Nick Hornby, entre la alta cultura y la TV

En Funny Girl, el autor inglés explora el mundo de las series televisivas en los años 60 y el lugar de la comedia como género literario
Carolina Esses
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13 de noviembre de 2016  

Los Beatles lo hicieron. Dieron el salto que los llevó, como dice Bill Gardiner -uno de los personajes de Funny Girl, la última novela de Nick Hornby publicada por Anagrama- de ser "todo I love you yeah yeah yeah a componer un disco como Revolver". "Creo que era She loves you", lo corrige Tony Holmes, su amigo y coguionista. Poco importa. La cuestión que desvela a Bill, en todo caso, es por qué deberían ellos seguir escribiendo lo mismo, por qué no pueden permitirse hacer otra cosa, transformarse, estar más a tono con los tiempos que corren. Tony intenta convencerlo. Necesita seguir escribiendo, tiene una familia que mantener pero, sobre todo, no le encuentra sentido a cambiar una receta aceptada por miles de televidentes: "¡Lo único que quiero es llenar páginas!", dice.

Al igual que Bill y Tony, Hornby es un escritor de comedias. Lleva escritas siete novelas del género, dos de ellas llevadas con éxito al cine -¿quién no recuerda a John Cusack como Rob, el personaje que sale en busca de sus ex novias para entender su fracaso amoroso en la versión cinematográfica de Alta fidelidad? ¿O a Hugh Grant como el galán inmaduro de Un gran chico?-, un puñado de guiones y una decena de libros de no ficción. Sus lectores entienden sus guiños generacionales, su ironía. Están acostumbrados a que los personajes secundarios de sus tramas ganen protagonismo. Saben que la anécdota -un grupo de suicidas de Año Nuevo, una mujer que abandona a su marido- es sólo el punto de partida; lo que importa es el resto: la música, el fútbol -Hornby es fanático del Arsenal- o como en Funny Girl el universo de las series de televisión de los años sesenta y todos sus ingredientes: el productor, el director, la audiencia, el crítico detractor.

Quien viene siguiendo a Hornby entiende también que, en última instancia, se trata de mostrar la tensión que se genera entre la cultura del entretenimiento y la música o la literatura de culto. Lo trabajó con maestría en Alta fidelidad. Barry, uno de los empleados de Championship Vinyl, era capaz de echar a los gritos del local a cualquier cliente que nombrara al músico equivocado. En su última novela, Hornby lo vuelve a hacer. Sólo que esta vez la tensión se traslada a un campo todavía más sensible: el de la escritura.

Por un paréntesis

Funny Girl sigue las andanzas de Bárbara, convertida por un agente de televisión en Sophie Straw, una chica de Blackpool que renuncia a un concurso de belleza para probar suerte como actriz de comedia. Luego de su primera audición consigue un papel en una serie que se llamará justamente, Bárbara (y Jim). Los paréntesis -el enojo que provocan en Clive, el personaje que interpretará a Jim- y el juego entre el nombre real de Sophie y su nombre de ficción dan cuenta de la importancia que tendrá en la novela el tema del lenguaje. Incluso en la vorágine de la escritura para televisión, parece decirnos Hornby, un paréntesis, una coma, pueden hacer toda la diferencia. Por momentos, la novela recurre a la tradición de los juegos de palabras, ese universo de puns and limericks tan importante en el mundo anglosajón. Quizás por eso al leer la versión en castellano el lector sienta que, si bien se transmite un clima londinense, hay algo que se pierde. Hornby es un autor "muy inglés" y eso hace en gran medida al atractivo de su narrativa.

A pesar de que Bárbara se lleva el protagonismo en los créditos, lo interesante es lo que sucede en torno a Bill y Tony. A partir de sus discusiones, Hornby da la posibilidad al lector de entrar en la cocina de la comedia y muchas de las escenas que protagonizan -como la que abre esta nota- son las más interesantes. Cada uno de ellos representa un tipo de escritor: Tony es el que defiende el oficio ante todo; Bill, el que tiene las aspiraciones más literarias. La comedia se produce y emite por la BBC, lo cual plantea -y les plantea a los guionistas- una cantidad de problemas: ¿qué se puede y que no se puede decir en la televisión estatal?, ¿cuánto de la realidad política se puede incorporar a la serie?, ¿cuánta libertad de acción tienen los guionistas?

Cuando Bill empieza a sentir que es tiempo de cambiar de aire la serie lleva ya tres años de éxito ininterrumpido. Son los años sesenta. Es el auge de la cultura de masas que llega de la mano de la TV y una audiencia que está ahí afuera, lista para ver y oír. Sólo que no es lo único que pasa y Bill lo sabe. Están Los Beatles, los Rolling Stones, The Who. Carnaby Street es punto de reunión de todo tipo de artistas, se difunde el pop art, se empiezan a gestar los movimientos de liberación de las minorías. Seguir escribiendo el mismo guión orientado a la pantalla familiar de la clase media inglesa es quedar afuera. Bill lo sabe.

A pesar de que lo que escriben no está nada mal, de que tanto él como Tony hacen un gran esfuerzo por renovar los gags, por incorporar algo de todo lo que está sucediendo alrededor. Sabe que formar parte de esa explosión de la cultura de masas lo incluye y a la vez lo excluye. Sobre todo porque ha empezado a escribir una novela y la distancia entre lo que quiere contar -el despertar de su sexualidad gay- y la historia que escribe para la televisión, hay un salto abismal.

Hornby explora el problema -la cultura del entretenimiento en relación con la llamada alta cultura- y deja que se multipliquen las preguntas. ¿Dónde se ubica la comedia en el campo literario? ¿Es, como plantea Vernon Whitfiled, un poeta amargado y de pocos escrúpulos, un género menor, que jamás podrá estar a la par de las grandes obras de la literatura?

Marina Macome, una de las escritoras argentinas que explora el género, autora entre otros de La reina del hielo seco (Plaza y Janés), dice con humor: "Creo que es una antigüedad no tomar en serio a la comedia. No digo que no pase. Pero es tan anacrónico como pensar que el rojo y el rosa no pueden combinarse." Para ella, Hornby es claramente un referente. "Creo que «escanea» muy bien al occidental acomodado y sus problemas existenciales", dice. "En general me resulta ácido y brillante y su escritura, ágil. Algo parecido me provocó este año Gracias por la compañía, de Lorrie Moore."

Ilustración: Guido Ferro
Ilustración: Guido Ferro

El último libro de Mori Ponsowy, Busco un amigo (Suma de Letras), también se interna en las posibilidades de la comedia de enredos. Parte de una estructura similar a la de las novelas de caballería y plantea una relectura de las novelas de amor. Porque es cierto: los ingleses tienen las comedias de Shakespeare pero nosotros tenemos a Cervantes. Aunque hay que aceptar que la tradición de los anglosajones en el género es mucho más amplia. Ellos no sólo tienen autores -mucho más cercanos en tiempo y talento- como David Lodge, sino que conocen al dedillo esa estructura de media hora de los guiones de las sitcoms. Tienen el tempo y el oficio. "No he leído ningún autor argentino que logre conjugar la buena literatura, el entretenimiento, el humor y la profundidad de los personajes como lo hacen Hornby y algunos otros autores ingleses", dice Ponsowy. "Me parece que, en líneas generales, la literatura argentina quiere ser seria, que se toma muy en serio, que se ríe poco de sí misma."

Amor por los personajes

¿Por qué gusta tanto Hornby? ¿Cómo hace para ser un escritor que vende miles de ejemplares a la vez que es admirado por sus colegas? Ponsowy ensaya una respuesta: "Porque es entretenido sin ser banal", dice. "Porque en todas sus novelas hay humor e ironía desde la primera página. Porque me hace reír y me conmueve al mismo tiempo. Porque escribe sin artificios, pero de manera impecable. Por su agudeza. Pero, sobre todo, me gusta Hornby porque ama a sus personajes: no hay ni uno solo que no sea tratado con amor, aun cuando el autor muestre sus peores defectos. Esa compasión por quienes se equivocan, por quienes andan perdidos en el mundo, esa manera de reírse de ellos sin malicia, sino con un cariño humano, me conmueve enormemente."

Quizás a Funny Girl le falte algo del ritmo de Un gran chico, Cómo ser buenos o Alta fidelidad. Quizás Hornby se esté repitiendo un poco y las preguntas que plantea aquí sean las que se hace a sí mismo. ¿Cuántos cambios puede permitirle a sus novelas sin perder el sello que las convierte en "una de Hornby"? Lo cierto es que en Funny Girl toma un riesgo: los guiños al lector pertenecen a un mundo generacionalmente lejano. Ya no se trata de la música de los años setenta y ochenta. Aquí el lector se sumerge en la televisión inglesa de los años sesenta. Y quien quiera seguir sus guiños -sobre todo en estas latitudes- tendrá que, al menos, googlear algunos nombres.

La novela no defrauda. Hay algo del cuidado del que habla Ponsowy, de la manera en la que retrata el paso del tiempo en sus personajes que conmueve. Algo de nostalgia de "esto ha sido todo". Cuando Bárbara entra al estudio a dar su primera audición es 1964; cuando la novela termina ya se ha atravesado el nuevo milenio. No se va a anticipar aquí la trama. Basta con mencionar que el tiempo, parece decir al final Hornby, todo lo acomoda. Es él -y no los críticos apurados por clasificar lo que se escribe- el que se ocupa de darle un lugar a cada quien. Lo importante es escribir y ser leído. Hornby lo dice con humor en alguna entrevista: difícilmente te lean en el futuro si nadie te lee hoy.

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