Qué esperar de 2020. Los jóvenes marchan por un futuro en riesgo

Luis Castelli
Luis Castelli PARA LA NACION
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28 de diciembre de 2019  

Fuente: LA NACION - Crédito: Marcelo Aguilar

Si hay algo en verdad destacable de 2019 es que una generación de jóvenes se dispuso a detener el cambio climático. Este fue un año de protestas masivas que exigieron a los gobiernos una rendición de cuentas o un accionar más comprometido. Más allá de la orgullosa barbarie de algunas manifestaciones, las marchas promovidas por las juventudes de todo el mundo contra el calentamiento global merecen una reflexión por el contraste evidente entre uno de los temas más inquietantes que la humanidad enfrenta hoy y la irremediable incomprensión de la clase política para resolver la crisis.

La Conferencia de Madrid sobre el Cambio Climático poco avanzó en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero. Como es costumbre, la búsqueda de soluciones concretas se pospuso para la próxima reunión en Glasgow. Como una Sherezade sin encanto, los "sacerdotes" de estos encuentros ganan, en cada cumbre, un año más de vida. Pretenden salvar su pellejo con tecnicismos, como si así pudieran congelar el tiempo o impedir que la temperatura media del planeta aumente más de 1,5 ºC, punto de inflexión establecido por los científicos para evitar los peores daños del cambio climático y sus consecuencias impredecibles. Las Cumbres han devenido reuniones anémicas, sobrevoladas por el deseo de posponer la batalla antes que por una decisión de alentar una humanidad combatiente contra el calentamiento de la Tierra. Sus debates son infinitos, odiosos, sin sabiduría. ¿No hay una cierta violencia en no resolver un tema tan acuciante?

Las generaciones más jóvenes marcharon para defender el futuro que desean, y es esperable que lo sigan haciendo el año próximo, movidos por su deseo de ser escuchados. Una de las más destacadas activistas es Greta Thunberg, quien inspiró el #FridaysForFuture, un movimiento de huelgas escolares orquestado por estudiantes de todo el mundo. En marzo, un millón y medio de jóvenes salieron a las calles en 123 países. En Madrid, en ocasión de la mencionada Conferencia, medio millón de personas ocupó el centro de la ciudad en una histórica Marcha por el Clima. Para la burocracia asistente a las cumbres internacionales, Thunberg es algo así como una nueva Casandra, aquella mortal a quien Apolo otorgó el don de leer el futuro y la desgracia de que nadie creyera en sus vaticinios.

Sin embargo, que el objetivo de las marchas de jóvenes en todo el planeta sea el cumplimiento de los preceptos de la ciencia le otorga belleza a la demanda. ¿No es admirable que sean justamente los jóvenes -en muchos casos, apenas adolescentes- quienes pidan que se escuche a los científicos y que nos propongan una tarea, un deber de cuidado ambiental? Se trata de algo verdaderamente revolucionario, un homenaje al propio Galileo.

El Acuerdo de París de 2015 fijó el objetivo de mantener el aumento de la temperatura media mundial por debajo de 2 ºC, sin abandonar los esfuerzos para que no supere los 1,5 ºC recomendados por la ciencia para evitar un daño irreversible. Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), de continuar el actual volumen de emisiones de dióxido de carbono, la temperatura subirá más de 3 ºC a fines del siglo XXI. Que la juventud reclame en marchas multitudinarias priorizar las advertencias científicas por encima de las conveniencias políticas ilumina la penumbra de quienes parecen estar desconectados de las urgencias del planeta. Abre una dimensión ética.

Los jóvenes movilizados por el clima tienen la capacidad de ser la voz de la humanidad entera. No actúan movidos por el interés económico sino por sus vidas, las de sus hijos y hasta la del último hijo de sus hijos. Muchas protestas nos han hecho pensar que no somos capaces de vivir en forma civilizada. Pero las demostraciones públicas contra el cambio climático protagonizadas por los jóvenes -y los adultos de espíritu joven- son distintas. Son movilizaciones pacíficas, bellas, porque dan sentido a nuestra especie y demuestran que la civilización no es un anhelo imposible.

Miembro fundador y director ejecutivo de la fundación Naturaleza para el Futuro

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