Niños curiosos, un modelo para armar

¿Cómo despertar la inquietud por saber y conocer el mundo en los más chicos? Entre la crianza y la educación, la escucha atenta y la capacidad de poner el cuerpo, los adultos tienen mucho para hacer en este terreno.
¿Cómo despertar la inquietud por saber y conocer el mundo en los más chicos? Entre la crianza y la educación, la escucha atenta y la capacidad de poner el cuerpo, los adultos tienen mucho para hacer en este terreno. Crédito: Shutterstock
Natalia Gelós
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31 de enero de 2019  • 17:55

"¿En qué tipo de adultos te gustaría que se conviertan tus hijos?". Esta pregunta de Melina Furman, bióloga, investigadora, doctora en Educación, abre el juego –y las inquietudes- con la que arranca Guía para criar hijos curiosos (Siglo XXI Editores). En un libro ameno y fácil de transitar, esta autora vuelca veinte años de investigación para despabilar la crianza, derrumbar mitos y, en especial, mirar los propios modos de ver el mundo y las contradicciones en las que a veces caemos cuando queremos indicar a los chicos lo que hay que aprender. A fin de cuentas ¿qué significa eso hoy por hoy?

¿Cómo ayudarlos a construir esa adultez? Para empezar a responder esa pregunta, Furman trata de lanzar sogas que de alguna manera ayuden a resolver ciertas angustias que esas inquietudes propician e intenta –y logra- bajar ciertas ansiedades muy de época que meten más presiones que asistencias. Queremos hijos curiosos, pero ¿lo somos nosotros? Hay un interesante juego de espejos y escondidas en todo esto. En definitiva, para poder pensar en cómo estimular la curiosidad en lugar de dejar que mengüe con el viento, la propuesta es buscar en el arcón de nuestro interior algo que quizá tenemos olvidado: la intuición. Además, requiere de algo básico: poner el cuerpo. Porque la crianza, parece decir Furman, se resume en algo tan simple como estar ¿Estamos? Más allá de las aspiraciones, ¿realmente estamos sin pantallas, con escucha, sin moldes preformateados?

Desparramar el tablero

En sus veinte años de experiencia, Furman suma libros, trabajos con docentes, programas educativos, y algo clave: es madre de mellizos de seis años. Esto último para ella significó un estallido: "Fue una revelación enorme ver cuánto hay de esencia, de algo que traemos, en nuestra especie". Criados igual desde el minuto cero, cada uno tiene su impronta, su fuego. Para ellos, para todos, la intención es buscar de qué manera se enciende esa chispa y el libro estimula a pensar en posibles respuestas. "La invitación es a ver en qué es que nuestros hijos fluyen y brillan", propone Furman, y agrega: "Lo que es sanador para mí como madre es entender que la inteligencia no es una cosa clásica, que no se es inteligente por ser bueno en lengua o matemática, sino que hay inteligencias múltiples y nuestra misión es entender qué es lo que los chicos traen". Desparramar el tablero de conceptos pre establecidos, buscar lo genuino, desarrollar la empatía. Esas son algunas de las banderas con las que avanza página a página.

Melina Furman, autora de Guía para criar hijos curiosos (Siglo XXI)
Melina Furman, autora de Guía para criar hijos curiosos (Siglo XXI) Crédito: Matias Aimar

La guía funciona como Norte. No es un tutorial. Es, podríamos decir, una herramienta de reflexión. Aunque muchas veces se busque la receta mágica, el consejo certero, aquí no se trata de una pócima. No es posible la crianza a control remoto. Nada se transforma sin compromiso. "El check list no va a funcionar", advierte la autora, que llama la atención sobre esos espacios de juego, de compartir, y señala que deben ser momentos en los que el celular, las preocupaciones, queden afuera. Ella recurre, por ejemplo, a poner el celular literalmente en una caja. "Nuestra gran amenaza es lo que traemos en la cabeza del resto del día y la tecnología".

Furman indica que lo que vale la pena aprender hoy se puede englobar en cuatro grandes aprendizajes: comprender, pensar, aprender a aprender, aprender a vivir con uno mismo y con otros (las famosas habilidades socioemocionales, la empatía). Entre propuestas prácticas, experiencias personales y un grandioso recorrido bibliográfico sobre referentes del mundo de la educación, algunas preguntas empiezan a responderse y otras –muchas- a ramificarse. Eso va en sintonía con esa curiosidad, con la idea de que aprender nunca se reduce a una respuesta acertada sino, más bien, a una pregunta amplificada. "Parte de la misión de los padres es abrir los horizontes pero también escuchar si algo para los chicos no va", dice y advierte: "Es difícil llevarlos a ser algo que nosotros no somos. Para mí, lo mejor es mostrarles que como adultos somos apasionados y nos gustan cosas".

Que el aprendizaje requiere de chispa (deseo de aprender algo) y andamiaje (el acompañamiento); que a veces está bueno aburrirse porque ahí nace la creatividad; que leerles un libro no es sólo pasar las páginas sino reflexionar sobre lo que quiso decir el autor, sobre otros posibles finales, sobre las emociones que eso genera. Cuestiones así se despliegan entre anécdotas personales que sirven de ejemplo y estudios científicos que avalan lo dicho.

Somos jardineros

De nuevo: ¿Cómo queremos que sean de adultos? La idea de siembra está en la infancia. La elección de la educación formal sería una de las guías para ese crecimiento, claro, pero no es el único, ni, dice Furman, el definitivo. Enumera algunas cuestiones a tener en cuenta, sí, para ayudar a resolver esas inquietudes que se abren cuando llega el momento de elegir escuela primaria: si es estatal o pública, los proyectos educativos, los valores, la distancia a casa ¿Cuál es la más crucial? Para ella, depende de los valores de cada familia. Su elección pasó por la propuesta pedagógica, por ver qué actividades, qué comunidad asiste, "un poco sabiendo que lo que no sucede en la escuela, en casa lo complementamos". Eso último es clave.

Las escuelas en este caso serían un capítulo aparte. Esa chispa puede mantenerse ahí tanto en públicas como en privadas. Pese a miles de frentes abiertos y situaciones urgentes, esto no es un imposible según la investigadora, que señala que las políticas públicas deben fortalecer la educación en la primera infancia. "En la escuela que atiende a sectores más vulnerables la mayor urgencia, además de la contención, de que los chicos puedan estar bien, es que aprendan a pensar, a comprender textos, a trabajar con otros". Furman coordina áreas de ciencias naturales de formación docente en la Ciudad de Buenos Aires y ahí, dice, busca que quienes asisten se pregunten qué grandes ideas quieren comunicar. Asegura que modos más motivadores pueden lograrse en cualquier condición y que en muchas escuelas públicas y privadas ya lo consiguen. "Hay que acompañar a los docentes. La investigación muestra que en muchas escuelas los chicos están sentados, copiando cosas que no terminan de entender y no les resultan relevantes. Hay que repensar eso", dice.

Pero ¿Qué es, en definitiva, aprender hoy? "Es abrir nuestro mundo a nuevas ideas, nuevas experiencias. Conocer las grandes preguntas, los temas apasionantes de cada disciplina del ser humano: las ciencias, las artes, la tecnología. Aprender siempre ha sido una de las grandes maneras de mantenernos encendidos, de innovar, incluso de ser jóvenes toda la vida y creo que hoy más que nunca tenemos la oportunidad de expandir nuestros horizontes y aprender cosas nuevas todo el tiempo", dice Furman. Su guía logra resumir y desentrañar algunas marañas en ese camino.

Hay una metáfora que lo ordena todo. A los hijos no se los talla como a un muñeco de madera. A los hijos se los ayuda a crecer. No somos carpinteros. Podemos aspirar a ser, apenas, jardineros. Furman la utiliza para hablar de lo que significa aprender, criar, ayudar en ese camino infinito de la educación y la toma del libro de Alison Gopnik, El jardinero y el carpintero. Se trata de eso, de hacer y reconocer la diferencia. Porque no se puede moldear, porque se trata de acompañar. En el viaje por la educación de los hijos no hay molde que valga. Labrar a gusto es un imposible. Se trata, más bien, de cuidar, atender, nutrir, estimular. El resultado será, hay que saberlo, menos predecible. "Ninguna planta resulta igual que otra, aunque haya cuidado mucho a las dos", dice Furman para indicar también que no se puede producir el "mueble perfecto", que los moldes de crianza de antemano sólo producen frustraciones y que, en cambio, el cuidado y el acompañamiento pueden ayudar más. Vuelve sobre esa idea del jardinero, la resalta, la hace bandera porque es, dice, "una metáfora liberadora". Como su libro, que sirve para repensar los modos de criar, que intenta decirnos que esto es una aventura que se arma con escucha, un vínculo amoroso y una apertura real a encuentro que siempre nos deparará sorpresas.

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