Mi encuentro con compañeros de la primaria
Poco antes de Navidad, gracias a las redes sociales, nos encontramos con algunos compañeros de la escuela primaria en la casa de uno de ellos. A muchos no los había vuelto a ver en treinta años o más, salvo en fotos que mi madre había guardado en una caja de zapatos. A otros sí, en mis visitas a familiares que viven en el barrio de la escuela de la infancia. Algunos de mis amigos de la primaria estaban en pareja; otros se habían divorciado; otros, después de separarse, habían formado una nueva pareja. Sólo yo, creo, había enviudado, pero eso no lo mencioné esa noche. La mayoría tenía hijos, todos mayores de lo que éramos nosotros cuando compartíamos días, semanas y meses en una escuela del conurbano donde (eso lo recuerdo bien siempre que desprestigian el papel de la escuela) aprendimos a leer y a escribir en primer grado.
Los matrimonios de nuestros padres, casi sin excepción, se habían mantenido por décadas y atravesaron, si no indemnes por lo menos juntos, crisis económicas, dictaduras, desempleo, enfermedades. No sé si eso había sido un mérito.
El encuentro con mis amigos de primaria fue una especie de repliegue en una burbuja afectiva que, de pronto, se hubiera vuelto hacia el exterior. Había y no había bordes, un poco a la manera de los medios que nos habían acercado. Leí este año muchas críticas a Facebook (porque difunde noticias falsas, porque permitió que Donald Trump llegara a la presidencia de Estados Unidos, porque es una galería de exhibicionismo, porque afecta la sacrosanta privacidad de la humanidad), pero por medio de esa red social nosotros, como otros imagino, nos habíamos reencontrado, primero de manera virtual, luego sentados a la mesa de la casa de Adrián y Andrea un sábado a la noche, con pizza, gaseosas y helado como menú. A la madrugada tomamos mate y café.
El cariño por los amigos de infancia tiene una condición especial, que lo diferencia de todos los otros vínculos que se construyen a medida que crecemos. No recordábamos humillaciones, maltratos, decepciones, ofensas graves; más bien el lento (porque nos parecía lento en ese entonces) avance del tiempo. Crecimos juntos, sentados en aulas con la vista al frente, y en los recreos en racimos de chicos y chicas, en campamentos en las sierras y en predios con piletas, canchas y árboles. Pasamos más tiempo entre nosotros, creo, que con nuestros familiares. Como se dice desde la época del ñaupa, la escuela era (¿y no es todavía eso?) un segundo hogar. En algunos casos, por momentos, era preferible al primero. La niñez, lamentablemente, no decreta el exilio del sufrimiento hasta que las personas crezcan. Eso también lo vemos en la calle, en las fotos de masacres en distintas ciudades del mundo, en nuestro propio barrio cuando cae el sol.
Algún aspecto de la personalidad de cada uno de mis amigos se había agudizado; otro, transformado en una propiedad típica de una clase (social, no escolar), una edad, un oficio. El buen humor de Cristina se había convertido en histrionismo; la voz de Juan se había vuelto grave y estentórea como un trueno. A la mirada dulce de una amiga de infancia se le había sumado un matiz comprensivo. El cuerpo de todos, como el de Alicia cuando se aventuró a ir más allá del espejo, se había estirado, había crecido en el abrir y cerrar de ojos del paso de unas cuantas décadas.
Como ocurría en la escuela, también hubo ausentes y en esa ocasión fuimos nosotros los que pasamos lista. Algunos compañeros se habían exiliado, muchos de ellos por motivos económicos, o habían decidido instalarse en pueblos o ciudades de las provincias para vivir más tranquilos. ¿Lo habían conseguido? Cuando los viera en persona (o por Facebook), les preguntaría. Todos habíamos cumplido cincuenta años ya y esa noche nuestra vida hacía un rulo desde el que nos observábamos. ¿Qué habíamos aprendido en la escuela que existía fuera de la escuela, menos provista de cuidado y en la que el cariño y la compasión circulaban con dificultad? A usar corazas, a postergar nuestros deseos, a atacar si era necesario; a trabajar y a crecer cerca de los seres queridos (que podían volverse no queridos un día), a esperar y a dar las gracias.
¿Y qué habíamos esperado mis compañeros y yo del encuentro en la casa de Adrián, vecina de la plaza de Tapiales, donde también los árboles habían crecido y los jóvenes de hoy tomaban helados o cerveza sentados en el pasto y en los bancos? Qué otra cosa sino lo que esperamos todos: una forma auténtica de la felicidad, en compañía, con un pasado en común y una perspectiva amable de la existencia. Volveríamos a vernos.










