Manuel Puig o el prodigio de ser popular y a la vez vanguardista

Un joven Manue Puig, Con una obra que se nutrió del melodrama, el universo cinematográfico y los giros del habla común, la vigencia del autor de El beso de la mujer araña se mantiene a 30 años de su muerte
Un joven Manue Puig, Con una obra que se nutrió del melodrama, el universo cinematográfico y los giros del habla común, la vigencia del autor de El beso de la mujer araña se mantiene a 30 años de su muerte Fuente: Archivo
Con una obra que se nutrió del melodrama, el universo cinematográfico y los giros del habla común, la vigencia del autor de El beso de la mujer araña se mantiene a 30 años de su muerte
Daniel Gigena
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18 de julio de 2020  • 00:00

Manuel Puig (1932-1990), quizás el gran novelista argentino, supo unir vanguardia y popularidad. Esa lección, en un país donde la literatura perdió lectores de manera significativa, no es menor. Tanto Graciela Goldchluk, a cargo del archivo de Manuscritos de Manuel Puig y especialista en su obra, como el escritor Ricardo Piglia, señalaron que Puig empezó a escribir "después" de Borges, sin asumir su legado. A diferencia de otros narradores, como Juan José Saer o Rodolfo Walsh, él lisa y llanamente lo ignoró. Goldchluk cuenta que durante un encuentro con estudiantes alemanes, cuando le preguntaron si hablaba con su padre, Puig respondió: "No, porque yo no le entendía el código para nada". Mientras que el autor de Ficciones construía su prestigio mediante un sistema de referencias legitimadas (de Cervantes a Poe), el escritor nacido en General Villegas experimentaba con los géneros desechables de la cultura de masas para poner en marcha su maquinaria narrativa.

El radioteatro, el folletín, las letras de boleros, las revistas del corazón, "la lengua de las tías" y los melodramas cinematográficos fueron ennoblecidos por su obra. "A mí, los géneros populares me tocan -declaró en una entrevista-. El melodrama, la comedia musical, por ejemplo. Y trato de desentrañar los elementos válidos que puedan tener e incorporarlos en mis obras". Con esa fórmula, sencilla en apariencia, inició un trabajo sin parangón en la literatura argentina. Una vez exiliado del país, forzado, desde ya, por los grupos parapoliciales de la tercera presidencia de Juan Domingo Perón, dejaba atrás un ciclo de novelas habitadas por voces reconocibles: La traición de Rita Hayworth (1968), Boquitas pintadas (1969) y The Buenos Aires Affair (1973). En el exterior, Puig empezó a trabajar con testimonios grabados (de exiliados políticos, albañiles o catedráticos) y aspiró, no solo por cuestiones de mercado, a escribir en un español neutro.

"No hay un novelista en el siglo XX argentino comparable a Manuel Puig y eso es porque sus novelas no envejecen -dice el profesor y ensayista Daniel Link-. Cada vez, se las lee como textos contemporáneos. Tengo un programa de trabajo de posgrado que vuelvo a proponer cada cinco años que se llama 'Manuel Puig: ocho novelas'. Lo curioso es cómo cambian las lecturas, lo que, en algún sentido, subraya la plasticidad de esos textos que no fueron concebidos para convertirse en clásicos y sin embargo lo son". Como ejemplo, Link refiere que las últimas generaciones de estudiantes leen que Molina, uno de los protagonistas de El beso de la mujer araña, es una mujer trans. "No es seguro que Puig tuviera eso en la cabeza, y es casi seguro que nosotros, en su momento, no leímos el personaje de ese modo. Pero hoy sería muy difícil contradecir esa lectura, en la que la experiencia de Puig cabe sin esfuerzo. Cada frase, cada nombre en Puig reverbera en direcciones insospechadas. Por eso, no nos queda sino amarlo y escuchar cómo su voz se vuelve la voz de nuestro tiempo". Publicada en España en 1976, esa novela que estuvo prohibida en la Argentina durante la dictadura militar, comienza así: "A ella se le ve que algo raro tiene, que no es una mujer como todas".

Un lugar excepcional

También para la escritora Graciela Speranza el autor de Sangre de amor correspondido ocupa un lugar excepcional en la literatura argentina. "Como muy pocos escritores de nuestro canon, consiguió reunir el éxito de público, la admiración de sus pares, el interés sostenido de la crítica, el reconocimiento internacional y un legado perdurable en varias generaciones de escritores, resolviendo a su modo, único e inimitable, la tensión entre novela experimental y novela popular -dice-. Su gran sensibilidad estética, capaz de captar en el aire el estallido del pop mientras escribía su primera novela en Nueva York en los años sesenta, fue capital. Como los artistas pop, hizo de la copia un arte, confundió su propia voz con la de sus personajes y concibió un nuevo arte hecho con restos de la cultura de masas, mediante una sutil transformación que los convierte en arte, sin producir por eso efectos paródicos o críticos, con voluntad democrática de destruir el mito individualista del estilo". Las tres primeras novelas de Puig siguen el método descrito por la autora de Cronografías.

Para Speranza, Puig resolvió la tensión entre tradición y vanguardia de un modo original, incorporando a la literatura la tradición del cine. "Esto no es una metáfora, sino un dato material si se piensa en su colección de más de 1500 títulos de videos, un proverbial reemplazo de la biblioteca de escritor por la cinemateca y la videoteca, en un diálogo que excede la mera renovación del arsenal técnico -agrega-. Hay un espectro muy variado en esa videoteca con lecciones muy diversas, pero hoy particularmente habría que recordar que, mucho antes de las relecturas feministas de las últimas décadas, ajeno a cualquier agenda teórico-estética, y contrariando incluso los esquematismos de los incipientes estudios de cine feministas, Puig reivindicó el género de ?películas de mujeres' de Hollywood, sobre todo aquellas en que las mujeres están en primer plano y ocupan el centro de la pantalla". Estrellas como Marlene Dietrich, Greta Garbo, Rita Hayworth o Mecha Ortiz reviven en las fábulas puiguianas como encarnaciones de una libertad sexual arrolladora. "A mí me enseñó cómo se escribe un personaje femenino -aporta Luis Gusmán-, y no un hombre hablando de una mujer".

Su ciclo de ocho novelas influyó a diferentes creadores. Se pueden seguir las huellas de Puig en autores como Alejandro López, Mario Bellatin, Alberto Fuguet o el escritor, cineasta y dramaturgo Santiago Giralt. "A los quince años tuve un doble encuentro con Manuel Puig -dice el autor de La mala memoria-. Para el colegio debía leer Boquitas pintadas y en una colección de novelas llamada Narrativa Actual que compraba en un kiosco apareció El beso de la mujer araña. Ese doble encuentro marcó un vínculo de autor y lector que aún continúa, que se extiende a la hora de escribir películas, novelas o teatro cuyo escenario de acción es el interior de la Argentina. Un escritor homosexual del interior, con una fascinación literaria menor a su pasión por el cine, puso la novelística argentina patas para arriba". Puig presenta una visión incómoda de la Argentina, "observada a través del vidrio oscuro del melodrama, la disidencia, la parodia al psicoanálisis y con un oído de una afinación perfecta para recortar fragmentos de habla que definen una época y un mundo".

El teatro de Puig quedó relegado a un segundo plano y hasta el momento no obtuvo el reconocimiento merecido. "Su dramaturgia tiene la misma cantidad de obras que sus novelas y una singularidad dentro del panorama dramático de su generación -señala el gestor cultural José Miguel Onaindia-. El juego entre los géneros, el uso de un lenguaje lírico con apariencia coloquial y el alejamiento del realismo son las marcas de su obra, muy apreciada en circuitos internacionales. La versión teatral de El beso de la mujer araña fue estrenada en España y Misterio del ramo de rosas [publicada en forma póstuma en 1997] en Londres, para ser luego protagonizada por Anne Brancoft en Los Ángeles. Ambas tuvieron múltiples versiones en distintas ciudades del mundo. Bajo un manto de estrellas (1981), a mi juicio su obra de más peso, fue estrenada en Brasil. El teatro argentino debería otorgarle más espacio en la cartelera". Varias novelas, en cambio, fueron adaptadas al cine de inmediato, reflejo del éxito entre los lectores.

Los años en Río

El próximo miércoles se celebrará la Jornada Virtual Internacional "30 años sin Manuel Puig", organizada por el Programa de Postgrado en Estudios de Lenguaje de la Universidad Federal de Mato Grosso y en la que participarán Goldchluk, José Amícola, Lionel Souquet, Juan Ferreira Fiorini y Patricia Bargero, entre otros. Las inscripciones para oyentes son gratuitas y se pueden hacer en www.e-inscricao.com/mosaicoassessoria/30anossempuig

"Vivió en los años ochenta en una Río de Janeiro que se había convertido en el centro cultural de Brasil y era escenario de una movida joven, de choque contra una dictadura que estaba por terminar -señala Ferreira Fiorini-. Y fue en ese momento en el que decidió experimentar no solo con las estrategias narrativas, como siempre lo hizo, sino también con la lengua. Allí escribió en un portugués cercano a la lengua oral Sangre de amor correspondido (1982), que tiene como punto de partida las conversaciones con un obrero que trabajaba en su apartamento". Después vino Cae la noche tropical (1988), última y magnífica novela, también escrita en portugués. "Trae al lector una doble reflexión: la del extranjero que siempre fue -representado por Luci, argentina que vive en Río y que recibe la visita de su hermana Nadia-, y la de la vejez que se le acercaba: estaba al borde de cumplir 60 años, que desgraciadamente no llegó a cumplir". Puig murió el 22 de julio 1990 en una clínica de Cuernavaca, en México, a los 57 años.

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