como muerte, por qué en el arte y la literatura la vegetación es representada muchas veces como una amenaza.

Al revés que en la cromosaturación, la propuesta plástica del artista venezolano Carlos Cruz-Diez, quien busca que el espectador experimente el color de manera aislada, libre de toda forma y contenido, en Los colores secundarios el naranja, el púrpura y el verde nunca están solos, o hasta aparecen asociados a muchas cosas que, en rigor, no son ni naranja, ni púrpura ni verde, o reciben un significado cultural que los aleja del mero fenómeno físico que constituyen. Sin embargo, luego de las 350 páginas, lo que queda es una sensación de afterimage, como una resaca luminosa tricolor.

LOS COLORES SECUNDARIOS. Alexander Theroux. La Bestia Equilátera Trad.: A. Dilon 352 págs, $ 260

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