Oye, guapa, ¿has visto lo que pasó en Caracas?
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Hay gente que en su vida comió una arepa o unos tequeños y que esta semana opinó sobre Venezuela. El argumento es: si Estados Unidos se metió, yo también voy a opinar. Y así fue: desde Juan Grabois, mientras marchaba a la embajada de Estados Unidos, hasta Patricia Bullrich en el Obelisco, pasando por Ricardo Montaner, Luciana Salazar y Nito Artaza, cada uno dejó una opinión que seguramente usted estaba esperando escuchar. Faltó que el compañero revolucionario Zamba dijera algo en Paka-Paka y ya había cartón lleno de muñecos hablando del tema.
A Maduro, que se despertó en Caracas y se fue a dormir en Nueva York, le pusieron al mismo abogado que defendió a Julián Assange. Es como cuando llamaban a Caruso Lombardi para salvar del descenso a un equipo a tres fechas del final del campeonato y todavía faltando el partido con River en Núñez. Imposible. Más si se tiene en cuenta que la batería de acusaciones en su contra arranca con narcoterrorismo y sigue con la aparición de centros de tortura, denuncias de presos políticos y periodistas detenidos.
Como si fuera poco, la Justicia argentina le pidió a Estados Unidos la extradición de Maduro porque hay una causa empezada por venezolanos que viven en el país. Según trascendió, el juez de Nueva York todavía se sigue riendo. Es como si Belgrano de Córdoba quisiera traer a Mbappé a jugar la Copa Argentina.
Mientras tanto, de fondo las preguntas ocuparon el debate: ¿le correspondía a Estados Unidos atacar Venezuela? ¿fue una operación por la democracia de Venezuela o por el petróleo venezolano? Todos se enroscaron en la discusión menos Donald Trump, que ya al día siguiente se puso a hablar de Cuba, Colombia y de comprar Groenlandia. Lo rápido que suelta los temas es increíble. ¿Se acuerdan cuando estaba siguiendo la guerra de Ucrania y Rusia? Trump parece el argentino promedio que en enero se anota en el gimnasio y en febrero dejó porque hace calor.
Acá en la Argentina estamos más que seguros: una invasión de Estados Unidos fracasa a los cinco minutos porque hacer algo en este país en enero es imposible. Para empezar, por más que nos invadan, no va a haber ningún periodista para cubrir la noticia: la mitad está en la Costa Atlántica mostrando cuánto cuestan los churros y la otra mitad analizando por qué Luciano Castro cambió el acento como si fuera un actor de doblaje para intentar seducir a una joven danesa radicada en Madrid (si la CIA llega a escuchar los audios donde dice “Oye, buen día, guapa”, “No quiero ser ni un gilipollas” y “Si mañana curras, puedes venir a casa” van a flipar pensando que están atacando a España).
Más allá de los personajes de la farándula, si los soldados estadounidenses esperan encontrar a algún funcionario, bueno, que sigan esperando: están todos en Twitter peleándose con los kirchneristas por Venezuela o festejando que el Banco Central volvió a comprar dólares.
¿Y la Justicia? De feria judicial hasta la primera semana de febrero. ¿Y el Congreso? En teoría había sesiones extraordinarias pero bueno, ya saben, es enero, verano, qué calor.
Además, pregunta: ¿por dónde pensarían invadir? Si pensaban entrar por el norte, mucha suerte cuando crucen Formosa. Hace 40 grados, a las 12 del mediodía está todo cerrado y lo más probable es que la mitad de las tropas terminen en un acto peronista y votando a Insfrán. Lo que sigue para abajo es Chaco, donde está más fresco: 38 grados y de alguna forma también terminás votando a Insfrán. Si le meten pata y pasan los tanques a nafta, pueden llegar a Rosario para el mediodía. Si los agarra la noche en la Circunvalación es probable que sean saludados por Los Monos o queden en el medio de una guerra de robo de banderas entre las barras de Newell’s y de Rosario Central.
Otra opción: pasar por Córdoba pero es a propio riesgo. Si algún soldado estadounidense llega a ser kirchnerista no los salva ni el Pentágono. No conocen el poder de fuego de los cordobeses enojados, pueden llegar a votar en contra del Fernet y de la Mona Jiménez si los agarrás en un mal día.
Ya en Buenos Aires, los espera por el norte la Panamericana (ojalá los tanques tengan bocina); y si llegan a encarar por el sur van a estar dos horas en Puente Pueyrredón contemplando el Riachuelo desde las alturas. Consejo: si frenan en Avellaneda ojo dónde estacionan porque van a terminar con los tanques grafiteados o directamente no los van a encontrar. Si bajan en la 9 de Julio, no se metan por el Metrobús. Y si agarran para el lado de Palermo olvídense de estacionar (a lo sumo pueden probar del otro lado de avenida Córdoba pero la grúa está con todo y van a terminar en Constitución pagando el acarreo).
Si todavía tienen ganas de invadir, la otra opción es aterrizar en Aeroparque, pero van a tener que hacerlo con sus propios controladores aéreos porque los de acá están de paro, de asamblea o en alerta y movilización. Ah, una vez aterrizados van a tener que bajarse sus propias valijas porque seguro el sindicato de bajadores de valijas está reclamando algo. Para cuando finalmente lleguen a la ciudad de Buenos Aires, van a rogar volver a Formosa a cantar la marcha peronista con Insfrán o a escuchar los audios de Luciano Castro (eso mola un montón, tío).











