
Luis Brandoni, la lucidez y el talento de un hombre íntegro y cabal
Poseías el don de la amistad y eras generoso con tus afectos. Te reías con ganas y no te costaba mucho enojarte. Hiciste teatro, cine, televisión y lo hiciste bien y en muchos casos, muy bien. Alguna vez me confiaste que lo tuyo, más allá de aplausos y reconocimientos, era el teatro. Y por lo que pude llegar a conocerte, no estabas equivocado. Siempre tuve la sensación de que hasta tus momentos más inesperados, más confidenciales, los expresabas con los recursos de quien sabe que el teatro es un ejercicio inexcusable de la sensibilidad. Y sé que quienes se han familiarizado con esa virtud, siempre perciben, de una manera oblicua, confusa, pero finalmente certera, que Hamlet, Macbeth, Otelo, pero también Narciso, Edipo y Antígona, merodean alrededor de su vida.
Viviste 86 años y la lucidez te asistió casi hasta el último día. “Quiero una muerte breve y sin molestar a nadie”, dijiste no hace mucho tiempo. El privilegio, el de saber quién sos y asumir tu destino, lo supiste ganar con esfuerzo, talento y sensibilidad. Un mérito, una virtud que nadie, ni siquiera tus adversarios más obstinados, te pueden desconocer: la fama no te cambió. Llegaste a ser uno de los actores más famosos en un país que suele ser exigente para repartir esos dones. No sé si considerabas que la fama es puro cuento, pero estoy seguro de que sus cantos de sirena no te extraviaron ni te confundieron. Sabías quién eras en el limbo de la fama, porque salías a la calle cualquier día de la semana y siempre había una señora, un hombre mayor, pero también una chica o un muchacho, que se acercaban para saludarte, para sacarse una foto o pedirte un autógrafo. Me consta, hasta donde pude ser testigo, que siempre fuiste amable y siempre respetaste a las personas que se acercaban para conocerte. No era difícil conversar con vos, pero tampoco era fácil acceder a tu intimidad. Sobrio y educado, sabías poner distancia cuando era necesario. Practicar la demagogia hubiera sido una posibilidad que tenías servida en bandeja, pero nunca cediste a esa tentación. Siempre fuiste el Beto Brandoni, actor de teatro, de cine, de televisión. Y alfonsinista. Radical alfonsinista. Tu relación de afecto con Alfonsín era conmovedora. Ni incondicional, ni fanático, ni cortesano. La relación que un hombre de honor mantiene con alguien a quien respeta y le reconoce la virtud de mirar más lejos.
Con la política mantenías una relación a veces tensa, a veces crítica. Pero siempre te hiciste cargo de tus actos y tus decisiones. Nunca disimulaste decir lo que creías y lo que rechazabas; nunca te gustaron las medias tintas. Podías equivocarte, podías ser demasiado exigente, pero en todas las circunstancias lo que quedaba claro es que creías en lo que hacías y decías. Y en nombre de esa verdad eras capaz de jugarte sin reservas. Por esa entereza ganaste muchos amigos, pero también muchos enemigos. En todos los casos, siempre dispusiste de la entereza necesaria para caminar por la calle con la frente alta.
Las crónicas biográficas podrán definirte como actor, como político, como militante radical. Y no se equivocan demasiado, porque es lo que fuiste. Me voy a permitir, en homenaje a lo que nos conocimos y a lo que conversamos más de una vez, destacar un costado o un perfil de tu personalidad que me resulta importante y en algún punto decisivo. Conversando con vos siempre me dominó la sensación, aunque anduviéramos cómodos por arriba de los setenta años, de que conversaba con un muchacho de barrio. Más: me atrevería a afirmar que en ese lugar, con ese personaje, te sentías íntimamente identificado. Tus imaginarios, tus mitos, tu manera íntima de estar en la vida remiten a ese personaje que por comodidad nombramos “muchacho de barrio”, un arquetipo, o como mejor quieran llamarlo, que incluye una estética y una ética que, claro está, se escribe y se silba con el ritmo y los compases de un tango.
La soledad, la amistad, el amor, una manera de estar y de vivir la vida se incluyen en ese mito. Alguna vez me lo dijiste: siempre me sedujo, me asistió hasta en los momentos más difíciles, una imagen en la que me reconozco caminando por las veredas del barrio, solo pero no triste ni mucho menos derrotado, con las manos en el bolsillo y silbando un tango o una milonga, mientras hacia el horizonte de casa bajas empiezan a distinguirse los tonos de la madrugada. Como todo muchacho de barrio tenías calle, noche y estaño. Sabías del valor sagrado de la amistad, y que todo hombre que se precie sabe disfrutar de la vida, pero también sabe de los sinsabores de la vida. Como el personaje de Cátulo Castillo, puedo permitirme decir que “tu frente triste de pensar la vida, tiraba madrugadas por los ojos”.
Hablamos por teléfono hace un par de meses. Y quedamos en que en mi próximo viaje a Buenos Aires iríamos a cenar a un restaurante que, según tus palabras, no podía dejar de conocer. La muerte se cruzó en el camino y no habrá ni café en el bar, ni última cena, ni caminata por alguna calle porteña. Claro que me hubiera gustado compartir un par de noches más con una grapa y algún tango cantado por Rivero o el Polaco. O por el Tata Floreal Ruiz o Raúl Berón. No será posible. Por lo menos en este mundo no será posible, lo cual es una certeza dolorosa porque a los agnósticos nos cuesta creer en otra vida. Chau, Beto. Estos adioses son largos y tal vez definitivos, pero más allá de toda certeza y toda duda, me asiste la sospecha, infundada pero persistente, de que en algún punto, en algún repliegue del universo puede que haya un barrio que compartimos y al que siempre vamos a regresar, como le gustaba decir a Pichuco; puede que haya un club con bailables de los sábados con su escenario, su pista de baile y mujeres que disimulan su ansiedad custodiadas por tías severas; puede que haya un bar con ventanales a una calle desierta y una mesa de billar apenas iluminada para distinguir la sombra de un jugador que le pone tiza al taco; puede que haya una piba en el banco de una plaza que pronuncia en voz baja un nombre que puede ser el tuyo o el mío; puede que haya tres o cuatros amigos en la esquina de siempre que nos están esperando porque a la medianoche en punto hay una cita a la que no podemos faltar.







