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El valor de encarar las reformas estructurales necesarias

Alejandro Poli Gonzalvo
Alejandro Poli Gonzalvo PARA LA NACION
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15 de marzo de 2019  

¿Cuánto poder necesita el presidente Mauricio Macri para llevar adelante sus reformas estructurales? Desde el inicio de su gobierno, ha convivido con una aguda tensión entre sus deseos reformistas y un poder insuficiente para aplicarlos. Mientras que la polémica de estos años se ha concentrado en el debate entre gradualistas o partidarios de políticas de shock, la verdadera tensión radicó entre los costos políticos de implementar reformas estructurales que desde hace décadas necesita el país, y el poder acumulado por Macri para resistir las presiones de los intereses enquistados en la sociedad y no sufrir una crisis de gobernabilidad.

Ahora bien, cuando hablamos de poder, ¿de qué hablamos? En breve, existen dos categorías básicas de poder: el poder político y el poder social. El poder político se refiere a la capacidad de un grupo gobernante, cualquiera sea el régimen, de imponer su autoridad a la sociedad. Como tal, es comparable con la presión atmosférica: cubre por igual a todos los hombres, independientemente de su condición social.

Sobre el poder social, citamos a Julián Marías en La estructura social: "La vitalidad de una sociedad como tal se manifiesta en sus fuerzas sociales". Las fuerzas sociales se expresan en la libertad de prensa para investigar a los gobernantes, en el peso de la opinión pública para influir en las decisiones políticas, en la capacidad de movilización de los ciudadanos en pos de objetivos, en la docilidad o resistencia de la sociedad frente a intentos hegemónicos.

En este punto, se debe aclarar que el peso del poder social es más importante que el del poder político para analizar el derrotero de una sociedad. Si la vitalidad social es adecuada, la política tarde o temprano terminará reflejando sus intereses. En las naciones con fuerzas sociales enérgicas y positivas, la sociedad obliga a converger al sistema político hacia objetivos comunes.

Por su parte, la articulación entre poder político y social se traduce en las relaciones entre Estado y sociedad. El poder político se manifiesta en el control del Estado. El poder social, en las potencias de la sociedad para desarrollar las iniciativas creativas de sus ciudadanos y para exigir medidas de gobierno a sus líderes políticos. En este sentido, Marías sostiene que un Estado se transforma en una maquinaria burocrática por dos causas: la primera, el propio crecimiento de la complejidad de la sociedad lleva al Estado moderno a perfeccionar sus mecanismos de intervención; la segunda, porque existe "una crisis de la concordia social, se está menos seguro de quién tiene la autoridad y entonces el Estado se afirma haciéndose presente donde antes no sentía necesidad de estarlo".

Fuente: LA NACION

Dicho en otras palabras, ante la ausencia de concordia, los grupos sociales pugnan por controlar el Estado y ponerlo a su servicio, en una perspectiva de corto plazo, en vez de perseguir el bien común. Esta puja es la que ha caracterizado la historia argentina desde mediados del siglo XX. Desde el surgimiento del kirchnerismo se ha encarnado en la grieta sociopolítica que hoy expresan Mauricio Macri y Cristina Fernández de Kirchner. Dada la vigencia de la democracia en el país, la grieta conduce a una puja electoral a todo o nada, que posterga la posibilidad de aplicar reformas estructurales.

Si esta fuera la descripción de nuestra sociedad actual, la conclusión sería que no existe un estado de concordia social y, por tanto, seguiríamos condenados a un estéril enfrentamiento por el control del Estado, alejado por completo de un plan de reformas que modernicen las estructuras productivas y permitan erradicar la pobreza en los próximos veinte años.

Sin embargo, creo que esta es una conclusión apresurada. Contra una apreciación superficial, basada en las características de la lucha política electoral, la vitalidad social de los argentinos está en plena forma y sus expectativas son superiores a las propuestas que reciben del poder político. El poder social es una fuerza presente que apoyará al poder político para que encare las reformas tantas veces postergadas. Se engañan quienes solo se aferran a sondeos preelectorales, de los que surgiría un equilibrio entre ambos exponentes de la grieta. La sociedad argentina ha madurado y sabe que las promesas demagógicas conducen inevitablemente a más pobreza en el largo plazo. Los argentinos no han sufrido en vano tantos desastres provocados por el populismo.

Frente a un peronismo que tiene una tendencia visceral a avasallar todas las instituciones republicanas y se acopla al presidencialismo para desplegar su intento invariable de poder hegemónico, el presidente Macri cree que no ha logrado acumular el suficiente poder político para implementar sus reformas y evitar que una derrota en las urnas nos haga retornar a las peores formas del populismo. Todo lo contrario, en la campaña electoral que se avecina debería explicitar su programa de reformas y dejar que sea la ciudadanía la que elija entre su propuesta reformista y el canto de sirena de los populistas. Porque por más que gane la elecciones presidenciales, Cambiemos nunca tendrá el poder político suficiente para llevar esa propuesta adelante. Debe apoyarse en el poder de las fuerzas vivas de la sociedad.

Macri ha escapado de la tentación del populismo. La recesión económica es profunda y, pese a ello, continúa incrementando las tarifas de los servicios públicos, no afloja en perseguir el déficit fiscal cero y mantiene elevadas tasas de interés real para contener el valor del dólar. Pero es hora de que el mensaje a favor de las reformas sea claro y muestre los beneficios que tendrán los ciudadanos en el futuro. En un mundo dominado por la comunicación, todo lo que se haga a favor de que los argentinos comprendan por qué llevamos décadas de decadencia, un caso inédito en Occidente, y cómo saldremos de esa encerrona histórica, es poco. Para ello es necesario recrear una mística en el Gobierno, un nuevo discurso atractivo, entusiasmante pero no demagógico.

Todos elogiamos la famosa frase de Churchill que les prometió a los británicos, "sangre, sudor y lágrimas", cuando Inglaterra estaba sola y con el riesgo cierto de ser invadida por los nazis. A partir de esa frase se gestó el triunfo en la Segunda Guerra Mundial. Si el presidente Mauricio Macri duda sobre el grado de comprensión de los argentinos, nunca habrá un programa de reformas estructurales. Si acepta el desafío de decirles la verdad a sus compatriotas, lo sabrán acompañar.

Miembro del Club Político Argentino

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