Por si te lo perdiste

Marcelo Gantman
Marcelo Gantman PARA LA NACION
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24 de junio de 2018  • 12:27

MOSCU, Rusia.- "Por si te lo perdiste..." es una de los algoritmos que usa Twitter para ofrecernos la cronología de los hechos cuando no estábamos pendientes de ellos. Las redes sociales son ríos que fluyen sin detenerse, y como tales, traen de todo, no ponen en pausa su recorrido cuando dormimos y arrastran todo lo que encuentran. Por si te lo perdiste, hablaron Javier Mascherano , Lucas Biglia y Claudio Tapia, el presidente de la AFA. Fue después de la tormenta de proporciones desatada sobre el seleccionado argentino, con relámpagos de versiones, truenos de audios de Whatsapp y filtraciones que entran y salen de la concentración de Bronnitsy. Todos tapados por el agua.

Javier Mascherano ofició de pararrayos convincente desde el módulo que ofrece el Mundial para que los futbolistas se expresen: una conferencia de prensa oficial. El otro terreno que tienen los jugadores para manifestarse es el campo de juego, donde evidentemente a la Argentina le cuesta hacerse entender. Entonces, si al seleccionado le va mal, explotan las críticas, los ataques, la furia de las redes sociales y el periodismo, del bueno y del malo, para armar ese estallido tan reconocible. Fútbol argentino, con modales argentinos, pero parte de un fenómeno universal

Las declaraciones de Mascherano operaron (perdón por el término...) como un antibiótico de amplio espectro. Habló de la mala producción del seleccionado. Habló de la reunión con Jorge Sampaoli, para ver si de noche en un salón se puede encontrar el equipo que no aparece de día en los entrenamientos. Habló de personajes marginales del fútbol argentino. Habló de teléfonos intervenidos, para tratar de explicar cómo todo lo que se comenta en las mensajerías móviles gana estado público, como si la intimidad fuera un concepto anticuado.

De lo que poco que se habla es del aire viciado que envuelve al seleccionado argentino y todos los actores satélites que lo rodean y logran vertebrarse en las redes sociales. Porque si estamos en el Mundial de las filtraciones y los whatsapps lanzados al aire con malas intenciones y muy malas prácticas periodísticas ahí donde caben, es llamativo como esa tendencia afecta sin concesiones al plantel argentino que luce muy vulnerable a una de las tendencias más analizadas de la vida moderna. El resto de las selecciones parece que vino a Rusia sin Whatsapp. Cuesta entender cómo no hubo antes otros pararrayos que desactivaran esos estallidos que tanto afectan, con las herramientas que ofrece el propio Mundial: sesiones abiertas de entrenamientos, el contacto con la prensa que sí está en el lugar de los hechos y finalmente el aporte sensato de quienes asesoran a los futbolistas en el manejo de su comunicación y deben postear la campaña de sus patrocinadores.

Es desacertado publicar un video para desmentir una supuesta pelea. Los integrantes del plantel se involucran en una conversación en la que no deberían intervenir. ¿Qué hay entonces de aquellos rumores que no tienen como respuesta un video que los desmienta? Se puede reconocer que como pocas veces en la historia de los Mundiales, a partir del descomunal alcance que ofrecen las herramientas digitales, una selección argentina sufrió tanto asedio y recibió acciones malintencionadas. A la vez cualquiera puede componerse la imagen de los jugadores, hundidos en sus móviles, consumiendo sin parar lo que se dice de ellos y de tanto en tanto, soltando alguna perlita de lo que sí les gustaría que se conozca desde afuera. Nadie puede renunciar del todo a la época que le toca vivir.

Por si te lo perdiste, y seguramente no te lo perdiste, el seleccionado argentino gracias a las matemáticas tiene una última posibilidad de avanzar a los octavos de final en el partido contra Nigeria. El río que trajo a esta selección desde Barcelona, con cortocircuitos que nadie negó, con una suspensión de un amistoso contra Israel que aparenta tener consecuencias horribles de imaginar, ahora acumula todos los desechos posibles para un plantel que no consigue renovar su oxígeno, que tiene un antivirus caduco y que resulta muy vulnerable a todo tipo de maldades. Especialmente la de los equipos rivales que quieren lo mismo que la Argentina: jugar y ganar.

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