Byung-Chul Han: el ocio en la sociedad del cansancio

Byung-Chul Han: el ocio en la sociedad del cansancio
Pedro B. Rey
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2 de diciembre de 2018  

Pocas veces un filósofo llega a ser leído por gran cantidad de contemporáneos, aunque las excepciones existen. Giorgio Agamben, por caso, no tuvo que ceder en la serie Homo Sacer un centímetro de su pasión filológica para llegar a un público menos especializado. Byung-Chul Han (1959), nacido en Corea pero alemán por adopción, lleva impresa en sus libros una doble matriz. Es al mismo tiempo complejo y claro, como si las torsiones lingüísticas derivadas de Heidegger (Han escribió su tesis sobre el autor de Ser y tiempo) se vieran compensadas, como se ha señalado, por la economía del pensamiento oriental o la engañosa liviandad de los haikus (sobre los que escribe en Buen entretenimiento).

Han no le escapa a la densidad filosófica (la prueba es el reciente Muerte y alteridad), pero sus libros más frecuentados ( La sociedad de la transparencia, La sociedad del cansancio, En el enjambre) presentan su versión del estado actual de las cosas sin más complicaciones que las del pensamiento tensado en el punto justo. Su intuición fundamental es que, a lo largo del nuevo siglo, se ha producido -se está produciendo- un cambio de paradigma mucho más profundo que su evidencia digital de superficie. La sociedad disciplinaria señalada por Michel Foucault -uno de los tantos autores decisivos a los que el coreano-alemán vuelve una y otra vez- ya no se corresponde, en su opinión, con lo que sucede hoy. Lo que existe es una "sociedad del rendimiento" en la que las cárceles fueron sustituidas por las torres y los gimnasios. Los locos y criminales de la sociedad de control tienen su contraparte en la producción de depresivos y fracasados. El nuevo panóptico son Google y las redes, a los que la gente no solo no se resiste, sino que se entrega con entusiasmo. En vez del "deber" prima el "poder", el yes we can. En el nuevo paradigma, la vieja negatividad -basada en las prohibiciones- es reemplazada por una positividad plana y transparente. Lo que domina hoy es la "psicopolítica", donde no importa tanto el dominio biopolítico de los cuerpos como de la mente: nos sentimos libres, pero en realidad estamos siendo explotados como nunca. Los últimos escándalos de Facebook parecen darle la razón.

Esas ideas centrales se reformulan también en libros como La salvación de lo bello (donde se mete con la producción artística de hoy) o en El aroma del tiempo, en que reflexiona sobre el arte de demorarse. En Buen entretenimiento, Han busca entender el sentido cambiante del ocio. Como en otros libros hay algo arqueológico en el método. El recorrido es amplio: para entender el cambio de paradigma en relación al entretenimiento se remonta a las discusiones que suscitó Bach con la Pasión según San Mateo para después recalar, entre otros, en Wagner, el satori zen o "el artista del hambre" de Kafka.

Buen entretenimiento (se traduce ahora, pero es de 2007) resulta además revelador porque explica el puente entre el optimismo multicultural de los inicios de Han y su actual pesimismo. El pensador coreano-alemán ya lo intuye, aunque todavía no lo dice con todas las letras: el entretenimiento, al volverse crónico, tiene su parte de esclavitud. ¿O no es lo opuesto al ocio tradicional, por mucho que se esté en la cama, agotarse viendo series, capítulo tras capítulo, hasta las mil y una de la noche?

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